Febrero 19 / 2018.
Lunes.
Entro al salón de clases, no muy contenta, lo único que me gusta es poder ver a mis mejores amigos, Natan y Esther. Ambos me han ayudado y han sido las únicas personas capaces y con la voluntad de soportarme. Este año tenemos una jornada más larga, es un horario algo pesado y tal vez más para mi, por mi condición, aun así debo afrontar cualquier cosa, además podré estar lejos de mi casa, no tendré que soportar los típicos golpes y el típico padre borracho del que tengo malos recuerdos desde niña.
Este año no me preocuparé por esas mierdas del amor, al fin y al cabo nadie se fijaría en una psicópata como yo, no soy pesimista, solo realista, tengo a mis amigos, no puedo pedir más, no me merezco más, ni siquiera a ellos, soy muy afortunada.
Lo primero que tengo en mi vista es a Esther que corre hacia mi y me regala uno de esos hermoso abrazos que solo ella sabe dar, esos que me han armado tantas veces como he estado rota, el maestro cierra la puerta para no dejar entrar a nadie más, como siempre Natan llega tarde, veo que se queda esperando y mirando a través del vidrio de la puerta. El maestro termina de llamar al listado, Natan es el único que llega tarde el primer día de clase, el maestro le da una advertencia y finalmente lo deja entrar, solo hay un asiento libre al otro lado del aula y allí se sienta el, veo que me guiña el ojo desde lejos y debo aguantar hasta el cambio de clase para ir a abrazarlo seguido de un saludo.
Acabando de salir de filosofía, me encuentro con Natan y cumplo lo pensado, le doy un abrazo inmenso, soy tan bajita que debo empinarme un poco, siempre ha sido uno de mis mayores complejos, junto con muchos más, estoy demasiado lejos de ser perfecta y creo que mis problemas mentales no ayudan en nada al respecto.
Entramos a álgebra, y por ausencia del maestro resultamos hablando entre los tres, Esther, Natan y yo, sobre nuestras vacaciones, Esther se fue a México con su familia y Natan solo salió a un pueblo en las afueras de la ciudad, donde viven sus abuelos, y yo simplemente no salí de Bogotá, asistiendo a mis terapias, que la verdad me fastidian, de nada sirven, no mejoro con ninguna sesión, sigo de igual de enferma.
Salimos al receso y lo primero que veo al cruzar la puerta es al maldito cretino de siempre, Es León, lastimosamente he tenido que convivir con el durante 5 años. Veo como se acerca hacia nosotros con su pandilla de imbéciles.
- Oh! vean, ahí está la demente - le dice a sus amigos y sé que se refiere a mi.
- Ya déjala, León - Dice Esther dando un paso al frente, mientras Natan me rodea con sus brazos.
- Eso es lo que es, una demente ¿Que no la has visto cuando enloquece?
- Ya, cállate o te partiré la cara - Dice Esther alzando un poco la voz.
- Já! me gustaría ver eso.
- Si sigues haciendo comentarios que ni al caso, lo vas a poder apreciar en primera fila.
- Vale, vale, ya cálmate, nena - León va bajando un poco al tono - De igual manera, ella no se merece más que esto - Dice seguido de escupir al suelo, casi a mis zapatos.
Por fin se va y siento como se revuelve mi estómago, sino fuera por Esther habría entrado en una crisis, pude haberle partido la cara a León o haber roto en llanto, afortunadamente los insultos no duraron mucho, duró menos que la mayoría de las veces.
Luego de tener que presenciar las estupideces de tal engendro, vamos a la cafetería para comer algo, sin mis amigos yo me moriría de hambre, no disfruto mucho de la comida. Vamos pasando con la bandeja eligiendo nuestra comida, finalmente elijo un poco de ensalada y algo de puré de papa, resulta que soy vegetariana desde hace un año, fue cuando caí en cuenta la injusticia que tienen que sufrir los animales que vulgarmente llaman ganado, no quiero hacer parte de tal tortura. Nos sentamos en la mesa del fondo, allí llega la cocinera y empieza a hablar conmigo.
- Hola! ¿Cómo te encuentras Maia? - Dice mostrándome su sonrisa.
- Muy bien, señora, voy mejorando.
- Me alegra pequeña - Dice y se escucha su nombre - Bueno, debo irme, cuídate, adiós.
Es la cocinera de la escuela y también amiga de mi madre, por alguna razón me ha cogido cariño y yo a ella, sabe lo de mi situación, y la verdad no me molesta, no es una persona de juzgar.
Terminamos de comer y entramos de nuevo a clase, esta vez de inglés, al menos logro destacar en esta materia, porque a mi paso no serviré sino para trabajar de traductora y estoy exagerando, podría estresarme y perder el control y nadie quiere eso.
Acabamos la última clase del día y Esther me da un abrazo casi tan inmenso como el de saludo.
- Te extrañé mucho, Maia.
- Yo a ti, Esther, te eché mucho de menos - Digo y me suelta, ahora es Natan quien me abraza y me da un beso en la mejilla de despedida.
Voy caminando hacia mi casa que queda nada más a unas cinco calles de la escuela, voy por el camino largo, es más tranquilo y no tengo nada de ánimos en llegar a mi casa, sé muy bien con lo que me encontraré. Me coloco mis auriculares y escucho la potente voz de Hayley Williams en "All I Wanted".
Luego de caminar y escuchar a Paramore durante un rato llego a la puerta de mi casa y me quito los auriculares, apunto de introducir la llave en la cerradura, alcanzo a escuchar unos gritos, mi madre suplicándole a mi padre que no la golpee de nuevo, estoy cansada de todo esto, decido no entrar hasta que ceden los gritos. Entro luego de unos 15 minutos y se siente un silencio incómodo y la tensión en el aire, me dirijo a mi cuarto de inmediato sin cruzar palabra ni miradas con nadie, me recuesto en mi cama y rompo en llanto, estoy cansada de esto.
Luego de llorar y lamentarme por el asco de vida que tengo durante más o menos 30 minutos, me levanto y voy hacia el baño de mi cuarto, agarro la pequeña cuchilla de siempre, y la paso una y otra vez por mis piernas de manera horizontal, aun llorando veo como se derraman las gotas de sangre en la baldosa blanca de mármol, creo que se ha vuelto una especie de placer, el hecho de sentir las gotas de sangre deslizarse por mi piel y acabar su camino al tocar el suelo, lo sé, es dañino, los demás dirían que enfermo, pero ya estoy tan acostumbrada a esta rutina, no es diario, lo admito, pero si bastante seguido, normalmente es cuando debo presenciar o escuchar las súplicas de una estupenda mujer como mi madre a un estúpido borracho como lo es la persona a la que llamo padre.
A veces me gustaría ser una persona normal, poder ser aceptada, no depender de terapias o de un buen trato para mantener el control de mis propias acciones, no involucrar a mis amigos y familia en mis problemas y mi mente de mierda. Me gustaría algún día encontrar a alguien quien me ame como soy y que no tenga ningún problema en tomar el control cuando yo no lo tengo o en aceptar mis cicatrices, pero a quien engaño, estoy destinada a tener todo lo contrario a lo que quiero, y estar siempre sola con mis traumas.
*
-M-
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MAIA
Teen FictionTodos vemos a las personas con trastornos mentales como "dementes", pero en esta ocasión una "demente" nos va a contar todo desde su verdadera e inocente perspectiva.
