Capítulo 1- Mala Hierba

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Mi madre lo encontró muerto bajo la lluvia.

Él había salido pronto de madrugada en un día gris de mayo, uno de tantos en aquella vieja finca al norte de Orduña.
Con la azada al hombro y el cigarro en la boca se despidió de mi madre y me despeinó el pelo al pasar junto a mí mientras desayunaba, mi única respuesta fue una mueca de enfado debido a la riña de la noche anterior, ya que para él, las fiestas del pueblo no eran tan importantes como para el chico de dieciséis años que era yo por aquel entonces.

Mi padre abrió la puerta que se quejó con un chirrido y dejó pasar la brisa matutina, miró al cielo mientras se sacaba el cigarrillo de la boca y soltaba una bocanada de humo. La brisa fresca de la mañana golpeó mi cara acompañada del característico perfume del ducados que siempre fumaba, recuerdo verlo mirando al cielo, flaco y nervudo con la piel muy morena y el pelo canoso, se cubría a modo de visera los ojos con la mano y sin desviar la mirada del firmamento me dijo ─ voy a quitar las malas hierbas de los manzanos, ¿te animas? Preguntó.
─Paso, farfullé. Él sonrió ─Dolores volveré para comer.

─ Vale. Contestó mi madre desde la cocina ─ lleva cuidado y si ves que llueve regresa. Le ordenó.
Se marchó sonriendo, algo que nunca olvidaré será esa incansable sonrisa, la usaba para todo y con efectos diferentes, una sonrisa amable para las charlas distendidas, otra más amplias para cuando bromeaba con mi madre..., incluso tenía una feroz y temible cuando lo enfadaba.

El pálido amanecer dio paso a la negra mañana, los truenos lejanos rompieron la apacible calma que daba el silencio de la casa solo interrumpido por los chasquidos de la madera ardiendo en la lumbre y el tic tac del reloj de pie del salón. Otro trueno, más cercano que además de sacudir el cielo, hacía remover a mi madre de la silla, donde se esforzaba por concentrarse en la bufanda de lana que tejía.
Entonces comenzó a llover, levantando el olor de la tierra que llegó hasta mí donde tirado en el sofá miraba como la lluvia golpeaba el cristal, para entonces mi madre ya estaba fuera mirando a la lejanía hacia los campos de manzanos. Un relámpago cruzó el firmamento, mi madre entró de nuevo y con una voz suave y firme me dijo -Urko hijo, haz el favor de ir a por tu padre.
Desvié la mirada, ─ ya es mayorcito- respondí─ además no tengo ganas de volver a discutir. El orgullo salía por mi boca pero la vergüenza no me dejaba mirarla a los ojos, no me considero un hijo ejemplar, pero sabía lo que estaba mal decir a una madre. Ella se quedo quieta, supongo sin saber bien que hacer, el duro de los dos era mi padre, ambos lo sabíamos, me miraba con sus azules ojos con una expresión serena.
─No hay discusión que valga, aprende que un no és un no, ahora vete a buscarlo.
─ Entonces te digo que no.
Mi madre me miró con el ceño fruncido y los brazos cruzados, nunca me pareció temible, de baja estatura con un pelo rubio que empezaba a tornarse blanco, me recordaba a un duendecillo de los cuentos. Apretaba los labios, toda ella se contenía para no hacer lo que debería haber hecho, ahora lo sé, tenía que haber sacado el cinturón de mi padre y haberme pegado con él, tenía que haber cogido la vara más larga para darme una paliza, tenía que haber sacado el atizador del fuego al rojo vivo y haberlo clavado en mi piel hasta quemar. No se merecía lo que pasó y no se merecía ser ella quien lo viera.

Unos sollozos trajeron a Urko al presente, a sus pies, un hombre se retorcía hecho un nudo de dolor.

El olor a tierra mojada le llevo a aquel fatídico día treinta años atrás, donde dejó de ser joven, el día que se transformó en lo que era ahora; un hombre corpulento lleno de rabia contenida, una rabia que pedía salir y sólo en ocasiones se lo concedía.

El agua le resbalaba por la incipiente calva y le recorría la cara hasta la canosa barba donde se dejaba caer. Su víctima estaba en el parque a altas horas de la madrugada, pero eso él ya lo sabía, llevaba siguiéndolo dos días de manera discreta y metódica como siempre, lo cogió por una pierna y lo arrastró cruzando la espesa lluvia que ocultaba y ahogaba los gritos del tipo, lo llevó a los pies de un gran árbol donde la lluvia les daba una tregua.

─¡Para por favor! suplicó el hombre acercándose al tronco para ayudarse a levantarse. Urko lo agarró por el pelo y golpeó su cara contra el tronco, el hombre volvió a caer, escupió unos cuantos dientes ─¡Que quieres! no, no te conozco, no..noo sé que te he hecho, ¿Quien eres?

─No importa quien soy, dijo Urko mientras se enfundaba unos guantes de piel negra, cogió al hombre firmemente por la mandíbula le levantó la cara.─Importa quien seas tú, sacó un papel de la parca negra y mojada. ─Jose Ramón Campero Zelalla, saliste de Basauri hace dos días de permiso, si no me equivoco aquella es tu casa, giró la cara del hombre con un movimiento brusco para que mirara al otro lado del parque donde se encontraba antes. ─Pero tú no puedes estar aquí ¿cierto? Tienes una orden de alejamiento, de hecho no deberías estar ni en Bilbao. El hombre se puso blanco.

─Mira yo so..solo uffff, una patada en el estómago interrumpió sus ruegos.

─ ¿Y esto que es?, Urko dió un golpecito con el pié al machete que se acababa de caer del bolsillo interior del dolorido hombre, lo miró con furia, apretó la mandíbula, sus puños formarón un nudo, cerró los ojos y respiró hasta que su cuerpo volvió a relajarse, entonces miró a los ojos al lamentable hombrecillo tembloroso.
─ ¿Sabes? Mi padre era agricultor. Recogió el cuchillo y mientras lo miraba fijamente dijo ─ Si hay algo que me enseñó, es a quitar las malas hierbas.

Como un relámpago el cuchillo brilló en la oscuridad.

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