La primera vez que te vi sabía que estaba haciendo mal, pues comenzaba a ceder un poco de mi ser a alguien,
y existía una sola regla: no mires a los ojos a un zorro de fuego.
Esta noche antes de lanzarme del segundo piso... escuché tu voz susurrarme una palabra, y en un instante nuestra historia pasaba frente a mi...
Eran las 7 de la noche, ambos salimos de la escuela a la vez por alguna casualidad.
El cielo parecía pintado con acuarelas y el viento silbaba.
Un clima típico de invierno y un atardecer de postre.
Nunca antes te había visto, y si lo hubiera hecho, no hubiese dejado que te escaparas de mis brazos.
Solo te dirigí tres palabras y tu me devolviste un eterno silencio. Siendo música sonaba maravilloso, pero yo deseaba comprender tan hermosa melodía.
Dueña de mi mundo onírico, de cada mirada y de mi amor.
Me aventuré a seguirte por varios días, pensando que sería yo el cazador y tu la presa, pero nunca imaginé que serías tu el depredador y mi corazón tu cena.
El reloj continuó su curso hasta que un día tu me diste algo más que un silencio, una señal, un rayo de esperanza.
Debí de huir en aquel momento, porque en ese momento firmé mi sentencia de muerte.
Querida, si supieras que era lo que sentía yo por ti, incluso me hubieses perdonado la vida, pero para ti no existe la piedad.
Comenzó a resplandecer una estrella entre tu y yo, su luz no era mucha pero tenía una belleza única.
Pero cuando menos lo esperaba el fuego que tu provocaste arrasó con todo a su paso.
Cada movimiento y cada trampa en su momento era un maquiavelico plan.
Fui victima de varias puñaladas pero a ninguna le di importancia, incluso por cada una te abrazaba con mas fuerza con la esperanza de que volvieras, pero nunca exististe.
Destruiste cada carta y quemaste cada detalle que dejé a tu puerta.
Vi como pusiste hilos en mis manos y en mis pies volviéndome parte de tu obra de teatro sin poder bajar el telón.
Sin duda alguna, hay personas que no tienen corazón.
Esta noche mientras estoy en la orilla de este edificio, yo ya esperaba que vinieras, y también suponía que me dirías una palabra: detente.
Pero tu susurraste "camina" con una cara sin expresión.
Te grité "Te amo!" a lo que respondiste dándome la espalda y corriendo; Yo confié hasta el penúltimo segundo en que tu me lo gritarías también.
Pero en el último lo entendí.
Para vivir, se tiene que morir... y a veces el cambio está a un solo paso.
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El zorro de fuego
Short StoryEl amor nunca es una opción y el sufrimiento es inevitable.
