Todos creemos en lo que vemos, por una naturaleza de desconfianza hacia lo que no se conoce. Pero algunos simplemente creen en lo que les emociona, en lo nunca antes visto.
Yo nunca había creído en las cosas que leía de los libros o novelas, porque me parecía imposible que estas sucedieran de verdad. Aunque sí me emocionaban las aventuras, los cuentos de policías, ladrones, y el amor en medio de eso. Amores fugaces que terminaban gracias a las balas perforando corazones. Jamás me hubiera pensado en la posibilidad de creer en esas cosas, pero me tuve que obligar a hacerlo en cuanto mi vida llegó a un punto crucial, dónde todas las mentiras salieron escupidas como mismísimas balas que venían directo a mí.
Y cuando me di cuenta, mi vida se había convertido en un acertijo que no quería resolver, porque cada vez que una pista llegaba a mis manos; algo malo pasaba. Y eso es lo que nunca me mencionaron en los libros, ni nadie nunca; ni siquiera él.
Porque él también era un acertijo, uno que me costo horrores resolver.
Pero al final lo logré.
...Y no me salió muy bien.
