Me despierto con el sonido de una puerta. No es la puerta de mi habitación, es la puerta de la sala de observaciones que hay detrás del gran cristal que cubre una de las paredes del rectángulo que forma mi habitación.
La habitación es blanca, totalmente blanca, tiene dos estanterías que he ido llenando de varios libros que me ha traído mi profesor particular después de pedírselos varias veces. Me gusta mucho leer, es lo único que me hace salir de la vida monótona que vivo, por culpa de esos señores con batas blancas que hay detrás del cristal.
Me levanto y hago una reverencia mirando hacia un punto cualquiera del cristal, yo no los veo, pero sé que están ahí. Los escucho, aunque crean que el cristal es lo suficiente grueso como para impedirme oír.
Después de hacer la reverencia para burlarme de ellos me miro al cristal, que me sirve como espejo. No he cambiado mucho, o al menos, eso creo yo. Tengo el pelo negro cortado a la altura de los hombros. Mi piel es pálida, es lógico ya que no salgo a la calle desde hace bastante tiempo. Hay una ventana con cristal blindado por la que entra sol, es suficiente para que no me falte vitamina D, pero no lo suficiente para ponerme morena. Tengo los ojos verdes, aunque a veces se ponen grises. Soy bastante delgada. Tengo una buena nutrición, pero no es tanta comida como para poder engordar.
Miro la cama, está desecha, ya que por la noche he vuelto a tener la misma pesadilla de siempre. En realidad, no es una pesadilla, es un recuerdo de algo que me pasó hace unos meses, el día que cumplí dieciséis, es un recuerdo que me perseguirá siempre.
Ese día, uno de los científicos que me observan detrás del cristal decidió entrar en la habitación. Me pinchó un suero para dejarme inconsciente y me llevó a una habitación en la que había estado varias veces de pequeña. A los once años me negué a ir. Una vez intentaron llevarme a la fuerza cuando tenía catorce, pero le puse la mano en el pecho al hombre que me intentó llevar y cayó al suelo. Tenía una marca roja en el pecho con la forma de mi mano. En ese momento, nos dimos cuenta, ellos y yo, de que mi sentido del tacto estaba muy desarrollado. Me hicieron pruebas y descubrieron que todos mis sentidos estaban muy desarrollados, más de lo normal. Me preguntaron como le hice eso a aquel hombre, pero todo fue muy rápido y no supe explicarlo. Después decidieron no volver a intentar llevarme, hasta ese día.
El hombre me sentó en una silla blanca, era como las antiguas sillas eléctricas que usaban para matar presos. El hombre me puso unos cables en la cabeza. Me agarraron a la silla con unos cinturones metálicos. Yo empecé a recuperar la conciencia e intenté liberarme, pero no sirvió de nada. Un hombre de pelo canoso entró en la habitación sonriendo. Ya lo he visto varias veces, se llama Adan Mayer. Él es el culpable de que yo esté en esta situación. Él es el culpable de que yo viva en un laboratorio y de que experimenten conmigo.
— Eres un monstruo –me dijo él sonriendo. Su sonrisa me pone enferma– acabaremos contigo, tranquila, pero antes tenemos que averiguar cómo funciona tu cuerpo.
Entonces le miré con odio y él se rió al verme intentando escapar de los cinturones. De repente un dolor horrible se introdujo en mi cerebro desde los cables que me habían puesto en la cabeza. Era un dolor insoportable, como si un rayo de electricidad atravesara todos los órganos y los dejaran en tensión. Me encogí en la silla todo lo que pude, como si eso fuera a calmar el dolor, entonces me dieron convulsiones y en ese momento me despierto.
Dejo de recordar ese maldito día. Nunca lo había pasado tan mal aquí. Es cierto que me tienen encerrada y que no hablo con nadie aparte de mi profesor y de los médicos que vienen a sacarme sangre y a hacerme pruebas, pero hasta ese momento yo era medianamente feliz. Nunca he tenido la intención de escaparme. Sé que nadie me espera fuera, mis padres ya no viven aquí y hace seis años que no vienen a verme. Tampoco tengo un lugar al que ir. Aquí al menos me dan comida y tengo una habitación y baño, además de una educación gratuita. En realidad, no sé porque me han proporcionado una educación. Saben que soy más inteligente que ellos y, aún así, me han enseñado a pensar con claridad y, también me han enseñado cómo funciona el mundo. Al final sí que han hecho algo por mí, bueno ellos no, mi profesor. Aunque ahora que me doy cuenta Marcus, mi profesor particular, lleva una semana sin venir.
Hago la cama y me siento en ella. Miro la estantería y pienso qué libro voy a coger. Ya he leído casi todos. Después de un rato, decido coger uno de los últimos que me trajo Marcus.
Lo había ojeado un poco. Trataba sobre una chica que descubre que sus padres son los reyes de un reino al que ella tendrá que ir para solucionar varias cosas.
Me siento en el suelo, siempre que leo o dibujo me siento en el suelo. Empiezo a leer el prólogo. El sonido de la puerta de la sala observaciones, que se abre de golpe, me distrae. Hago como que no lo escucho, para que no descubran que puedo hacerlo. Una mujer habla con un tono preocupado.
—Nos han llamado del otro laboratorio. La otra chica se ha escapado. Cree que aquí puede estar su hermano, también sabe que hay más personas como ella. Puede que llegue dentro de una hora.
—Eso es un problema –dice un hombre que parece cansado– ella no sabe nada –supongo que habla de mi– preparad algunas pistolas paralizantes. Que su llegada no afecte al horario de Alice, si nota cambios en su rutina sabrá que pasa algo. Y poned guardias en la sala A-1 hay muchos datos y pruebas allí que no deben coger.
–De acuerdo.
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Diferente
Science Fiction16 años atrapados en un laboratorio, es hora de que alguien les ayude a rebelarse, es hora de dejar de ser experimentos. Ellos no son monstruos. Lo que pasa es que hay personas que le tienen miedo a lo Diferente...
