Un día antes, Silvia quería prepararse para los exámenes más importantes del año, y no solo no contaba con tiempo suficiente, sino que también carecía de concentración debido a la música a todo volumen que su vecino ponía en ese momento.
Mi habitación estaba hecha un desastre. Había intentado vencer mi estrés de mil maneras diferentes, pero ninguna resultaba ser efectiva. Como no, un día antes quería ponerme a estudiar para, al menos, aprobar como fuese los exámenes finales. Hinqué los codos dispuesta a ello y, en el momento más oportuno, un solo de guitarra comenzó a oírse de fondo; provenía del piso de abajo, la intensidad del volumen de ese solo incrementaba por segundos.
Pegué unos cuantos saltos de forma que este personaje pudiese oírme indicar que bajase la música del averno que estaba escuchando este ser que tenía como vecino. No había empezado y ya me estaba distrayendo.
Para colmo y tratando de burlarse de mi, subió la música.
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Se acabó.
Me miré al espejo frustrada, mis pecas hacían que no se me tomase en serio, pero iba muy enserio si decía que en ese momento estaba enfadada. Mis ojos, color caramelo, estaban vidriosos... era rubia pero, no tonta como dicen. No iba a ser yo la que permitiese que se riesen de mi de esa manera. Bajé las escaleras del portal echando humo y me dispuse a llamar a la puerta de aquel vecino cabrón.
Después de varios intentos se oyó una voz, proseguí llamando hasta que un chico de pelo negro que le caía hasta los hombros, cargado de cadenas, piercings y tatuajes, abrió la puerta.
- Oye, estoy estudiando - dije.
- ¿Y a mi qué? - dijo el chico.
- Solo te pido una cosa, ¿Podrías bajar la música, por favor?
- Oye niña, yo también te puedo pedir una cosa, por ejemplo, tráeme un cerdo que vuele, me conformo con un perro, cuando lo consigas, bajaré la música - El chico soltó una carcajada con su propia "broma", si así puede llamarse. Después cerró la puerta dejándome con la palabra en la boca.