Rusia
Dieciocho años atrás
El reloj del pasillo marcaba las tres de la madrugada.
El tic-tac era lo único que rompía el silencio de la enorme mansión cubierta por la nieve. Afuera, el viento golpeaba los ventanales con tanta fuerza que parecía querer arrancarlos de sus marcos.
Arturo temblaba.
No sabía si era por el frío o por el miedo.
Las cuerdas que sujetaban sus muñecas le habían dejado la piel en carne viva. Llevaba horas —o quizá días— atado a una vieja silla de madera. Había dejado de contar el tiempo cuando el hambre comenzó a doler menos que el terror.
A pocos metros de él estaba su hermana mayor.
También permanecía inmovilizada.
Tenía el rostro cubierto de lágrimas y el cabello desordenado. Cada vez que levantaba la mirada hacia Arturo intentaba sonreír, como si quisiera convencerlo de que todo terminaría pronto.
—No tengas miedo... —susurró con la voz quebrada—. Papá va a encontrarnos.
Arturo quiso creerle.
Solo tenía diez años.
Todavía pensaba que los padres podían vencer a cualquier monstruo.
La puerta volvió a abrirse.
Las bisagras chirriaron lentamente.
El hombre entró sin prisa, con una botella de licor en una mano y una sonrisa que helaba la sangre. Había sido parte de la familia. Todos confiaban en él. Nadie imaginó que, detrás de aquel rostro amable, habitaba alguien capaz de convertir una casa en un infierno.
Arturo bajó la mirada.
Ya conocía ese silencio.
Ese silencio siempre anunciaba algo terrible.
Su hermana respiró hondo y cerró los ojos.
—Por favor... no lo mires —dijo apenas moviendo los labios.
Pero Arturo no podía dejar de verla.
Quería levantarse.
Gritar.
Golpear.
Hacer cualquier cosa.
Las cuerdas se clavaban cada vez más en su piel mientras luchaba inútilmente por soltarse.
Las horas pasaron lentas.
Demasiado lentas.
Cuando el sol comenzó a filtrarse entre las cortinas, el hombre volvió a perder el control.
Los gritos se mezclaron con el ruido de un objeto cayendo al suelo.
Después...
Silencio.
Un silencio absoluto.
Arturo levantó la cabeza.
Su hermana ya no respondía.
—¿Anya...? —susurró.
Nadie contestó.
—Anya...
Las lágrimas comenzaron a caer una tras otra.
—¡Anya!
El hombre salió de la habitación sin volver la vista atrás.
La puerta quedó abierta.
Solo entonces el pequeño Arturo comprendió que acababa de perder a la única persona que siempre lo había protegido.
No supo cuánto tiempo permaneció llorando.
Cuando los guardias de la familia derribaron la puerta de la mansión horas después, encontraron a un niño inmóvil, incapaz de hablar, con la mirada perdida sobre el cuerpo de su hermana.
Aquel día murió Anya.
Y con ella también murió una parte de Arturo.
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Dieciocho años después...
En un pequeño pueblo al otro lado del mundo, un sacerdote abrió las puertas de una humilde iglesia para recibir a los primeros feligreses de la mañana.
Vestía una sotana impecable.
Sonreía con serenidad.
Saludaba a cada persona por su nombre.
Todos lo conocían como el padre Arturo.
Nadie imaginaba que aquel hombre cargaba un apellido capaz de abrir las puertas de los hoteles más lujosos de Europa.
Nadie sabía que había nacido rodeado de riqueza.
Y mucho menos que, cada noche, seguía despertando con el eco de un nombre que jamás había dejado de pronunciar en sus pesadillas.
Anya.
Porque algunos recuerdos nunca mueren.
Solo aprenden a esconderse detrás de una sonrisa... y de una sotana.
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Santo Pecado
RomanceArturo y Lucia se conocen bajo circunstancias poco gratas, ambos con infiernos en sus almas pero con inmensos deseos de abandonarlos , él, un sacerdote con un pasado doloroso y una vida oculta, ella, una joven que ha sufrido las penurias de la muert...
