Julie es una veterinaria recién egresada, que está agotada de su rutinaria vida y sumida en una depresión por la muerte de su padre. Vive en un apartamento pequeño alejada de su madre, entre lápices y dibujos, con una vecina a la que detesta, un gat...
Siempre los mismos rostros aburridos, las mismas palabras irrelevantes y los mismos pensamientos vacíos. No entendía aquellas personas que se levantaban alegres y con todas las energías, para vivir exactamente lo mismo que el día anterior.
Supongo que les gusta la rutina porque es fácil y no hay que detenerse a pensar lo próximo a hacer. Simples pasos monótonos que seguir, ya sabidos de memoria porque cada día de tu vida se resumía en ello.
Ya ni siquiera era importante hablar o tomarse el tiempo de pensar, porque había un pequeño aparato en las manos de todos, que podía hacerlo por ti, además respondía todas las preguntas con un simple "buscar" ¿Para qué perder el tiempo? ¿Qué sentido tiene sentarse a charlar con alguien? ¡Si todo lo tengo al alcance de mi mano! Apenas tengo que deslizar el dedo por una pantalla, para ya estar conectado con todo el mundo. Conectado virtualmente no emocional, eso ya no importa.
A las personas ya no le interesaban los sentimientos, solo era importante ganar dinero para tener el mejor coche que el vecino, una casa grande con habitaciones innecesarias, la ropa más cara y de la mejor marca para llevar de aquí para allá, intentando ser el o la mejor de la fiesta y el mejor móvil para enviar mensajes y sacarse fotos, para así jugar virtualmente a una competencia aburrida en las redes sociales; sobre quién tiene más dinero y puede hacer actividades más interesantes.
La vida se basa en la apariencia. Y la detesto.
Ya no se escriben cartas, se mandan mensajes de textos. Ya no te dan un beso, te envían un dibujo de un labio simulando besarte. No se dice un "te amo" a los ojos, se escribe a través de una pantalla de un aparato electrónico de cuarta, que consta de un auto corrector que lo completa por ti, mientras tal vez están haciendo cualquier otra actividad sin importancia. ¡Qué romántico!
Y aquí estaba yo... observando a la multitud efímera pero siendo parte de ella. Quemándome en el mismo fuego que todos, pero siendo consciente de que estaba ardiendo.
Sin embargo, ya nada era igual...
Mi vida había cambiado de la noche a la mañana y por fin había encontrado algo interesante en qué pensar. Un misterio digno de resolver.
Una historia que merece ser contada.
Alejé todos mis intentos de meditaciones y pensamientos depresivos, mientras sentí una brisa fría sobre mi rostro. Mis pelos volaban sin sentidos alguno, cuando decidí abrir mis ojos, revelando los rayos de sol reflejados en el agua. Apoyé mi cabeza en una de mis manos, subiendo mis rodillas al pecho y sonreí al ver a un perro corretear de aquí para allá con total libertad.
Amaba a los animales porque eran las almas más puras y fieles que jamás encontraría en un ser humano...
O al menos eso pensaba hasta hace unos días.
— ¿Sabes? Cuando uno está verdaderamente triste le gusta ver las puestas del sol.
—Antoine De Saint-Extupery. El principito — agregué esbozando una leve sonrisa.
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