Baz no necesitaba una razón para comportarse así. No necesitaba que nadie le justificara nada por muy importante que resultara la información, indispensable para su misión, o su vida.
Al menos así había sido al principio, cuando no tenía que preocuparse por las acciones de Simon y mucho menos sus consecuencias, pero dado el vuelco que había tomado su vida, ahora el nombre "Simon" cobraba más sentido que cualquier otro, incluso que el suyo propio. Ahora debía guardar el cuerpecito de Snow, protegerlo el tiempo suficiente para que ambos pudieran fundirse en cálidos besos frente a la chimenea.
Había conseguido tocar el lunar que tanto le había provocado tentación, no debía molestarse por el hecho de que Simon fuera consciente como Baz le observaba por las noches, en cambio, habían establecido una especie de ritual donde ambos se mantenían la mirada, hasta que uno de ellos caía dormido.
Era como magia, incluso más fuerte que cualquier hechizo que pudiera lanzar Snow, sus pupilas se fundían bajo la tenue luz de las estrellas, y solo debías esperar a que una corriente eléctrica atravesara tus dedos, tu espalda, y finalmente; tu corazón.
Todo para Baz era electricidad, aquella manera más sencilla pero a la vez compleja que tenía de denominar a su novio.
-Maldita sea, Snow. ¿Te recargas en la corriente o algo parecido?
-¿Qué?
Habían compartido esas extrañas palabras la primera vez que habían dormido juntos, cuando Baz pudo sentir sus pies entrelazándose con los del rubio, y por primera vez; contar con precisión cuántos lunares adornaban su espalda.
"¿Cuando me he vuelto tan asquerosamente cursi?", incluso nada más levantarse. Minutos después los dedos del vampiro acariciaban el rostro de Simon, fundiéndose una pequeña sonrisa, siempre oculto por la irritación. Sabía con certeza que esas palabras eran simples herramientas para intentar mantener su "reputación" tan ganada en Watford.
Los vampiros no se enamoraban, pero Baz había roto todos aquellos prejuicios. "Claro que se enamoraban, pero suprimian el 'de otros chicos', la historia está jodidamente mal" decía constantemente cuando presentaba a Simon ante alguien.
Las madrugadas donde ambos se recostaban en el sofá, sin importar nada más que ellos, y el par de alas de Snow que aún se abrían sin previo aviso, Baz aseguraba con mayor certeza que su vida de encanto no había sido construida por hechizos, por elegidos, monstruos o palabras vacías que solo te agitaban más. Cada pedazo de día y deleite de la noche era gracias a Simon Snow, su vida, incluso el encanto se escapaba de todo lo que eran, de lo que quería que fueran.
-Eres mi vida. ¿He dicho yo eso?
-Lo has dicho. Curioso para ser un vampiro.
-Snow, ¿De verdad entiendes el peso de eso?
-¿De que eres un vampiro?
-De que eres mi vida. Ni siquiera sé qué significa.
-Nunca sabes que significa nada de lo que dices cuando estas conmigo.
-Tú eres el que caiste en mis brazos, ¿Recuerdas?
-Tú me dejaste caer.
-Por Crowley. Y si volvieras a caerte, te recogería de nuevo. Mis brazos son tu límite, helegido.
