Prologo

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PRÓLOGO

Antes del silencio

Hubo un tiempo en que el mundo sabía sentir.

Entonces, una lágrima podía contener el peso de una despedida.

Una sonrisa era capaz de salvar una vida.

El amor hacía que los hombres desafiaran a la muerte, y el odio era suficiente para convertirlos en monstruos.

La felicidad era breve.

La tristeza, inevitable.

Y, aun así, los humanos habían aprendido a vivir con ambas.

Hasta aquella noche.

Nadie recuerda con certeza cuándo comenzó.

Algunos dijeron que el cielo se oscureció.

Otros juraron haber escuchado voces donde no había nadie.

Pero todos coincidieron en algo.

Primero desapareció el miedo.

Una mujer permaneció inmóvil frente al cuerpo de su hijo.

El niño yacía sobre el suelo, cubierto por una sábana blanca.

A su alrededor, las personas hablaban en voz baja.

Esperaban que ella gritara.

Que cayera de rodillas.

Que llorara.

Pero la mujer no hizo nada.

Miró el pequeño cuerpo durante varios minutos.

Después preguntó:

—¿Qué ocurrió?

Nadie supo qué responder.

No porque ignoraran la respuesta.

Sino porque algo en aquella pregunta era insoportable.

Ella lo sabía.

Sabía que su hijo estaba muerto.

Sabía que nunca volvería a escuchar su voz.

Sin embargo, no sentía nada.

Absolutamente nada.

La primera lágrima no cayó.

Y después comenzaron a desaparecer las demás.

En algún lugar, un hombre contempló a la mujer a la que había amado durante toda su vida.

Esperó sentir dolor al verla marcharse.

No ocurrió.

Una joven recibió la noticia de la muerte de su padre y continuó caminando.

Dos hermanos dejaron de hablarse.

No por odio.

El odio también había desaparecido.

Simplemente dejaron de importarse.

El mundo siguió girando.

Y nadie comprendió que algo había muerto con ellos.




⸻








Muy lejos de allí, donde ninguna luz se atrevía a permanecer, alguien observaba.

La joven vestía de negro.

Su belleza habría resultado inquietante incluso para los ojos de un ángel.

Pero nadie la vio.

Nadie podía verla.

La Muerte permanecía inmóvil.

Por primera vez en su existencia, no sabía qué hacer.

A su alrededor, las Sombras susurraban.

—Está hecho.

Ella no respondió.

Observó el mundo.

Miles de personas.

Millones.

Respirando.

Caminando.

Hablando.

Viviendo.

Y, sin embargo, algo esencial había desaparecido.

La Muerte bajó la mirada hacia sus manos.

—¿Qué les han hecho?

Las Sombras guardaron silencio.

—¿Qué les han quitado?

Esta vez, una voz respondió desde la oscuridad.

—Aquello que los hacía vulnerables.

La joven levantó lentamente el rostro.

—Sus sentimientos.

—Una debilidad.

La palabra permaneció suspendida entre ellas.

La Muerte observó nuevamente el mundo.

Una madre que ya no lloraba.

Un hombre incapaz de extrañar.

Un niño que sonreía sin alegría.

—No —susurró.

Las Sombras se estremecieron.

—¿No?

Por primera vez, la Muerte sintió algo parecido al miedo.

No por los humanos.

Sino por aquello que acababa de comprender.

—Los sentimientos no son una debilidad.

El silencio que siguió pareció extenderse hasta los confines del mundo.

Las Sombras no respondieron.

Y la Muerte comprendió que había dicho algo que nunca debió decir.














⸻





Pasaron los años.

Después, las décadas.

El mundo aprendió a existir sin amor.

Sin tristeza.

Sin felicidad.

Sin odio.

Los seres humanos olvidaron que alguna vez habían sido diferentes.

Olvidaron las lágrimas.

Olvidaron las risas sinceras.

Olvidaron incluso aquello que habían perdido.

Pero las Sombras no.

Ellas nunca olvidaban.

Y, mucho tiempo después, cuando cuatro corazones comenzaron a sentir aquello que el resto del mundo había dejado atrás, una voz volvió a surgir desde la oscuridad.

—Han aparecido.

La Muerte abrió los ojos.

El silencio regresó.

—Los cuatro.

Por primera vez en siglos, algo se quebró dentro de ella.

Porque sabía lo que aquello significaba.

El equilibrio estaba a punto de romperse.

Y, esta vez...

las Sombras no estaban dispuestas a perder.

Los Elegidos de la MuerteHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora