Capítulo 3

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Blake despertó sin saber cómo, dónde o por qué. Sus ojos se enfocaron lentamente en la habitación del hostal donde sabía que se quedaban, se levantó un poco, dejando caer la mano que descansaba en su cintura y miró a Calder dormido a su lado. No había sentido cuando llegó y extrañamente, no le incomodaba su presencia. Bueno, tuvo que revisar su cuerpo para cerciorarse de que tenía su camisón puesto, pero de ahí en fuera, todo estaba perfecto.

—Vuelve a dormir, nos vamos en unas horas —gruñó Calder a su lado, dándose la vuelta para no verla.

—No es como que quisiera despertar.

—No me contestes, solo hazlo y deja de molestar.

Blake rodó los ojos.

—¿Eres tan gruñón todas las mañanas?

Calder, como toda respuesta, tapó su cabeza con la almohada. Definitivamente no era hombre que le gustase ser despertado. Y eso le daba a Blake una ventaja. Tanto su madre como su padre eran de costumbres mañaneras y ella era igual, su hora de despertar era máximo las ocho de la mañana.

—Hay un cielo muy hermoso el día de hoy —siguió en voz alta, quizá más alta de lo normal—, me gustaría dar una vuelta antes de irnos. ¿Crees que pueda caminar sola? ¿Habrá algún lago cerca? Me encanta montar, podría ir a caballo...

—¡Bien, ya basta! —Calder se levantó de forma abrupta y la miró de mala gana— ¿Qué quieres?

—Lo siento, despierto temprano.

—Eso me da gusto, pero no tienes derecho a despertarme.

—No tengo más sueño.

Calder arqueó una ceja y se acercó.

—Si hubieras dejado que actuara como marido, te aseguro que estarías exhausta. Si no te callas, te prometo que lo haré ahora solo para que no sigas hablando.

—Grosero.

Calder se dejó caer en la almohada y volvió a dormir al instante. Blake suspiró y tomó sus rodillas, miró por la ventana, dándose cuenta que aún tenía sueño, pero no tenía ganas de recostarse de nuevo. Quizá sería buena idea comenzar a cambiarse, si no entendía mal, en cuanto él se despertará, se irían. Estaba nerviosa por ese hecho. Su familia ya se estaría imaginando lo peor, pero seguro no pensarían que el hombre con el que se escapó era precisamente Calder Hillenburg.

Apenas terminó de hacerse una larga y lustrosa trenza de cabello negro, cuando Calder se levantó sin decir nada, quitándose la ropa despreocupadamente a pesar de estar ella ahí. El rubor en las mejillas de Blake era perceptible, pero no dijo nada y él tampoco la tomaba en cuenta. Era bochornoso y para ella, casi asfixiante. Se sentía incomoda y le daban ganas de llorar.

—Vámonos.

Blake volvió la vista. Él estaba totalmente cambiado y solo la miraba fijamente, esperando que ella también estuviera lista.

—Me falta el vestido.

—¿Cómo es posible que tardes tanto?

—Usted solo se ha puesto unos pantalones y una camisa holgada —señaló— yo tengo mucho más proceso, a no ser que no quiera que me ponga la indumentaria correcta.

—Haz lo que sea que te haga salir más rápido.

—No ponerme corsee.

—Bien, no te lo pongas.

—¿Está loco? —se puso en pie—, sabe que así estoy...

—El cuerpo de una mujer es mucho más bello sin todas esas estupideces. Así que, si quiere despedirse de por vida de esa cosa, por mí mejor.

El último Bermont¡Lee esta historia GRATIS!