Capítulo 1 En busca de conchas

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Era un día como otro cualquiera, la marea estaba tranquila y sin tormenta, el pueblo estaba tan animado como siempre, todos hacían vida normal, al igual que yo.

Cogí mi bolsa para ir a buscar conchas a las afueras del pueblo. Mi pueblo era pequeño situado en el océano Atlántico, en concreto en el mar del norte. Así es como los humanos llamaban a las aguas, clasificándolas como si supieran donde estaban los límites que solo nosotros sabíamos. Mi pueblo Kaelopas pertenecía al Reino Kelop, pero estaba a las afueras, casi a un día de camino de la capital. Mi casa era una de las últimas construidas en el pueblo y por eso estaba algo alejada del mercado aunque eso no me importaba así era más fácil salir a buscar conchas y jugar con los peces.

Conforme me alejaba del pueblo podía encontrar miles de conchas de todo tipo, desde pequeñas hasta las más grandes. Las utilizaba para hacer platos, cofres y pequeñas cajas, dependiendo del tamaño claro. A esto me dedicaba, recogía conchas les daba un nuevo uso y las vendía a los demás. Me encantaba hacer esto aunque algunas veces era más arriesgado que otras, los humanos pasaban algunas veces por la superficie con sus barcos de madera, supongo que ellos no saben nada de nosotros pero nosotros de ellos si sabemos mucho. Hace unos meses durante una tormenta un barco de madera se hundió al sur de nuestro pueblo, tuvimos suerte de que no cayese encima del pueblo pero cuando la tormenta pasó unos pocos nos aventuramos a explorar el barco hundido. Encontramos oro y joyas, que a nosotros no nos valían de nada más que de propia decoración, encontramos también humanos muertos, espadas y alimentos. Todo lo necesario para embarcar en un viaje. De ese barco me quedé con la tela blanca de las velas y me hice una almohada nueva, era más blandita que la anterior y me acomode rápidamente a mi nueva posesión.

Bueno a lo que iba yo se supone que tenía que recoger conchas, reí sabiendo lo distraído que era cuando recordaba cosas. Ahora que lo recordaba en el barco debía haber más cosas que no se llevaron. Debería ir a buscar algo de utilidad ya que había sido abandonado.

Cambié mi rumbo hacia el barco que ahora se había convertido en una especie de casa para los peces. Cuando entré ya estaba lleno de musgo y algas pero no me importaba, algo tenía que meterle de relleno a la almohada ¿no? Sonreí mientras miraba todo con detenimiento y buscaba algo de utilidad. Busque por todos lados y encontré una especie de trampilla que bajaba hacia una bodega. Mire la estancia detenidamente y encontré algo que me asusto a primera vista, luego me di cuenta que solo era mi reflejo. Negué por la tontería de asustarme de mi mismo y me acerque al espejo, había muy pocos en nuestros mares ya que eran fabricados por los humanos y nosotros desconociamos cómo hacerlos. No es que fuera algo indispensable en nuestras vidas pero había sirenas a las que les encantaba ver su reflejo. No era un espejo muy grande solo dos manos de ancho y alto, bueno, mis manos que no eran muy grandes quizá si la comparamos con las manos de un guerrero era un espejo de una mano de ancho y alto pero de las mías eran dos manos. Reí un poco pensando en los guerreros que vivían en mi pueblo, ya más de uno me había pedido salir con él aunque yo como siempre, no pensaba en esas cosas prefería estar solo al menos de momento y disfrutar un poco más de la libertad de la juventud. Solo tenía 20 años, pero según los mayores del pueblo era el más guapo de todos los jóvenes de mi edad, tenía el pelo rubio y preciosos ojos verde esmeralda, mi piel era blanca como la espuma de mar y una linda cola celeste con escamas delicadas y finas. La verdad yo no pensaba mucho en mi físico, me consideraba del montón, mis padres sí que los recordaba bastante guapos aunque ya no vivían, para mi fueron las mejores sirenas que conocí nunca, aunque prefiero no recordar eso ahora.

Me lleve el espejo en mi bolsa y seguí buscando por la bodega por si encontraba algo de utilidad. Me sorprendió mucho ver botellas casi nuevas y cogí tres de ellas, eran preciosas de unos colores rosas y morados, seguro que quedaría genial meter un poco de arena en ellos. Aunque estaban llenos de un líquido dorado y con un tapón pero ni idea de lo que podría ser ese líquido.

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