Ana.

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- No.

- Pero...

- He dicho que no.

- Vamos.

- Que. No.

- Eres una amargada.

- Dime algo que no sepa.

- Me iré sola, sin ti.

- Pues vete.

Portazo.

Y silencio.

- ¡¡Gracias!! – Gritó a pleno pulmón mientras se dejaba caer en el sofá. A la vez que gruñía como un perro hizo un esfuerzo para agarrar el mando de la televisión y poner Netflix. Eligió un capítulo al azar de una serie al azar y justo cuando le dio a reproducir, su teléfono vibró.

Un Whatsapp.

Eres idiota

Suspiró y frunció más el ceño. Se había ido, ¿por qué tenía que agobiarla ahora que se había quedado sola? Mientras silenciaba del todo el teléfono añadió una tarea más a su lista mental de cosas pendientes: Romper con Laura.

Ana se quedó absorta mientras en el televisor aparecía un cadáver y se oían disparos. Genial, pensó, esto es deprimente. Sin ánimo de nada apagó la tele y se quedó mirando el techo blanco durante casi veinte minutos. Cuando se hartó se puso de pie y fue hacia la cocina.

Aburrimiento = Comida.

Abrió la nevera y se quedó mirando las zanahorias como si estas fueran a contarle un secreto. Suspiró y abrió el congelador sacando un helado de chocolate en tarrina. Agarró una cuchara y se fue a su cuarto resignándose a esos diez quilos que le sobraban y que sabía que con esa fuerza de voluntad jamás se quitaría de encima.

Una vez acabó el helado, sopesó la idea de levantarse de la cama para tirar la tarrina vacía y lavarse los dientes. Casi medio minuto de debate interno más tarde, dejaba la tarrina debajo de la cama, apagaba la luz y se iba a dormir.

Varias horas más tarde, no vio como la pantalla del móvil que había dejado en el comedor se iluminaba con cada llamada que una Laura, primero borracha triste y luego borracha cabreada le había hecho. Tampoco vio los mensajes que le pedían perdón y le decían que se había dejado las llaves dentro de casa.

Si oyó los porrazos y los gritos que Laura hizo para que le abriera la puerta, no lo demostró.

Eran las diez de la mañana cuando despertó. Cogió la tarrina de helado, la tiró al reciclaje y lavó la cuchara. Luego fue al baño a lavarse la cara y los dientes. Ni se molestó en peinarse o cambiarse de ropa.

Descalza se acercó a la puerta de entrada y la abrió. Laura estaba tumbada en el suelo del pasillo, hecha un desastre y roncando. Ana le dio un golpecito con el pie descalzo en el hombro, al ver que la otra no reaccionaba, se encogió de hombros y volvió a entrar en casa dejando la puerta entreabierta.

Se preparó un tazón de cereales y se lo comió sentada en la encimera de la cocina. Cuando acabó, se puso a fregar el bol e ignoró el ruido de los tacones de Laura y no reaccionó cuando esta dejó caer la cabeza en su hombro. Apestaba a alcohol.

- No respondiste a mis llamadas. – Dijo Laura con la voz ronca. No sonaba enfadada, sólo resaltaba un hecho. – Tampoco a mis mensajes. Y me dejaste dormir en el pasillo. – Ana, sin decir nada, acabó de fregar pero no se movió. – Y estás muy enfadada conmigo. – Silencio. – Eres de lo peor, sabes que callando sólo me haces sentir más culpable cuando en realidad no he hecho nada malo.

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