CAPÍTULO CUATRO.

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-¡Vaya! -exclamamos a la par.

-¿Ya os conocíais? -pregunta mi padre estrañado.

-Qué va, papá, sólo es que nos hemos encontrado en el portal.

-Genial, pues Javier, ésta es Sofía, mi hija, Sofía, éste es Javier, nuestro nuevo compañero de piso.

-Encantado -dice con una voz tan...grave, ronca...sexy.

Veo que me tiende la mano para que nos la estrechemos, pero hago como si no la hubiera visto y le doy un último abrazo a mi padre antes de que entre en el ascensor. Hasta dentro de dos días no le vuelvo a ver...y con el muerto que me ha caído encima no se si no debería ser mi padre el que se preocupara de encontrarme viva a mí.

Vuelvo a la realidad y me giro con cara de asco cerrando la puerta y me lo encuentro de pie apoyado en la mesa del salón escribieno un mensaje en el móvil y con la maleta aún por deshacer a sus pies.

-Bueno...¿piensas hacer algo a parte de autoprovocarte tendinitis en los pulgares?

Levanta la vista del móvil y me mira con mirada traviesa y una media sonrisa.

-No te pongas envidiosa de que yo tenga a alguien con quien hablar a parte de mis padres.

-¿Perdona? -digo con un exceso de chulería que no es propio de mí.

-Lo que oyes, tu padre me ha contado que eres una especie de marginada social.

Bravo papá. Miro avergonzada el suelo y susurro:

-¿Quieres deshacer la maleta?

-Guay, ¿cuál es mi cuarto?

-Mmm...el sofá.

Me mira sorprendido. Zas. No se lo esperaba. Me gusta. Esto era por el corte de antes.

-Si quieres, la ropa la dejas en mi armario.

-Pero si tienes una cama nido bajo la tuya.

-Ya, pero no quiero dormir con alguien como tú.

-Espera, lo primero, yo no he dicho dormir juntos, hay espacio para separar lo suficiente las camas en tu cuarto, lo segundo, dudo que sepas bien cómo soy, pero...diviérteme, ¿cómo crees que soy?

-No lo creo, lo eres. Eres un chulo arrogante que se cree muy superior.

Se me queda mirando cruzado de brazos. Esa mirada...

-Ajá. Mira, un consejo, nunca juzgues a un libro por su portada.

Me cruzo yo también de brazos, no voy a ser menos y le digo con tono desafiante:

-De esto saco que no lo eres pero que pretendes serlo o al menos aparentarlo...eres contradictorio.

-Deja de juzgar y empieza a mirar tus defectos y  a corregirlos.

-Lo haré si quiero.

Me giro y me subo directa a la azotea. Entre que es un piso quince, que está prohibido subir y que el edificio está lleno de ancianos, es el mejor sitio del mundo para estar solo. Es mi secreto y no pienso revelárselo nunca a nadie. Me pienso quedar unas cuantas horas aquí hasta que se me pase el cabreo y las ganas de llorar.

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