Desperté anonadado por las cadenas que presionaban mis brazos, el hombre junto a mi apestaba a hierbas podridas y alcohol barato que vendían en algún burdel de la zona. Detestaba ese olor amargo.
Mis ojos empezaban a acostumbrarse a la falta de luz en la celda en la que nos tenían apelotonados como ratas en una madriguera pequeña, no tenía nada más que beber mas que una copa de vino amargo y un trozo pequeño de queso rancio que llevaba más del mes en mi bolsillo.
Me levanté del suelo y me dirigí hacia el frente, esperando la llegada del carcelero que nos llevaba al patio del castillo del amo para que pudiéramos trabajar en sus tierras o comer un poco, la mayoría de los hombres que dormían en mi celda decidían intentar escabullirse por las rejas de los baños o asesinar a los soldados que nos custodiaban, ninguno lo había logrado en más de diez años, diez años que llevaba viviendo como esclavo del amo del castillo.
Tenía un nombre cuando entré al castillo del amo, ahora tenía uno nuevo cada vez que salía de mi celda. Los soldados escribían nombres irrespetuosos y los metían en un cubo lleno de heces, todos los días teníamos que escarbar entre las heces y la orina para tener un nombre con el cual ser llamados por el amo o por los invitados del amo.
— ¿Ya viene? — Me preguntó uno de los hombres. Estaba desnudo y tenía un bozal en la boca.
— No — respondí reacio a cualquier falta de atención.
El carcelero tenía un arma con la cual podía salir de ahí, sólo necesitaba un día o una noche para golpear en la garganta al carcelero y tomar las llaves y su arma. Después saldría por el drenaje con ayuda de algunos de esos hombres y no necesitaría nada más que un nombre decente y ropa decente que conseguiría en el pueblo a un kilómetro del castillo del amo.
— ¿Ya viene? — Preguntó de nuevo sosteniéndome el tobillo.
— Cuando venga lo notarás, hombre — respondí y le pegué una patada en las gónadas.
El hombre se retorció y escupió a través del bozal, me pegué contra las rejas para poder ver más allá de las varas de hierro sólido corroído por el agua y el tiempo que llevaban ahí trabadas cumpliendo la única función que podían tener: no dejar que saliéramos con vida y no dejar que alguien nos ayudara.
Escuché los pasos del carcelero, el hombre obeso y alto venía dando pequeños pasos entre las celdas. Liberó a los de la celda del frente con las llaves y golpeó con su vara de hierro a los que se atrevieron a acercársele tan sólo unos palmos.
— ¿Ahora sí? — Preguntó el hombre del bozal.
— Está en frente — le respondí.
Me alejé un poco para evitar que el carcelero nos soltara y me golpeara con su vara. El hombre tomó la llave de la celda y la metió en el picaporte dorado que tanto amaba el amo.
— Cenarán con el amo, escorias — dijo el carcelero —. Así que se comportan o terminarán como el hombre del fondo.
El carcelero señaló con su dedo gordo y largo a un hombre tirado al fondo de la celda, estaba con las tripas al aire mientras las ratas se aprovechaban de sus carnes. Los pequeños animales devoraban la carne y escondían a sus engendros entre su piel. El hombre tenía la cabeza arañada y partida en trozos pequeños, fruto de los golpes del carcelero.
Sentí repulsión por cómo nos trataban en el castillo del amo, pero no podía decir ni hacer nada en contra de ello más que esperar algo bueno del amo y correr para tomar el nombre que estaba hasta arriba del balde para evitar escarbar en las heces del amo, del carcelero y de sus invitados de honor.
Corrí y tomé el nombre: Estorbo.
Salí con la cabeza agachada para evitar los golpes del carcelero y seguía la fila que los demás hombres formaban en el pasillo oscuro. Todos estábamos desnudos, con algo más que un taparrabo blanco y unas cadenas que unían las manos y otras que unían los pies. El nombre ya tenía el alfiler para que me lo colocara... tomé el alfiler y lo clavé al nombre Estorbo, sostuve la piel tensa de mi pecho y lo clavé al centro, como le gustaba al amo que estuviera.
Seguí la marcha.
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La Senda del Hombre Gris
General Fiction¿Hueles eso? Es el olor de la carne que se derrama de tu brazo, mejor púdrete en un hoyo y sal cuando tu carne sacie mi hambre.
