Alan abrió su puerta y dio un paso afuera, no había nadie. El cielo brillaba de un celeste lisísimo, las nubes parecían algodones limpios pegados. Levantó su hombro derecho ligeramente poniendo fin a su curiosidad, retrocedió unos pasos y se oyó el golpe del cierre de puerta hasta el departamento superior, donde la señora Blanca preparaba el desayuno mientras cotorreaba con su hija Susana. En realidad ella hablaba, Susana solo pretendía escuchar.
No entiendo por qué siempre tiene que tirar la puerta ese muchacho Susanita. ¿Quieres que le ponga sal, o tu le pones?
Yo le pongo mamá, gracias. Fue lo único que Susana realmente escuchó.
Bien, como te decía, me encontré con tu profesor en la tienda y lo invité a la casa a cenar esta noche. ¿Qué te parece? Aún debo llamar a confirmar.
Si, no hay problema. Susanita apenas distinguía las palabras de su madre mientras se preguntaba por qué es que no había visto a Alan salir de su departamento desde hacía varios años. Ella lo conocía prácticamente desde que nació, sus madres fueron amigas, comadres, habían estudiado juntas en el colegio y se casaron con dos compañeros de la Fuerza Aérea.
¿Mamá?
¿Hm? Dime.
No, no nada.
No dime, ¿que pasa? ¡Hay mira la hora! ¡Susanita, come rápido, tenemos que salir! ¡Ya estamos tarde!
Ya ya, está bien, está bien. ¿Qué le podría preguntar? ¿Si le preocupaba Alan? ¿Si ella aún hablaba con él de vez en cuando? ¿Por qué no la había llevado a visitarlo desde poco después del velorio? ¿Cómo le podría sacar algo de información sin romper su dulce corazoncito de madre viuda de 45 años?
Susanita terminó su desayuno y fue al baño a lavarse los dientes, decidió no pensar tanto en eso por ahora. No, se decía, mucho peso para una adolecente de 16 años, él ya es un adulto, puede cuidarse solo, lo saludaré si me lo cruzo saliendo del edificio. Tenía razón, pero no se sentía segura.
¡Hay pero como se demora este taxi! Dice cinco minutos desde hace ocho minutos. Decía la señora Blanca mientras zapateaba, no puede ser que se demore tanto, estas aplicaciones más es lo que te demoran que lo que te ayudan.
Seguro se ha trabado porque ya no estás conectada a internet. ¿Cuál es el número de placa? Preguntó Susana mientras observaba la ventana de la habitación de Alan. Por las noches es la única de su departamento que emite luz, debe pasar mucho tiempo ahí.
Hay hijita, hubieras pedido tú el taxi, tú sabes más de estas cosas.
Yo lo hubiera hecho si me lo pedías. Respondió Susana de mala gana mientras enfocaba su atención en esa ventana, esperando verlo, tal vez llamar su atención, raspar superficialmente el hielo que se había formado entre los dos desde hacía apenas unos años.
ACL-15... ¡Ahí está! ¡Vamos, ya estamos tarde! Dijo la señora Blanca mientras jalaba a Susanita del brazo. Sube, sube rápido que ya estamos muy tarde.
Nuevamente Susana no pudo cruzar la mirada con él. No recordaba en qué momento exactamente fue que ellos empezaron a alejarse, recuerda que los primeros meses de luto ellas iban a la casa de Alan a hacerle compañía, a veces él también las visitaba, a veces se veía confundido, a veces extremadamente contento, siempre con una sonrisa, pocas veces hablaba de los recuerdos de su madre muerta, eventualmente las visitas se resumieron a una serie de preguntas y respuestas rutinarias, ¿qué tal, cómo están? Bien, ¿tú qué tal? Bien bien, un poco complicado con las clases nada más, pero sobre todo bien. ¿Por qué mamá nunca le preguntó como se sentía realmente? ¿Tendría a alguien más a quien contarle sus penas? ¿Estará haciendo algo por la vida?
¡Susanita, entra al taxi! ¿Por qué estás tan distraída?
Susana voltea a mirar a su madre, ¿acaso se habría olvidado de él? ¿acaso algún tipo de bicho alienígena habrá hecho que olvide completamente a una persona que en algún momento fue tan importante en su vida? Pensaba Susanita mientras daba unos pasos lentos al taxi, por más que intentaba no podía dejar de pensar en él. Mañana pasaré a visitarlo, ya lo decidí, le llevaré uno de esos postres que solíamos hacer con mamá y que le gustaban tanto, tal vez eso alivie la sensación de incomodidad, y nos permita romper el hielo.
Mamá, ¿podemos preparar un pie de manzana mañana en la mañana?
Si claro, hace tiempo que no hacemos algo así. Ya me has hecho antojar.
Susanita tenía ganas de preguntarle si recordaba que a Alan también le gustaba, quería preguntarle qué pensaba con respecto a llevarle una tajada, pero una voz interior le sugería que no lo haga.
Llegaron a la hermosa casa de Bianquita y Victitor, la hermana y el cuñado de Blanca, las únicas personas del círculo de amigos de la señora Blanca con las que sentía un roce de otro nivel. En su palacete, ella se sentía cercana a la realeza, de pronto no se le veía apurada ni alborotada, empezaba a cuidar sus palabras y movimientos, intentando no verse vulgar.
Hola chicos, dijo Blanca con una vocecita angelical, como han estado, ¿terminaron la mudanza? Su sonrisa se extendía de pómulo a pómulo.
De pequeñas, Bianquita, la menor, solía admirar mucho a Blanca. Blanquita siempre fue la hija admirada por todos, la mejor portada, elegante, de mejores calificaciones y llena de pretendientes por todos lados, se podría decir que era la hija, alumna y señorita perfecta. Bianquita siempre fue mas bien descuidada, desordenada, de notas bajas, despreocupada, rebelde, en resumen todo lo que en ese entonces podría considerarse negativo. Sin embargo, cada ves que Blanca necesitaba tomar una decisión importante le consultaba a ella antes de decidir, Bianca no entendía por qué, ¿la hermana perfecta necesitaba un consejo de la niña problemática? Ella siempre tuvo la oportunidad de aprovecharse de su confianza, la tenía en sus manos, pudo haberla hundido con un mal consejo y convertirse en la nueva hermana perfecta, tuvo la oportunidad de convencerla de huir con su enamoradito de secundaria y dejar sus estudios, de empezar a salir con ese muchacho pandillero del cual se oían terribles historias, de gastarse todo el dinero que tenía en un viaje que no le dejaría mayor retribución que unos recuerdos bonitos. Sin embargo nunca lo hizo, y jamás haría algo así, la amaba y admiraba demasiado como para traicionar su confianza, siempre hizo lo posible por potenciar su sentido común y darle los mejores consejos que pudo a su hermana mayor. Con los años se fue dando cuenta que su perfecta hermana no era tan perfecta como pensaba, conforme fueron creciendo su disciplina, sus buenas notas, su elegancia y su perfección fueron jugando en su contra, carcomiéndola por dentro, convirtiéndola en un espectro con miles de máscaras que sentía que debía cambiar constantemente, dejándose a sí misma en el olvido. Ahora sentía algo de pena por ella, la amaba como a nadie en este mundo y sentía que debían permanecer juntas, pero no podía evitar sentirse un poco incómoda cuando ella se encontraba en la casa, sentía que su hermana mayor, la perfecta Blanca Savala, la joven maravilla del colegio Santa María la miraba como un ser superior, asintiendo y sonriendo cada ves que ella decía algo, queriendo llamar su atención constantemente, condimentando sus historias para hacerlas sonar más divertidas y emocionantes. Sin embargo, entrado el tema de conversación, cuando todos los participantes de la mesa pasaban de su estado inicial a un estado de libertad y confraternidad, Bianca podía ver como su hermana mayor volvía a ser la de antes, y mostraba su sonrisa auténtica. Eso le daba esperanza, por eso disfrutaba de su compañía, por ese motivo la había invitado este sábado a almorzar a su casa, para sentirla su hermana mayor de nuevo. Y no la culpaba, para nada, ella sabía por cuanto había pasado su querida Blanquita, cuanto sufrió después de que falleció Albertito a los 10 años de haberse casado, con 35 años de edad, debido a un accidente de avión.
En retrospectiva, tal ves ese fue el único mal consejo que le dio Bianca a su pobre Blanquita, el aceptar casarse con él. Pero al recordar lo feliz que fueron juntos se retracta, su historia le hizo darse cuenta de lo dura que puede ser la vida.
Sin embargo, con 16 años, Susanita cada ves se veía más señorita, crecía muy guapa, con piel blanca y ojos claros, cabellos castaños rizados y unas pequitas que resaltan sus ojos, nariz pequeña y labios ni muy gruesos ni muy delgados. Su cuerpo ya se había desarrollado lo suficiente como para saber que no podría dedicarse al modelaje, debido a su baja estatura, pero tenía pechos firmes y había heredado la cintura de su madre, de la que todos los muchachos del colegio hablaban mientras ella no escuchaba. Además de eso, a Susanita siempre se le ve alegre y enérgica, era de esperarse, con lo bien que la criaron todos, ya que es la única sobrina que tiene, y ella no puede tener hijos. Con el tiempo se han hecho muy unidas en especial en estos últimos años, Susanita siempre acude a su tía para pedirle consejos, hablarle de chicos, de secretos de moda y salir a pasear de ves en cuando. Ella es su tía "chévere", la que la acompañó a fumar su primer cigarro, a tomar su primer trago, a fumar su primer porro, este último sin que su madre se entere, pero cada acto de ruptura de reglas llevaba consigo un mensaje, una reflexión, que Susanita guarda consigo siempre, "ante todo cuida tu cuerpo, estate pendiente de él, prevé con quién harás lo que sea que hagas, en qué condiciones y que consecuencias tendrán tus actos, y tenlas presente antes de tomar cualquier decisión. No es necesario que te prives de nada, siempre y cuando seas consciente de lo que estas haciendo, nunca te dejes llevar por una idea o palabras bonitas o por el deseo, tú siempre decide."
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Susana Curiosa
Novela JuvenilEn el pasado de Susana ocurrieron muchas cosas que no puede recordar, como es el caso de cualquiera. En el piso inferior se su edificio vive Alan, un muchacho con el que compartió buena parte de su vida, sin embargo no se ven desde hace bastantes añ...
