-¡Mamá...!- la llamó la voz de un niño entre llantos, de rodillas en el suelo y con los puños cubriendo sus ojos. ¿Queréis saber por qué esta personita estaba así?
De ser así, deberíamos retroceder unas cuantas horas del mismo día...
Era domingo por la mañana, a eso de las diez y media, y tanto un niño pequeño como sus padres se estaban arreglando. ¿Para qué? Para ir al campo a ver a sus abuelos por su cumpleaños.
El protagonista de nuestra historia (que en este momento poseé la corta edad de cinco años), era el primero en estar alistado, sentado en los hombros de su padre a la espera de que su madre terminase para ir al coche y comenzar el viaje, dejando a su hermano, siete años mayor a él, en casa de un compañero de clase para preparar un importante examen.
Lo que más le gustaba al pequeño de la casa de sus abuelos, era que al vivir en el campo, ellos tenían una granja conectada a su casa por una puerta del salón, y por ello tenían muchos animales que hacían del pequeño un manojo de nervios y alegría, además de volverse loco de emoción pese a ir todos los fines de semanas posibles.
Por la parte contraria, él junto a su hermano mayor y sus padres vivían en Midorijima, un pueblecito bastante acogedor y muy transitable, en el cuál había veces en las que se podía apreciar visitantes de fuera (tanto turistas como gente de la ciudad que aprovechaban el paso para hospedarse por unos días y así desconectar de sus trabajos, aunque allí hubiese acceso a Internet).
Del pueblecito donde era su hogar hasta el campo de sus abuelos había como mínimo casi una hora de camino en coche, pero no les cansaba en absoluto, pues esos momentos en los que podían ir, para ellos era un verdadero privilegio por las emociones de sus hijos (en especial del pequeño) y por las vistas de campos de flores y pequeños animales salvajes.
Cuando llegaron a dicho lugar, tras su madre desabrochar su cinturón y bajarle de su silla, fue el primero en salir corriendo hasta la puerta principal de la casa, donde sus abuelos le esperaban con gran conmoción, pues no podían ver a su familia hasta los fines de semana (si sus padres no tenían planes o trabajo por hacer).
Después de que comiesen allí en el prado que tenían por jardín, los mayores estaban aún en las sillas bebiendo un poco mientras charlaban alegremente. El pequeño se encontraba jugando con un balón no muy alejado de sus padres y abuelos, pero algo que pasó cercano a su cuerpecito captó toda su atención. -¡Waah... qué mono!- era un conejo de estatura pequeña, pelaje grisáceo y con los ojos chocolate. El chico dejó acto seguido el balón y se alejó corriendo detrás del pequeño animal para alcanzarlo y poder acariciarlo, tardando en darse cuenta de que se había alejado de sus padres al llegar a una de las entradas que había de un bosque frente a sus ojos.
No era la primera vez que lo veía y observaba, puesto que en coche debían rodear parte del mismo para llegar a la casa de sus abuelos, pero sí la primera vez que estaba delante de ese lugar, sólo, puesto que sus padres nunca le dejaban acercarse hasta donde ahora mismo se hallaba. -Mgh...- la entrada se veía muy oscura y aterradora, y ruidos extraños salían de allí. Quería volver, pero algo le detenía. -N-No entres ahí... es peligroso... Vamos, ven conmigo...- estaba empeñado en querer acariciar a aquel ser vivo, y no quería que se le escapase, pero éste solo movió su diminuta nariz y se adentró en lo más oscuro del lugar, pareciendo esto (a lo ojos del pequeño) como una invitación para que entrase también.
-¡Eh, esperame!- gritó, armándose de valor y siguiéndolo hasta adentrarse en lo más profundo del bosque.
El animal desapareció entre los matorrales, huyendo de aquel pequeño humano que no dejaba de seguirlo. Al ser por la tarde, el bosque comenzaba a oscurecer, y por ende limitaba la vista del muchacho; pero había algo entre la espesura que sí podía verle perfectamente, aún en la poca luz que quedaba.
-¿C-Conejito?- preguntó con una inocente y asustada voz, juntando sus pies y enlazando ambas manos en su pecho, mirando por todas partes, incluso hacia arriba aunque no pudiese encontrar nada ahí, salvo a los pájaros volar y las ardillas pasar de rama en rama. Pero la oscuridad, fría e imponente se había adueñado de toda la extensión del lugar. Empezaba a asustarse, al chico no le gustaba la oscuridad y mucho menos estar sólo en ella, y el sonido de las hojas y ramas de árboles movidos por el viento, o el mimo sonido del vuelo de las aves de repente a través de las mismas no ayudaba al pequeño a tranquilizarse. Ahora entendía por qué nunca le dejaban estar cerca de la entrada siquiera. Sus ojillos brillaban con tinte temeroso, era demasiado pequeño para estar solito ahí en mitad de la nada en esos momentos del día... o de la noche, gracias (o por culpa) de las copas de los árboles no le dejaba ver cómo estaba el cielo y a sí poder más o menos tener en cuenta el tiempo... aunque de todos modos, pese a que pudiese, no lo sabría de igual forma.
-¿M-Mamá...?- preguntó mirando a un punto fijo al oír algo tras unos arbustos con la esperanza de que fuese ella, pero no hubo respuesta aparte de un sonoro ruido que le hizo saltar del susto y correr hasta quién sabe dónde. Pero en un momento tropezó con una rama, cayendo al suelo de bruces junto a un corto grito en el tiempo que tardó su cuerpecito en hacer toma de contacto contra el suelo frío y húmedo lleno de vegetación. Se había raspado una de sus rodillas, el pantalón por dicha zona se gastó rápidamente, cobrando sin ninguna pausa un trozo rojizo a través de la tela. -¡Mamá...!-
Y bueno, aquí volvemos a estar, justo al principio donde su historia empezaría de verdad.
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The Woods
FanfictionA medida que vamos creciendo, perdemos la capacidad de creer en las cosas mágicas... pero, ¿y si descubrieses que realmente existe la magia y todo lo que puede conllevar?. Aoba Seragaki, un chico como cualquier otro con una vida llena de obstáculos;...
