Stairway to Heaven

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Nota de la autora: Recomendamos al lector escuchar la canción al momento de comenzar a leer para un mayor disfrute. No es necesario, pero se sugiere.

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Quizás nunca lo había notado. Quizás nunca me tomé el tiempo de hacerlo. Siempre ocupado, siempre sin tiempo. Llevaba casi toda mi vida viviendo en esa ciudad, caminando entre sus calles, codeándome con sus personajes, pero nunca lo había Visto realmente.

Tiempo. El tiempo siempre era lo que me había escaseado.

Ahora era lo que más me atormentaba.

Una vez fui un importante hombre de negocios en una importante empresa, que ya ni siquiera vale la pena mencionar. Trajes caros, autos lujosos, hermosas mujeres cada noche, en resumen una buena vida. Todo de lo que alguna vez me sentí orgulloso se había evaporado, de mis manos y bajo mis pies. La economía andaba mal, decían, pero tú no lo crees realmente. Porque esas cosas no te suceden a ti, esas cosas pasan lejos, a las otras personas, a los pobres, a los tontos, no a ti.

Exitoso y adinerado.

Ahora estaba en la calle. Un mal movimiento empresarial y todo se había ido a la mierda. Bancarrota y responsable por no haber previsto un movimiento arriesgado. Todo se había ido, todo se había perdido. Ahora me veía obligado a trabajar en lo que encontrara, si es que lo encontraba. Realmente la economía había mandado al carajo a todos, pero desde mi nube no había podido sentirlo, no había podido vivirlo.

Me vi forzado a cambiar de barrio, y a vivir con lo mínimo, pues casi no me alcanzaba para comer, apenas si subsistía, estaba obligado a codearme con los pobres que vivían en el mismo barrio que yo, aquellos que antes nunca me interesaron ahora eran mis vecinos.

Fue así que la conocí. Se llamaba Sara, nunca supe su apellido. Nunca pregunté tampoco.

Era una extraña mujer, que siempre se paseaba por el barrio, buscando ayudar a las personas, y entre todos ellos, a mí. Me ayudó en una ocasión que no pude pagar por un poco de pan, cuando enfermé y no tenía para medicina, y un sin número de otras ocasiones. Sin dudas era una mujer que buscaba asegurar su lugar en el Cielo. Era la buena samaritana en el barrio. Todos la conocían, todos la necesitaban, todos la respetaban. Con una sola palabra ella conseguía lo que necesitaba para los demás, su palabra era válida, confiable.

Sara era una mujer religiosa, no había duda de ello, cada vez que prestaba su ayuda contaba historias de Dios, más nunca intentó convencer a los demás con su fe, sus palabras no tenían un doble discurso, algo de lo que me sorprendía ya que por lo general es lo que sucede, sobre todo entre los sacerdotes que dan sermones en la televisión y apuntan con el dedo a todo aquel que no crea en Dios. Yo nunca fui particularmente religioso, pero no puedo negar que las palabras de Sara me reconfortaban aun cuando me hablaba de Dios. Quizás dudaba, pero mi lamento era por lo material, no lo espiritual.

Oh, pero ella me maravillaba. Pues le tendía la mano a todo quien lo necesitase. Iba construyéndose su escalera al cielo poco a poco. En el fondo la admiraba, que ella se viese rodeada por toda la mierda y pobreza y aun así fuese fiel a sus convicciones y creencias. No como yo, que me sentía cada vez más asqueado de todos y de mí.

El lado oeste de la ciudad era un asunto diferente, habitaban los pobres, los ladrones, los drogadictos y todos aquellos que lo habían perdido todo. Era un lugar pestilente y desagradable, sin ningún tipo de servicio básico, cuando llegabas a ese lugar es porque estabas realmente jodido, si tus deudas no te habían llevado ahí, probablemente la droga y el alcohol lo habían hecho. El solo pasar cerca de ese pútrido lugar me hacía deprimirme más, sentirme asqueado con lo que era ahora, un hombre pobre sin un futuro ni posibilidades. Pero la tentación siempre es mayor, y por tratar de olvidar de lo que era me vi caminando por las callejuelas y pasajes de ese antro de perdición buscando algo que me hiciera olvidar por unos momentos.

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