4. Pequeños gestos, que marcan la diferencia.

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Mañanas frías, días lentos, clases interminables, largas conversaciones por el móvil. Eso eran, en resumen, los siguientes días que pasaron. Helena y Javi hacían como que no se conocían, pero no se escapaban los pequeños gestos, detalles casi insignificantes, en los que poca gente se fija, como una sonrisa cuando dicen su nombre al pasar lista, esas miradas en los exámenes, roces de manos en la barra de la cafetería, esos detalles de los que solo ellos eran conscientes.  Los pensamientos de ambos tenían algo en común, no dejaban de pensar el uno en el otro, las dudas de lo que tenían eran demasiado grandes como para preguntar, solo pensaban en volver a estar solos, pero de repente, un día por que sí, apareció ella. Alta, de pelo castaño clarito, ojos marrones, era una chica normal, del montón, pero tenía un sentido especial para Javi, fue su primera novia, la primera chica que se puede decir que le gustó de verdad. María, Mery para los amigos, había vuelto al instituto. Helena sabía de todo esto porque a Javi le conocía todo el mundo, y como no podía ser de otra manera, se conocían su historia. Casi todo el mundo decía que cambió desde que lo dejaron, que empezó a ser un cabrón. Obviamente él no sabía que Helena tuviera la más mínima idea sobre ese tema, asi que no disimulaba mucho cuando ella pasaba por delante, moviendo las caderas al andar, o cuando a veces dejaba caer algún que otro boli en clase para que él o cualquier otro lo recogiera y lo volviera a poner el su mesa. Pero a Helena la daba igual, no la importaba lo más mínimo, o eso aparentaba.

Viernes, descanso entre en primer recreo y la tercera clase de la mañana. Helena está cogiendo sus libros de la taquilla cuando alguien la da un golpe en el hombro, se gira y ahí está él. 

— Eh, ¿Que toca? — Dice él. 

— Historia, o mejor dicho, la hora de la siesta. 

— Bah, no seas tonta, que luego suspendes el examen. 

— Jajaja, me dirás que tu atiendes mucho.

— Pues no, la verdad, para que mentir. 

— Normal, te pasas la hora mirando a Mery.

— ¿A Mery? ¿Como que mirando a Mery?

— Venga, que lo se eh, se todo lo que pasó entre vosotros. 

— ¿Y que pasó? Nada, estuvimos juntos. Estuvimos. Pasado.

— Me cuesta creerlo, no dejas de mirarla. Siempre. 

— No es un pecado, la miro como miro a todo el mundo. Me fijo mucho en la gente, me gusta analizarla, me fijo en las cosas pequeñas, insignificantes. Como también te miro a ti.

— ¿Y que ves en mi? Tú, cosas insignificantes.

— Vas de que no te importa que la mire, de que te has olvidado de lo que pasó el otro día, se te escapa una sonrisa cuando paso por el pasillo, no te molestas en hablarme porque piensas que soy yo el que tengo que ir. Pero que a mi también me pasa. Que no hace un mes que te conozco, pero que, joder. 

Helena se quedó sin palabras. Sus labios se tocaron por primera vez, primero se besaban lentamente, con pequeñas pausas y una sonrisa, poco a poco iban acelerando más, no había nadie en el pasillo, la clase ya había empezado, y llegaban tarde, ya daba igual. Él empezó a meter las manos por debajo de la camiseta, acariciándola la espalda, bajaba poco a poco hasta acabar con sus manos en los bolsillos de atrás del pantalón, puso su espalda contra las taquillas, ella se agarró a él y allí seguían, juntos, hasta que ella le agarró de las manos y le llevó al baño. La taquilla se quedó abierta y los libros en el suelo, la puerta del baño cerrada, Javi se sentó en la taza del váter, la miró, pudo contemplar cada uno de sus gestos durante un rato, era perfectamente imperfecta, le gustaban cada uno de sus fallos y de sus virtudes, su sonrisa era, era alegría, era preciosa. 

Minutos más tarde Helena estaba sentada encima de él, moviéndose al ritmo de los latidos del corazón.Los besos eran de todo menos lentos, podían notar el pulso en la boca, hacía calor, y mucho. No eran conscientes de la hora hasta que sonó el timbre. Salieron del baño, y se presentaron en la siguiente clase como si nada hubiera pasado, exceptuando que la coleta de Helena había desaparecido, llevaba el pelo alborotado, y estaba sudando, él, por su parte tenía una sonrisa imposible de quitar. 

Hopeless.¡Lee esta historia GRATIS!