Mientras te buscaba, te encontré

28 2 0
                                        

Hacía ya media hora que las hojas de los árboles caían sobre aquella chica. Estaba recostada sobre más hojas, una pila de restos marrones que yacían unas sobre otras y crujían cediendo a los movimientos rítmicos de su cuerpo mientras se reía, mirando al cielo.

Y sí, había pasado esos mismos treinta minutos mirándola como un imbécil. Con curioso cuidado, con cierta ternura y sin mucha censura en mi mirar. Tenía una muy linda sonrisa y su cabello, aunque desperdigado y enredado entre las hojas, me llamaba la atención. Era tenebrosamente rojizo.

Ella no me había visto, ni siquiera me había notado, no era consciente de que estaba justo detrás suyo. Para aparentar, comencé a mecerme en uno de los columpios libres -el otro lo había ocupado un niño regordete al que lo empujaba su padre o el que yo creería que era su padre-.

Verla sonreír de la forma en que lo hacía me recordaba aquel sentimiento que llevaba tantísimo tiempo dentro de mi. Aquel que me quitaba el sueño por las noches, el mismo que hoy me ha orillado a correr a casa para escribir su recuerdo y la manera en que me hizo sentir, mientras, sin quererlo la espiaba.

Cuando finalmente me animé a acercarme, ella ya se estaba levantando del suelo, quitándose las hojas del cabello. Le ayudé con una que estuvo a punto de escapársele. Le sonreí y traté de hablar pero no pude.
Quiero pensar que fue mi introversión y no mi cobardía. Ella se sonrió y dio media vuelta para alejarse, me dediqué a mirarla mientras sus pisadas la llevaban da vez más lejos de mi.

Respiré profundamente y me sentí como el más grande de los idiotas por haberla dejado ir.
¿Cómo es que el miedo siempre resultaba vencedor? Luchaba a diario contra él y en lugar de aprender ya de las batallas, pareciera que este fuera quien se hiciera más fuerte. Casi invencible. El mismo miedo de siempre, más fuerte que antes pero siempre, siempre ligeramente más débil que el de mañana.

Decidí sentarme en el mismo sitio en que ella se había sentado momentos atrás. Cerré fuertemente los ojos, intentando detestarme menos.

De pronto sentí que alguien se sentaba a mí lado, chocando su hombro contra el mío. Al abrir los ojos la vi, estaba sonriéndome.
-¿Ahora si piensas hablarme? -me dijo sin dejar de sonreír.
-Discúlpame. No quise comportarme tan extraño -contesté tratando de trabarme lo menos posible. Sentía el corazón en la garganta.
Ella asintió y se presentó conmigo.
Se llamaba Amelié.

Después de diez minutos de tontera sobre el monte de hojas, me tomó de la mano y me guió por donde quiso.
Estaba tan absolutamente feliz que no miento al confesar que recuerdo nada de los sitios a los que me llevó y tampoco tomé fotografías.

Solo la recuerdo a ella, hablándome y comiendo, en algún momento, un helado rosado...¿Sería de fresa o de frambuesa? No lo sabía, no lograba recordarlo.

La llevé a casa luego de varias horas. Una casona vieja cerca de la tercera avenida. Y por más absurdo que suene, despedirnos había sido mi parte favorita del día a su lado, ¿como no amar el final de un día cuando este termina con un beso? Me había besado antes de que ella cruzara el marco de la puerta de su casa. Sus manos se habían anudado detrás de mi cuello.

Al separarse de mi yo solamente deseaba abrazarla, bajo las estrellas que parecían observarnos.

-Espero verte pronto por el parque -dijo antes de besarme nuevamente.
-Te he encontrado, no me será sencillo dejarte ir -contesté con voz temblorosa y, al escucharme volvió a sonreír.
-Entonces... -otro beso -que así sea.

De camino a casa me di cuenta que la única manera de contactarla otra Ve sería en el parque. Al día siguiente tendría que regresar.
Finalmente me reí, a carcajadas ante lo que había ocurrido. Ella me había notado y quiso pasarse el día entero conmigo, sigo sin entender la razón pero el calor en mi pecho me permitía sentirme vivo, vivo como nunca antes de hoy.
Cuando de camino crucé el parque, el que habíamos hecho nuestro, me detuve a recoger una de las hojas caídas. En dado caso de no verla jamás otra vez, esta pequeña hoja será para mi su recuerdo. El recuerdo de que, al menos por un día fui tremendamente feliz.

Iré a dormir ahora, con su rostro aún dibujado en mi mente. Trataré de soñar con Amelié y oraré a todos los dioses por verla otra vez.

Mientras te buscaba. Stories to obsess over. Discover now