Todos los días, a cada hora, minuto y segundo pienso en Alaia. Y si durante el día no aparece su recuerdo ― Su largo cabello castaño fino, muy fino, su grato aroma a limón, sus dientes ambarinos, la inmensa cantidad de pecas es su rostro, sus grandes ojos negros ― siempre regresa en la noche, en sueños. Los sueños de Alaia son todos diferentes, pero nunca falta la lluvia ni faltamos mi hermano y yo, los dos parados frente la casa abandonada, con nuestros pilotos amarillos, mirando a los policías en el jardín que hablaban en voz baja con nuestros padres.
Nos hicimos amigos porque ella era una princesa de suburbio, mimada de su enorme Chalet inglés insertado en nuestro barrio gris de Belgrano, tan diverso que parecía un Castillo, sus habitantes los señores y nosotros los siervos en nuestras casas cuadradas de cemento con jardines raquíticos. Nos hicimos amigos porque ella tenia los mejores juguetes importados. Y porque organizaba las mejores fiestas de cumpleaños cada 2 de Enero, poco antes de reyes y poco después de año nuevo, al lado de la pileta, con el agua que, bajo el sol de la siesta, parecía plateada, hecha de papel de regalo. Y porque tenia un proyector y usaba las paredes del living para ver películas mientras el resto del barrio penaba con televisores en blanco y negro.

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⏰ Last updated: Mar 16, 2018 ⏰

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