Capítulo 1.

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¿Cómo acostumbrarme a su ausencia?
No hay magia, ni olvido, ni fingimientos que valgan. La pregunta se repetía en mi cabeza como un zumbido constante, de esos que no te dejan dormir. Mortificándome, comiéndome vivo.

Tal vez nunca lo haría.

Está en un lugar mejor, solían decirme sus condolencias aquellos hipócritas que nunca movieron un dedo por ella y se limitaron a verla sepultada bajo tierra.

Pero, ¿qué sabían ellos? ¿Qué sabían ellos cuando mi madre luchaba todos los días para quedarse en este lugar y no en uno mejor? Cuando la oía rezar, suplicar, porque deseaba con todas sus fuerzas vencer esa enfermedad que iba acabándola poco a poco. Cuando, a pesar de todo el sufrimiento, me aseguraba sonriente que nunca me abandonaría, que no debía preocuparme más de la cuenta.

Porque yo era su todo, así como ella era el mío.

Sí, tal vez nunca lo haría. Nunca me acostumbraría. Y, aún así, me levantaba cada día con las pocas fuerzas que me quedaban. Porque había hecho una promesa. Comenzaría de cero, intentaría vivir en paz, de superar la mierda que pasé los últimos meses. Al menos un intento. Se lo debía a ella.

―Ya me voy, Kuchel...

Abandoné el pequeño cuartucho vacío en el que habíamos vivido durante años. Y no volví a mirar atrás.

. . .

Con cada leve exhalación, notaba cómo una nube de vaho flotaba frente a mi nariz y desaparecía tan rápido como había llegado. Caminé con cuidado, midiendo cada paso para evitar pisar la nieve; lo último que necesitaba era entrar a mi primer día con el calzado empapado.

Cada tanto, espiaba la pantalla de mi celular, asegurándome de estar transitando en la dirección correcta.

No es que desconociera el camino, sin embargo, la densa niebla que cubría el ambiente me era un gran impedimento a la hora de guiarme. Después de todo, era nuevo en Transilvania. Pronto se cumpliría un mes desde mi mudanza y, con suerte, había logrado apañármelas tras haber confundido mi casa con la de otra persona más veces de las que me gustaría admitir.

Pronto llegué a mi destino. La preparatoria Rose tenía una fachada al estilo gótico, con las puertas y ventanas en forma de arco, y una alta torre con un reloj que ni debía funcionar. A un costado de la entrada, se divisaba un gran escudo con el nombre del establecimiento, espadas atravesadas en él y una enredadera de rosas intercalándose entre estas.

Ingresé con una vaga determinación.

Por dentro, era mucho más moderno de lo que aparentaba ser por fuera. Lo mantenían bien, todo estaba limpio y en orden, no pude evitar pensar. ¿El inconveniente? Todos y cada uno de los pasillos eran exactamente iguales. Contuve un insulto. Mi enemigo en esta ciudad me perseguía a donde sea que me dirigiera.

Como si fuese poco, fui acechado sin ninguna clase de decoro por un grupo de mujeres que no hicieron más que cuchichear. Las ignoré, reacio a pedirles ayuda. Di un par de vueltas innecesarias, buscando la oficina del director y, como era de esperar, terminé desorientado en cuestión de minutos.

―¿Te has perdido? ―oí una voz a mis espaldas.

Al voltear, me topé con una mujer de cabello castaño algo grasoso, lentes gigantescos y... una bata de laboratorio que parecía no haber visto un lavarropas en semanas. Tenía cara de loca, para variar.

―Busco la oficina del director ―contesté a secas.

―¡Puedo llevarte! Claro, sólo si quieres ―se ofreció, entusiasmada.

Mi vampira. (RivaMika)Stories to obsess over. Discover now