La luz de la luna llena entraba por las rendijas de la habitación de Tony Lawrence. Aquel niño de siete años de ojos negros con su pelo negro azabache, sentando en su cama de felpa, miraba fijamente a la esquina de su habitación recordando la noche anterior. El sabor de la sangre fresca yacía en su boca mientras se relamía los labios. Él quería más.
La puerta de su cuarto se abrió de repente y la figura de un hombre alto y fornido se presentó ante él. Era su padre. La figura de su progenitor tomo asiento al lado de él. Después de un minuto de silencio el primero en hablar fue Tony.
-¿Ya te dijeron, padre?- Tony seguía mirando a la esquina de habitación con los ojos perdidos, mientras su padre lo miraba fijamente.
- Tony, ¿Qué hiciste?
-Ellos me estaban molestando. Me dijeron fenómeno. Se lo merecían, y lo único que hice fue darles su merecido.- Tony hablo lentamente, con un mirada cínica.
-¡LOS DEGOLLASTE!- El padre consternado miraba a su hijo con horror.- ¡MATASTE A TRES NIÑOS DE TU EDAD Y ACTÚAS COMO SI NO TE IMPORTARA!
Tony fue sacudido por su padre mientras este lloraba. Aquel niño de siete años solamente se reía mientras veía a su padre llorar. Pero Tony nunca quitaba la mirada de esa esquina.
Su padre, aterrado por la fría actitud de su hijo, le propicio una cachetada en la mejilla izquierda. Tony por primera vez en toda la noche, fijo sus ojos en algo diferente a la esquina de la habitación. Fijo sus ojos en el cuello de su padre.
Paso por paso, Tony se acercó lentamente a su padre, como un animal que se acerca a su presa. Una sonrisa bailo por los labios de este, mientras sacaba un collar de púas de su bolsillo derecho. Su padre aterrorizado, trató de correr, pero en una milésima de segundo, Tony enrosco el collar en el cuello de su padre, mientras la sangre salía a borbotones.
Como si la sangre fuera un regalo del mismísimo Santa Claus, Tony admiro el rio de agua roja que había formado. Suavemente lamió el cuello de aquel cadáver, mientras succionaba las últimas gotas de vida que quedaban.
Tony, cuando su labor termino, se limpió suavemente sus labios con una toalla húmeda que se encontraba colgada en un lado de la pared. Arrastro el cuerpo inerte de su padre debajo de la cama junto a otro bulto que yacía ahí.
Satisfacción. Dolor. Ansiedad. Excitación. Muchas emociones revueltas estaba sintiendo Tony en ese momento. El seguía queriendo más. El sabor de aquel líquido rojizo en su boca era algo difícil de eliminar. Tony amaba tomar la última pizca de sangre, las últimas gotas de vida de un ser humano. La sangre era su adicción.
Mientras Tony divagaba en sus pensamientos, empezó a sentir otra presencia en el cuarto. Lentamente volteo la mirada a aquella esquina que antes se encontraba mirando con tanto recelo. No fue una sorpresa para el encontrarse con un niño de ojos azules y el pelo amarillo como los rayos del sol. Era su único y mejor amigo, Lucifer.
Sin decir nada, solo sonriendo de oreja a oreja, los dos amigos se abrazaron y chocaron los puños.
-¿Estás listo para lo que se viene, Tony?- Los ojos de Lucifer miraron atenta y dudosamente a Tony.
- Esto es solo el principio. Y es muy divertido.- Tony contesto con una sonrisita malévola en su rostro.
- Si, es muy divertido. -La mirada de Lucifer se ensombreció - Pero te prometo que será mucho más divertido cuando me traigas de regreso al mundo de los vivos. Pero primero, tendrás que hacer todo lo que te diga. Nada de errores.
-Suenas aburrido. ¿Acaso no te excita el olor de toda esa sangre derramada?- Tony miraba con el ceño fruncido a Lucifer. Desde aquella vez que su mejor amigo descendió a los infiernos, este había cambiado demasiado. Ahora era más demandante.
- Como un fumador al cigarro. Como un alcohólico al whiskey. Como las aves al polen. Mi necesidad hacia el homicidio es más difícil de explicar de lo que tú crees. Pero pronto lo entenderás. Ahora que los siete infiernos están de nuestro lado, ningún Dios podrá detener lo que se avecina. Moldearemos el mundo a nuestro antojo.
Tony se encogió de hombros. El no ansiaba el poder como su amigo. El solo quería destruir todo lo que fuera posible. Él tenía claro que antes de la creación viene la destrucción. Y sí su amigo quería ser el líder el mundo, él se encargaría de destruir todo para cumplir las metas de Lucifer. Tony Lawrence se encontraba dispuesto a todo, incluso si eso significaba venderle su alma al diablo, pero nadie ni nada iba a detenerlos.
-Solo recuerda Tony.- Lucifer se acercó al oído de aquel niño y le susurró suavemente al oído.- La vida no perdona la debilidad.
Tony asintió y rápidamente escribió una nota en un pedazo de pergamino y lo dejo sobre su cama. Lucifer agarró a Tony de la mano y juntos saltaron por la ventana, y corrieron hacia el horizonte, listos para cumplir sus sueños, aunque eso implique dejar un gran rastro de cadáveres atrás de ellos.
**3 días después**
Dentro de la cafetería de un alejado pueblo de Texas, se encontraba un pequeño televisor donde se veía las noticias de día a día. Pero esa tarde, una noticia particular estuvo al aire:
«Hemos encontrado el cadáver del conocido doctor Richards Lawrence. Se encontró totalmente desangrado debajo de la cama de su único hijo y al lado del cadáver de su esposa, la señora Carrie Lawrence. Antes de morir, el Dr. Richard estuvo con el psiquiatra discutiendo la grave esquizofrenia de su hijo Tony Lawrence. Se dice que el niño Tony de siete años, veía a su amigo muerto hace un año, llamado Lucifer. Los detectives encontraron una nota con una frase muy particular:
"Ya estamos llegando".
Los seguiremos informando.»
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