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La noche era cerrada, sin luna, y más fría de lo que él podía recordar. No se veía nada, ni siquiera el polvo del camino que seguro levantaban con sus zapatillas hinchadas de kilómetros. Los ojos se les terminaron acostumbrando, si es que de algo valiera acostumbrarse: desierto por aquí, desierto por allá, algún que otro árbol y yuyo seco. Y camino y más camino hacia adelante, hacia el infinito.

—¿Llegaremos en esta vida?

Era extraño el efecto de sus voces en medio de la nada.

—Te dije que había que caminar.

Era como que la voz se le perdía a uno; se alejaba tanto que ya no era la propia. Y el sonido que les devolvía parecía otro. Parecía...

—¿Qué fue eso?

El más bajo y de cabello enmarañado se detuvo y frenó a su amigo. Había un siseo débil en alguna parte de la noche, lejos, como un sonido animal —o menos aún—, que se moría estirado en un quejido.

—¿Escuchaste?

—Debe ser el viento.

—¿Hay... lobos en esta zona...?

El más bajo y de cabello en los ojos echó una risa franca.

—Te contaron muchas historias de terror, a vos.

Pero el siseo volvió, y esta vez más claro y presente.

—¡Carajo! ¿Qué fue eso?

—No lo sé.

—¡Se supone que vos sos el experto en estas cosas de pueblo!

Se ajustaron las mochilas sobre sus hombros y caminaron más rápido hasta ir casi al trote. Miraban a ambos lados, a veces hacia atrás. No se veía nada. O casi, pues había como manchas negras moviéndose contra la oscuridad, que parecían más una ilusión que otra cosa, porque no había qué ver, ni en la oscuridad, ni en las sombras.

El siseo se escuchó otra vez, y ahora definitivamente cerca.

—¡A la mierda!, ¿qué es eso? ¿Dónde carajo me trajiste?

—Debe ser una víbora —arriesgó el que ya no echaba ninguna risa franca.

Estaban casi corriendo, el siseo se desplegó en el aire y de repente se levantó una brisa fuerte que trajo olor a cosa podrida y a frituras y grasa. El viento agitó algo arriba, se escuchó un latigueo grave, corto, como un banderón o una vela cuando flamea al viento.

Los dos chicos miraron hacia atrás y por sobre sus cabezas, asustados. En la corrida habían llegado a una hondonada. El camino bajaba de golpe y tras la loma se vieron unas luces, algo de humo y un ranchito de piedra con un cartel escrito a mano: "Pulpería".

El Oscurecer de la SangreWhere stories live. Discover now