Capitulo 1

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Y ahí estaba una vez más, con mi atención puesta en la casa de al lado. Las personas se movilizaban de un extremo al otro de la calle: trabajadores trasladando cajas y muebles desde el camión de mudanzas hacia el interior de la vivienda. Con diversión, observé cómo los vecinos se asomaban desde las puertas para atisbar con cautela lo que sucedía, totalmente interesados en el nuevo propietario, del cual ya se habían difundido varios rumores.

La intriga se abrió paso en mi sistema en cuanto un móvil policial frenó frente a la casa. Del vehículo descendieron dos oficiales y un joven de cabello teñido de blanco, quien traía las manos esposadas a la espalda. Le vi caminar hasta la entrada escoltado por los dos agentes. Tan pronto como intercambiaron palabras con una mujer que se asomó por la puerta, le quitaron las esposas al muchacho, quien, al verse libre, se frotó las muñecas mientras hablaba con ella antes de pasar a su lado y desaparecer tras la puerta de entrada.

La voz de mi madre logró que pegara un salto en mi lugar. Fénix brincó junto conmigo. Los dos observamos con molestia a la mujer que se adentraba en mi habitación cargando entre sus brazos una pila de ropa limpia, la cual depositó sobre mi cama. Luego se aproximó hacia mí. Su mirada esmeralda viajó desde mi rostro hacia la ventana, donde observó el ajetreo de los trabajadores en la casa de al lado. Su ceño se frunció en cuanto notó el patrullero aparcado enfrente.

-Ya veo cuál es el motivo por el cual tardás tanto en bajar a desayunar -comentó, con una leve sonrisa tirando de sus labios.

-¿Sabés quiénes son los nuevos vecinos? -interrogué con curiosidad.
-Solo sé lo mismo que vos. Al parecer, se trata de un nieto de la difunta señora White -informó-. No sé si será cierto, pero dicen que le han dado prisión domiciliaria -agregó, al tiempo que la observaba aproximarse a la pila de ropa sucia que yacía sobre una silla en una esquina del cuarto-. Ahora bajá a desayunar y dejá de espiar a la gente.

-Yo no espío a nadie -chillé ofendida.

Mi atención volvió a la casa de al lado, donde me sorprendió ver nuevamente al muchacho fuera de la propiedad. Intercambiaba unas palabras con uno de los oficiales antes de despedirse, quedando solo en el patio delantero. Un jadeo de sorpresa brotó de mis labios cuando, en un abrir y cerrar de ojos, la atención del muchacho se volcó en mi dirección. Ojos intensamente azules me observaron con detenimiento y una sonrisa ladina se dibujó en sus labios.

Con la vergüenza tiñéndome el rostro, maniobré con la cortina antes de tirarme al piso cual soldado en plena batalla. Me arrastré por todo el suelo de la habitación hasta llegar a la puerta del cuarto, bajo la atenta mirada bicolor de mi gato, quien debía de pensar que yo era una jodida ridícula.

Mi corazón latía contra mi pecho como un corredor de maratones mientras me adentraba en la cocina, donde no me sorprendió ver a mi madre pendiente de su móvil. Trabajar en un programa de televisión la mantenía atenta a ese pequeño aparato más que a sí misma. Aún recordaba la vez que, de pequeña, me dejó cuatro horas olvidada en el jardín; para cuando notó que faltaba, ya había anochecido. Con tan solo cuatro años, yo había vagado por media ciudad hasta llegar a una gasolinera a pedir un vaso de agua, y fue ahí donde los policías llegaron junto a mi padre. Luego de ese suceso, mi padre decidió traer a mi abuela a casa para cuidar de mí y de mis dos hermanas, ya que no podía volver a dejarla a cargo teniendo en cuenta las horas de trabajo que le consumían.

-Peyton, cariño, ¿podés ir luego a buscar a tus hermanas al instituto? -preguntó la mujer frente a mí-. Tu abuela se ha ido a hacer las compras.

-Claro -respondí sin darle importancia.

Mi móvil comenzó a sonar en el bolsillo trasero de mi jean. No tardé en tomarlo entre mis manos solo para ver los mensajes del grupo que tenía con mis amigas, donde acordaban un horario para vernos hoy. No tardé en responder que vinieran a casa para hacer un maratón de películas y comida chatarra. No supe cuánto tiempo llevé sumida en el teléfono, pero para cuando elevé la vista, mi madre ya se había ido y me había dejado una nota con la lista de tareas que debía hacer, sabiendo perfectamente que lo que me decía de palabra tardaba muy poco en olvidársele a mi mente.

Tras la PuertaStories to obsess over. Discover now