Capítulo uno

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Cuando abrí los ojos aún no había amanecido, varias gotas de sudor frío caían por mi frente y las sábanas estaban revueltas en una esquina de la cama en la que yo me encontraba boca arriba.

Tuve que incorporarme para recuperar el ritmo normal de la respiración, que aún estaba acelerado por la pesadilla que acababa de tener, no era nada nuevo, siempre se repetían las mismas imágenes, una detrás de otra como si de fotos en un proyector se tratase, no lograba encontrarles conexión.

Alargué la mano a la mesita de noche que tenía a mi derecha y cogí el móvil, las cinco y dos minutos de la mañana, la alarma programada para las ocho ya no haría falta, así que la desactive y me levante ágil. Aunque fuera pronto para mi el día ya había comenzado.

Pese a ser septiembre en Merland hacía suficiente calor como para que la playa estuviera abarrotada de gente jugando y tomando el sol, por lo que pese a no haber amanecido aún, no era raro que me enfundara uno de mis bañadores, el negro de corte básico, cogiera la toalla que colgaba del perchero detrás de la puerta, y bajara las escaleras de dos en dos rumbo a la piscina que se encontraba en el jardín trasero de la casa.

No pasaron ni diez segundos desde que salí de la entrada cuando ya estaba completamente sumergida, solté todo el aire hasta notar una presión en el pecho y cuando no podía más salí, dando una gran bocanada de aire; esa era una de las pocas formas en las que podía desahogarme, era un grito en silencio.

Solía nadar a diario, hace dos años el doctor Disten, mi psicólogo, después de numerosas sesiones en las que no nos comunicábamos del todo bien y donde mi carácter se veía reflejado en rabia y frustración, me recomendó un deporte como método de escape, probé algunos, corría alrededor del barrio, pero me cansaba demasiado rápido, probé la bicicleta y los patines, pero el estrés y la rabia seguía ahí, hasta que un día comencé a nadar.

Ni siquiera estaba buscándolo, era una madrugada de verano y ya había dado demasiadas vueltas en la cama, como era habitual tenía energía contenida y necesitaba soltarla, así que casi inconscientemente acabé en el borde de la piscina, el agua de color oscuro ondeaba por la suave brisa y segundos después salté y me hundí hasta que mis piernas tocaron el fondo, fui de un lado a otro, en todos los estilos de natación que conocía, pasaron horas, y seguía nadando, me esforcé tanto que acabé saliendo tan rápido como pude de la piscina y vomitando en la cocina, donde Gray estaba de vuelta de una de sus numerosas fiestas. Ninguno de los dos dijo nada porque ambos sabíamos que lo había encontrado.

Siempre que nadaba mis brazos acababan doloridos e incluso con leves calambres. Si el doctor Disten supiera esto seguramente me lo habría prohibido desde el principio, pero no podía permitirlo, era la única forma en la que no pensaba, ya no dolía. Esa presión en el pecho que sentía a cada minuto del día desde hace dos años, durante estos momentos, ya no estaba. El dolor de los brazos sanaba temporalmente mi mente y eso era paz.

-Becca, para. - escuche lejano, debido a que mi cabeza estaba sumergida en el agua intentando girar en uno de los extremos de la piscina. Salí y pude ver la sombra a contraluz de una mujer, tenía los brazos cruzados y un vestido que le ondeaba en las piernas.

- Que quieres mamá- dije mientras me rascaba los ojos para poder ver bien.

- Dos horas.- pausa - dos horas desde que te he escuchado bajar ¿crees que no me iba a dar cuenta? - se giró para recoger la toalla que estaba en el suelo y ofrecérmela.

- No te metas en mis cosas.

- Sal ahora mismo, voy a preparar el desayuno. Gray estará contento de ver que hoy nos acompañas. - mi madre, que odia discutir, dejo la toalla en el mismo sitio donde estaba y a paso tranquilo entró por la puerta que daba a la cocina.

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⏰ Última actualización: Mar 06, 2018 ⏰

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AL PONERTE EN MI CAMINOHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora