Había perdido el nombre y no andaba, se arrastraba. Las zapatillas rascaban el cemento con un siseo acompasado, marcando el paso patizambo de quien está más muerto que vivo. Al menos ya podía moverse; durante su estancia en la crisálida había caído en un profundo sueño, flotando como un feto que al despertar y salir al mundo de nuevo se había tenido que tumbar entre el dolor y la soledad, ya que sus extremidades se habían atrofiado durante el sueño que había terminado por escupirlo a la pesadilla de su vida. Demasiado tiempo inmóvil, demasiado tiempo en la oscuridad.
Había robado nueva ropa a unos vagabundos que había encontrado cerca del refugio donde había cambiado. No fue mucho problema espantarlos y coger unos vaqueros malolientes y un jersey verde. También había conseguido una chaqueta con capucha, que lograba esconder el pasto blanco, agrietado como un valle de nieve sucia su rostro. Fracciones torcidas por algun capricho de su evolución.
Le seguían doliendo los huesos, replicando entre su carne como arañazos bajo la piel, pero no se detuvo al girar hacia la calle residencial. Observó la hilera de casas unifamiliares sucediéndose hasta la siguiente curva bajo el resplandor de la luna más puta, la que le brindaba aquella noche, la que guiaba sus pasos
La figura llegó a una puerta como tantas otras. En la madera colgaba el número setenta y dos, y de sus ojos de descolgaban lagrimones de cera.
Rodeó la casa, que parecía de postal con sus dos plantas y un huerto con una mata de mango. Tan bonita, tan vacía. Tras comprobar que la puerta trasera estaba cerrada con llave pero sin pestillo, rebuscó en sus bolsillos. La llave le trajo una profunda tristeza al contacto con su piel blanquecina, casi traslucida bajo la luna. El frío tacto le recordó que el tiempo había pasado y él no era más que una sombra sin rumbo.
La puerta se abrió; una bocanada de aire frío cargada de recuerdos la arañó el estómago, el bazo y el oscuro recoveco donde aún debía de tener un esbozo de humanidad. Dos semanas. En la vida cotidiana, eso no era nada, pero la imagen de aquella casa, luminosa, endulzada por la voz de la boca que amó, parecía quedarse cada vez más distante sobre el mar del recuerdo mientras él se hundía más y más al cavernoso abismo del hoy.
La cocina estaba hecha un asco. Los platos de la última cena –que había consistido en talliatelle a al pesto rosso y un corto pero apasionado polvo sobre la mesa- seguían en el fregadero, esperando. Quizá limpiarlos le calmara, como un chute de sosa normalidad, pero se dijo que pronto amanecería y el sol lo azotaría como un látigo de ortigas secas.
Pasó al salón. Ella estaba ahí. Podía ver su rostro de en el vidrio del televisor apagado. Ella en el poso que había formado su último vaso en la mesa. Ella en las novelas de fantasía amontonadas en el sofá. Ella en el aire. Ella en sus pulmones. Ella en el rastro de su cálido olor que lo llevó arriba, más allá de las escaleras.
El cuarto no era muy grande, pero lo suficiente para acoger un colchón y un escritorio para plasmar palabras en la estúpida novela que había comenzado a escribir meses atrás al quedarse sin trabajo, seguía allí, como unos cuantos fajos de folios que le recordaban como ella había leído a pesar de sus quejas. En las páginas debía de quedar su huella, sus dedos, sus ojos.
Una foto de ellos dos junto en su viaje a Gales el pasado otoño. Sonreían, ella con una dentadura perfecta recortada sobre unos finos labios, y él con cierta timidez. La piel de la mujer estaba deliciósamente bronceada, como la noche del martes en que él se había levantado carcomido por el hambre, con el pulso de un colibrí loco, sudando hielo.
Rozó la cama donde había pasado de quererla a estar seguro de que la amaría hasta morir. Ahora ese sentimiento vomitaba cieno en su interior. Su sangre se había vuelto negra, los ojos carmesí y el alma color vacío. Todo porque esa noche el hambre había vencido al amor.
Recorrió sus pasos por la casa muerta. El silencio era abrumador, juez y verdugo, incriminador de cómo sus pies lo habían llevado por el pasillo sin luz. Solo el silencio sabía lo que él había escuchado chirría en su interior, esos chasquidos blasfemos como huesos tras la pared.
Ahora, en su crudo presente, se acercó a la puerta rosa y la abrió. Marta. Un nombre tatuado en su piel que le rasgaba el corazón.
La habitación estaba iluminada por la luna, que bañaba en plata los relieves de los juguetes, la lamparita y la cuna. En ese momento solo sintió hambre. Una sed sin precedentes.
Marta. Su olor también flotaba en la noche del martes. Se había tambaleado hasta ella. Apenas ocho meses desde que la pequeña había llegado como un terremoto de cariño. Sus ojos eran ámbar claro. Apenas hizo algún ruido.
Lo peor de todo fue que Marta se despertó y lo miró fijamente. En vez de llorar como esperaba, el bebé esbozó una boba sonrisa sin dientes. La tela blanca de su nido la hacía más tierna.
Su hija. Había pensado en ello mientras se acercaba y ella elevaba las manos hacia su papá antes de que viera sus encías, sus dientes contra la piel joven. La estela de sangre manando de la carne.
Lloró el cieno de sus venas mientras se veía así mismo agarrando al retoño. Marta emitió un grito ahogado mientras la sangre salpicaba la cuna. Se removió un poco, pero su mandíbula se encaró como una hiena y rasgó la suave piel del bebé. El hambre lo cegaba tras cada delicioso bocado.
Cuando Marta dejó de producir sonido alguno, solo un gorgoteo entre temblores, bajó y se encaramó en su hinchada barriga. Tenía el ombligo hacia fuera. Las vísceras se deshicieron entre los grandes colmillos e incisivos que habían surgido como un iceberg de sangre en la encía. Había perdido el control. Había perdido el nombre.
El recuerdo lo tiró al suelo, vacío por dentro y derramando barro por los ojos. Estaba ciego. Muerto. Cambiado. Era un monstruo. No sabía que era. Sabía que era malo... pero no del todo. Sintió la tentación de salir a la terraza y esperar el amanecer. El sol había lacerado su piel aquel día, y estaba seguro de que el efecto sería mayor y desaparecería. Sería polvo.
Pero algo le impedía irse. El hambre. Le arañaba por dentro buscando alimento, victimas. Trastabillando, se acercó a la ventana. Dos semanas de aquel día. El mundo era gigantesco y él debía saciar su hambre. Ahora comprendía quera un buitre negro, una sombra esclava de la noche.
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Relatos de Terror y trazos de Miedo
HorrorACTUALIZO TODOS LOS DÍAS DE OCTUBRE Colección de relatos para hacer temblar hasta los huesos. -ANTES DE DORMIR. -VOLVIERON HAMBRIENTOS. -DESENTIERRO. -AL SON DE LA LLUVIA. -PRESIÓN DE PESADILLA. -AQUELLOS. -LOBO. -EL MERCADO DE TSUKIJI. -DESENTI...
