_.TREVOR._

506 73 22
                                        


La familia Longbottom.

Cuando se habla de este clan siempre se piensa en los respetables magos y brujas que la han conformado.

Se piensa en Augusta Longbottom, rápida con la varita. Se piensa en Frank y Alice Longbottom, un matrimonio de excelentes aurores que lucharon por una causa justa y perdieron por ello la cordura  y, posteriormente, la vida. Se piensa en Enid y Algie Longbottom, jóvenes promesas y destacados magos antes de su jubilación. Se piensa en Harfang y Callidora Longbottom, que en su época trajeron fama y prosperidad al apellido.

Todos sangre pura, todos valientes, todos poderosos.

Yo, Neville Longbottom, estuve a punto de ser un squib.

Sí, como estáis pensando, fue una decepción muy grande para todos mis familiares. Y no solo para ellos, sino para todo el mundo mágico. ¿Cómo es posible que el niño que vivió, aquel que venció al mago tenebroso más poderoso de todos los tiempos siendo tan solo un bebé, no pudiese hacer magia?

Cuando mismo se supo la noticia (porque mi abuela se había asegurado de que todos los medios estuvieran atentos a cualquier movimiento que mi yo de niño hiciera), esta corrió por toda la Gran Bretaña mágica en cuestión de horas. El grán héroe en el que me había convertido no era ahora nada más que un pequeño niño irrelevante.

La historia dejó de posar su vista en mí para dedicarse a eventos más interesantes que un saco de carne y huesos sin una pizca de magia.

En un principio, la reacción de Augusta Longbottom fue la indignación, porque no entendía cómo el resto del universo podía ignorar a su nieto, a su salvador.

Pronto, la indignación dejó paso para la furia, hacia ellos y hacia mí. No se decidía entre gritar lo idiotas que resultaban los periodistas del Profeta cada vez que lo leía o rular las hojas del diario y golpearme en la cabeza.

Cada día durante años tuve que pasar por diversas pruebas que incluían daño físico y emocional. Desde golpes imprevistos hasta insultos diarios y bromas pesadas, pasando por la humillación pública y el asesinato de mi pez de colores.

Mi abuela, viéndose superada por las circunstancias, llamó al tío Enid y la tía Algie en busca de ayuda y acabó por dejar de verme. Ellos dos se trasladaron a la mansión familiar y el tío colaboró en la aparentemente imposible tarea de hacer reaccionar mi magia interior. Mientras tanto, tía Algie me cuidaba e intentaba distraer a Enid de su pesada tarea. Augusta simplemente hacía como que yo no existía y como que cada mañana el cuarto plato de la mesa era invisible.

La indiferencia, al final del trayecto, era pan de cada día.

Pero Neville, os preguntaréis algunos, ¿Porqué nunca sacaste la magia? ¿Por qué nunca la usaste para salvarte de esas situaciones? Y yo, para responderos, contaré algo que he descubierto con el paso del tiempo:

Si a un pájaro le dices durante 365 días que no puede volar, al día 366 no se atreverá a desplegar sus alas.

Y, después de lo que parecieron siglos de escuchar lo inútil que era, acabé creyéndomelo.

Por las noches soñaba con un infierno de luces verdes, maldiciones y ojos quietos. Por el día vivía otro de vejaciones, miedo y rostros decepcionados. Al final, no sabía si era el niño que vivió, un estúpido squib o un huérfano desafortunado. En ocasiones incluso me creía el nuevo chico invisible.

TREVORWhere stories live. Discover now