Prólogo

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Para aquellas niñas que se pregunten qué es un fuckboy aquí les va una analogía. Los fuckboys son como los colibríes. Van de flor en flor, y una vez que tienen de esa flor lo que desean, revolotean sin pensar sobre la siguiente. Lo peor es que hipnotizan tanto como las susodichas aves; te atraen, y no dudas en seguirlos con la mirada aún si están sobre otra flor. Quieres que se acerquen a ti y que revoloteen sobre ti también.

Mi primer beso fue con un fuckboy, aunque en ese momento quise hacerme la ciega.

Él tenía una novia con la que llevaba dos años, y yo lo sabía, pero estaba tan hipnotizada por la atención que me daba (el primer chico que me prestaba atención) que no me importó. Aparte, siguiendo el mal consejo de mis amigas "si a él no le importa, ¿por qué a ti sí?". 

Antes de que me juzguen, diré que una persona no es sus decisiones ni sus acciones. Una persona es el conjunto de eventos en serie que ha sufrido a lo largo de toda su vida, y los principios que ha construido en consecuencia. 

Shakespeare dijo en una de sus obras "la culpa, querido Brutus, no es de nuestras estrellas, sino de nosotros mismos, que consentimos en ser inferiores". Shakespeare habla de que todo aquello que nos sucede no es culpa de la fuerza del destino, sino de una fuerza menor, que son nuestras decisiones. John Green lo contradijo con su obra "La culpa en nuestras estrellas", que para quienes conocen la obra, es una referencia al cáncer como culpa del destino: nadie decide tener cáncer.

Yo quiero recalcar que estoy de acuerdo con ambos autores. La culpa está en nosotros y en nuestras estrellas. No hemos elegido nacer donde nacimos, ni hablar el idioma que hablamos, ni siquiera hemos elegido nuestro propio nombre, o las decisiones que son tomadas a nuestro margen pero que nos afectan. Sin embargo, cada "sí" o "no" que damos afecta nuestro futuro, cada pequeña decisión que hacemos durante un día afectará nuestro mañana, y así vamos construyendo nuestro camino. Yo ese día di un "sí" mudo, cuando me abrazó y yo me sentí el universo.

Quizá si contextualizo un poco, entenderán un poco más mi situación.

Me llamo Adriana, y nací y crecí en una pequeña ciudad hacia el oeste de México, donde casi todo el mundo se conoce.

Durante mi educación primaria y secundaria en un colegio privado, estuve rodeada de la misma treintena de compañeros de mi generación que conocía desde los seis hasta los quince años, eran como hermanos, o primos para mí. A los niños, yo los veía como los mismos chiquillos mensos que crecieron conmigo, y ellos me veían de la misma manera.

A los doce años, mis padres se divorciaron. Fue una etapa muy dura, ya que tenía una hermana de seis años a la que quise proteger de la tormenta que eran mis padres. Actué para ella como un escudo, y como un medio de comunicación entre mis padres. Por si fuera poco, el peso de la adolescencia caía sobre mí y caí en una depresión que me duró hasta los quince o dieciséis años. Sufría de acné y muy mala autoestima. Era la niña emo rara que veía anime, junto con otras tres amigas, a diferencia que ellas no padecían depresión. Me refugié en los libros y en el anime, así que mi reputación en la escuela no era precisamente de niña popular, pero a mí me gustaba ir; me agobiaba enormemente estar en mi casa, donde tenía que soportar el enorme vacío que había dejado mi papá cuando se fue.

Mientras todos mis compañeros y amigos, desde los doce hasta los quince, estaban saliendo, conociendo gente, dando su primer beso y haciendo esas cosas primerizas que hacen los adolescentes, yo estaba muy ocupada madurando, aprendiendo a aislarme de las palabras hirientes de los adultos, protegiendo a mi hermana y a mí misma, llorando por las noches porque no aceptaba mi aspecto físico, leyendo durante el día porque dentro de los libros era el único lugar en el que quería estar.

Si me enamoraba, era de los personajes masculinos de mis novelas. Creé dentro de mi cabeza un ideal de romanticismo muy improbable de lograr en la vida real, quizá por eso también era muy difícil que me gustara un niño.

A los quince, cuando entré a la preparatoria, quise convertir la horrible oruga que me sentía en una mariposa, así que comencé mi proceso. Intenté muchas cosas nuevas. Comencé a leer artículos de cómo socializar más, o cosas por el estilo. Cambié mi guardarropa poco a poco. Entré a tratamientos para quitarme el acné, aunque aún tenía mala autoestima gracias a éste. Comencé a hacer deporte y a poner más atención a las conversaciones que escuchaba, para saber cómo relacionarme de manera más fluida con las personas. Comencé a derribar barreras que tenía, como la falta de confianza. Me permití abrirme poco a poco, y esto lo logré porque inicié una novela. Escribía por las noches, a escondidas, era mi momento favorito del día. Durante la luz del sol, leía los comentarios que me animaban a seguir escribiendo y esto era batería suficiente para tener un buen humor por el resto de la tarde. Estaba desarrollando personajes que tenían mucho de mí y esto me permitió expresarme, desquitarme y darme cuenta de cosas sobre mí misma. 

Una de esas cosas era que ya no era más una oruga, la mariposa estaba saliendo. 

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⏰ Last updated: Oct 25, 2017 ⏰

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