"Por fin lo puedo sentir.
Te conozco y te reconozco que por fin
Sé lo que es vivir
con un suspiro en el pecho,
con cosquillas por dentro.
Y por fin sé por qué estoy así"
Por fin - Pablo Alborán.
Viernes por la mañana. Hacía frío y llovía. Ya me había resignado a no recibir más allá del simple abrazo reconfortante de mi cama, que hasta entonces se encontraba hecha.
- Voy pa' tu casa, déjame la puerta sin llave- me dijo de un momento a otro, sin preguntar. Estaba enferma, así que no podía ofrecerle una cara y apariencia mejor de la que tenía en ese instante, pero sabía que no le importaría, no me sentía bien y los enfermos siempre tienen una especie de protección especial e inexcusable, que cubre el no bañarse, levantarse, hacer aseo y puedes tomar té en cama todo el día. Es un seguro moral ante catástrofes corporales.
Luego de abrirle la puerta me acosté, a esperarla y descansar un poco. Me dolía todo, quería dormir y despertar a los días sin dolor alguno, pero quería verla. Necesitaba hacerlo.
Llegó. Sin hablar hasta recostarse a mi lado y ahí preguntar como me encontraba.
- Duele, pero estoy bien- dije, mintiendo un poco, sin concentrarme realmente en lo que le decía. Tenía unas cuantas distracciones y estaba dispuesta a perderme con ellas por un rato.
Me miraba, como si fuese lo único importante ahí. Cada vez que lo hace me pregunto: ¿qué verá realmente? ¿de verdad alguien así puede amarme omitiendo y combatiendo con mis demonios internos?
Necesitaba dejar de pensar. La tenía cerca, tanto que el no tocarla y sentirla, dolía.
-Entra a la cama, hace frío
Se quitó algo de ropa, los zapatos y se acostó a mi lado; sin despegar su vista hacia mí. Necesitaba besarle. No me había saludado, cosa que disfruto cada vez que nos encontramos. Darme cuenta de que no quito de mi cabeza el sabor de sus besos y la manera en que lo hace. Saber que en el instante en que se acerque a mis labios yo ya me he perdido en los suyos. Caigo rendida ante su lengua y el compás de su respiración.
- Estás helada, ven -dije antes de abrazarle y pegarla a mí. Recorrí un poco con mis manos, recordando ciertos momentos anteriores y memorizando una y otra vez el relieve de su cuerpo, origen de sus complejos, pero razón de algunos de mis deseos y uno que otro sueño.
Conversamos un poco, sin dejar de acariciarme y besarme de vez en cuando. Me giré, doliendo un poco y quedó frente a mi espalda, la cual comenzó a masajear y besar de manera sutil. Recorriendo y tomándome como si fuese algo que esperaba hace mucho tiempo y que necesitaba cuidar.
Me perdí, en sus besos y en sus manos que me recorrían con cuidado en sitios que ella sabía, por mí, que me dolían en ese momento.
Con ella, tan cerca, el único dolor que realmente me importaba y sentía era el de no tocarla aún. Agradecía sus caricias en cada momento, pero mi deseo se hacía cada vez más latente y si no sabía que tanto más podría tolerarlo.
Giré y la besé.
Lo hice atenta a absolutamente todo lo relevante para mí en ese momento. El morbo que me causaba escuchar como su respiración se aceleraba a medida de que la tocaba y aceleraba los besos, solo por gusto y de saciar la convicción de que me deseaba tanto como yo a ella.
Me perdí en su cuerpo, le robé uno que otro aliento y cadencia, que colecciono para mí y que recuerdo cada vez que pienso en ella.
- Es tarde -dije de mala gana. Sin entender como hace para que, estando con ella el tiempo pase más rápido. Aprovechando de besarle y mirarla un poco más, antes de que se fuera y tuviese que esperar para verla, sea poco o mucho tiempo, se siente igual de necesario.
Luego se marchó. Dejándome con el anhelo de verla otra vez. Deseándola como si las caricias y besos nunca fueran suficientes. Sintiéndome llena y feliz, sabiendo que cada vez que estoy junto a ella me hace el amor. Con sus besos, su preocupación y sus caricias furtivas. Dándome una sonrisa que me atonta cada vez que la veo.
Que si puedo tenerla junto a mí, significa que tengo más de lo que puedo merecer y que no siempre soy capaz de reconocer.
