Capítulo 1

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Solían decirme que cuando una puerta se cierra, otra puerta se abre. Que no importa lo oscuro que esté el cielo, el sol siempre volverá a salir.
Pero, ¿Cómo puedo encontrar la puerta que se ha abierto si la habitación está demasiado oscura para ver? ¿Qué pasa si esa habitación no tiene ventanas por las que pueda entrar la luz del sol?
Estas preguntas rondan por mi cabeza desde el pasado 15 de septiembre. El día más triste de mi vida. El día en el que lo perdí todo.
Me llamo Pierre Le Brun, tengo catorce años y vivía en Cavaillon una pequeña ciudad del sureste de Francia. Digo vivía porque he huido, he dejado atrás todos esos recuerdos. Porque allí en Cavaillon cada esquina, cada casa y cada día me recordaban a ellos. Y yo no quiero recordarlos, yo quiero olvidar. Quiero dejar atrás todo lo que he vivido. Quiero empezar de nuevo, y para eso, necesito olvidar. Necesito encontrar un lugar nuevo, un lugar sin sus risas, sin sus consejos, un lugar sin sus abrazos y sin sus voces. Un lugar lejos.
Me encuentro en un vagón de carga del ferrocarril que va desde Cavaillon hasta Montpellier. Quizás me quedo allí, o tal vez desde allí tomaré otro tren para irme más lejos.
El viaje es largo, y más aún si tienes que ir incómodo en un oscuro vagón de carga lleno de humedad. Menos mal que todavía no es invierno, si lo fuera el frío sería insoportable. En la pared del rincón donde estoy recostado hay un pequeño boquete por el que veo el paisaje. Los árboles pasan a una velocidad impresionante, tan rápido que no puedo ni verlos. El sol ya está a punto de ponerse, el cielo ya empieza a oscurecerse. Hace tiempo que no me monto en un ferrocarril. Ya no recordaba la sensación de libertad que te da el poder ir de un sitio a otro sin esfuerzo. Es verdad que la última vez que me monte en un tren, iba en uno con asientos, no compartiendo espacio con lo que sea que haya en estas cajas. Mi padre tenía que ir a Aviñón a cosas de trabajo, su compañero se puso malo el día del viaje y los billetes ya estaban comprados, así que mi madre le pidió que me llevara a mí con él. Fue la primera vez que salí de mi ciudad, y la primera vez que me monté en un ferrocarril.
Mi corazón se llena de tristeza al volver a pensar en mis padres, siempre hay algo que me recuerda a ellos. Mis párpados me pesan, ya no puedo seguir despierto, me espera un camino largo y sin resistirme caigo dormido.
El vagón de repente se mueve bruscamente haciendo que me despierte y que una caja que hay al lado mía caiga al suelo y se abra. De ella salen manzanas. No creo que nadie se dé cuenta si cojo alguna. Estoy en edad de crecimiento y necesito alimentarme. Intuyo que ya hemos llegado debido a que el tren lleva bastante rato parado. Meto las manzanas en mi bolsa de viaje y abro la puerta del vagón para bajar. Cuando bajo la luz del sol hace que no vea en unos segundos, pero cuando mis ojos se acostumbran al cambio de luz, veo que me encuentro en una gran estación de trenes. Por lo menos hay tres más en otras vías. ¡Jamas había visto tantos ferrocarriles juntos! Me fijo en uno de los carteles que hay en las paredes de esta gran estación, y veo que estoy en Montpellier. Recuerdo haber escuchado el nombre de esta ciudad antes, se que es grande y la industrialización ya está muy estabilizada. Quizás sea un buen sitio para empezar de nuevo. La estación está llena de gente, personas con equipaje, personas con prisa, personas gritando. Yo estoy solo. Estoy en medio de un mar de gente con un destino. ¿Cuál es mi destino? Hasta ahora no me había planteado esa pregunta. ¿Ahora qué? Lo único que llevo conmigo es mi bolsa de viaje. En ella llevo el par de manzanas que cogí en el tren, una pequeña cantimplora con un poco de agua. No tengo dinero, cuando se me gasten las manzanas no tendré comida y el agua ya está casi terminada. Cuando el otro día decidí huir de mi ciudad no había pensado en esto, no tenía una plan, no tengo un plan. Por eso es la hora de improvisar.

Cuando se pone el SolStories to obsess over. Discover now