El calor era sofocante, el fuego devoraba todo a mi alrededor, la madera del suelo, los recatados muebles, las cortinas vaporosas, todo estába en llamas, incluso yo. Mi cuerpo se sacudía aferrándose a la vida pero era demasiado tarde las garras de la muerte se acercaban y yo no podía hacer nada. La muerte me abrazó llevándome al trono mundo que no era oscuro y tenebroso como era mi pensar, sino que veía todo aquel mundo que acababa de dejar atrás, todo el edificio del que aún no había conseguido escapar.
Todo mi ser deseaba cerrar los ojos y desaparecer, dejar de ver aquel fuego salvaje qué tan alegremente me había arrebatado lo que más apreciaba.
Cuantos más pensamientos se agolpaban en mi cabeza más potentes eran los gritos de auxilio y pavor, más abrumador era el olor a carne quemada y muerte. Inconscientemente comenze a correr buscando una salida de aquel horrible ataúd de fuego, tras pasar pasillos y salas repletas de cadáveres calcinados, llegue allí a mi escapatoria hacia la paz, un gran ventanal con el cristal cuarteado.
Sin dudarlo, salto, precipitándome hacia suelo, tres pisos más abajo. La caída es lenta, el aire acaricia mi rostro, mis ojos observan todo a mi alrededor, los cristales bailando junto a mi, la gran mansión cuyo ventanal acabo de atravesar, las multitud que observa la recién ocurrida desgracia, el suelo en el último instante antes de golpearme contra el.
El dolor en mi cuerpo se hace notable y un grito ahogado sale de mis pulmones, pero nadie parece oírlo, todos siguen observando el gran incendio antes sus ojos, mis vista pasa de persona en persona buscando alguna cara conocida y tras mucho buscar allí la veo, una preciosa niña de ojos azules y corta melena blanquecina, que llora desconsolada observando su casa destruida.
Mi corazón se acelera y haciendo caso omiso del dolor me pongo en pie, me acerco a ella y rozo su húmedo pómulo con mi mano. Las lágrimas comienzan a brotar de mis ojos, las rodillas me fallan y caigo al suelo.
-Mi más precioso tesoro- digo con un hilo de voz, a la par que mi vista queda nublada por las numerosas lágrimas que se acumulan en mis ojos.
Los ojos de la pequeña de clavan en mi sin que yo me percate de ello, sus lágrimas se detienen y en sus labios se forma una dulce palabra
-¿Mamá?- dice la niña en un susurro, con su mirada fija en la mía.
Aquella palabra me hace levantar la vista, mirar sus ojos que me observan anonadados, mirar la pequeña sonrisa que se forma en sus labios, ver cómo una de sus manos trata de aferrarse a la mía, pero le es imposible. Sus lágrimas vuelven a formarse y a caer, esta vez con más intensidad.
-Mama- dice esta vez como un grito ahogado de dolor, al escucharla mi alma se rompe en pedazos y observó cómo mi ser comienza a desaparecer.
-Siempre seré tu ángel guardián- consigo decir con un hilo de voz antes de irme de su vista para siempre.
CITEȘTI
Ángel guardián
Proză scurtăEstoy perdida, viendo arder mi vida, notando como mi felicidad se convierte en cenizas. Las cosas pueden llegar a ser muy difíciles, puedes pensar que no puedes seguir, pero en algunos momentos hay algún ser protegiendote.
