El agua era turbia, saltaba sin esfuerzo la madera del barco, mojando hasta los tobillos a todos los pescadores que iban a bordo. Papá ya me había hablado sobre los riesgos que el mar implicaba y los sabía, pero vamos, ¿qué otra cosa suponía hacer en éste lugar? ¿Armar muñecos de nieve? No lo creo. Era divertido creernos los reyes de toda la zona, dominábamos tanto nieve como agua, alegremente y sin hacer caso al frió ardiente que se hacía sentir incluso de entre el hule de nuestras botas, mis compañeros de pesca silbaban entonados por toda la proa. No temíamos a absolutamente nada y éramos invencibles.
Mi turno apenas comenzaba, siquiera el sol había salido cuando arreglaba mi desgastado overol de mezclilla, húmedo aún hasta las rodillas. Me había costumbrado en menos de un año a una jornada de casi diez horas con sólo un descanso de media hora y eso estaba bien conmigo, no me quedaría en casa cenando macarrones con queso baratos. Para muchos parecería un tormento, pero era divertido y las horas pasaban volando.
Empezaba por desenredar las redes de pesca entre sí, entrelazadas, siendo difíciles de domar; como si ellas mismas no estuviesen listas para sumergirse entre aquel mar helado que las congelaría al instante y no las culpo, también tendría algo de miedo. Uno nunca sabe con qué tipo de cosas se encontrará en un mar como aquel.
El inevitable momento llegó y en una casi perfecta sincronía los hombres lanzaron sus redes al agua, dejándose escuchar múltiples salpicones escandalosos que daban por iniciado el primer intento de pesca del día.
Todos esperaban sentir sus redes moviéndose estruendosamente hacia el fondo, queriéndose hundir pues implicaba la aparición de peces. Muchos peces. La industria marina era lo que mantenía a flote a toda nuestra tripulación, a nuestra gente, a nuestro pueblo. El temor que algún día los peces dejaran de aparecer estaba presente siempre, y era un terror terrible que te congelaba aún más los huesos.
Pronto, por babor y estribor, por proa y popa se alzaron las redes de pesca acompañadas de algunos sonidos de emoción, de victoria, mientras que los pescados se removían y saltaban sobre la madera de nuestro barco, saliéndose de las redes, intentando volver al agua al sentir que sus vidas eran arrebatadas. Todo volvía casi a la calma y todos recolectaban los cadáveres en tinas de plástico, en hieleras enormes y algunas cubetas más de acero. Las escamas raspaban muchas veces nuestras manos y su textura me erizaba la piel. El olor de esa agua dulce que chocaba contra nosotros inhundaba con intensidad nuestras narices, dejando de lado ese olor a pez muerto tan familiar ya.
Y así terminaba un día más de trabajo exitoso, llegando a donde habíamos partido aquella mañana, a lo que nosotros llamábamos muelle, aunque no existiese uno. Bajábamos de la bestia de madera exhaustos, vistiendo nuestras gruesas chaquetas para esas extremas temperaturas, avanzando tranquilamente entre la nieve después de apartarnos de la rampa de descenso. Nos despedíamos unos con otros, recibiendo algunas sonrisas, algunos chistes y a veces algunos insultos que tenían un afán más grande el de hacer reír a que el de insultar.
Y la tarde comenzaba. Debía caminar un par de kilómetros entre la capa de nieve para llegar al pueblo. Whitespot, con una población de alrededor de cincuenta familias; muy pequeño en realidad, pero era realmente lindo. Contábamos con lo necesario; una cabaña que contaba con atención médica para los pescadores, una pequeña capilla para pedir protección diaria al señor, una panadería donde tambien vendían otros víveres y una escuela para los jóvenes; hacia donde me dirigía.
Tenía dos hermanas pequeñas; Lottie y Félicité, además de tener a mi padre. Desgraciadamente, mamá falleció hace dos años, a manos de un fuerte cáncer que no detectamos a tiempo. Aún sigue viva en mi corazón latiente y sé que me sigue a donde voy, que me protege, que siempre estará ahí para escucharme. Era una señora amorosa, llena de amor, enamorada de su familia. No hay un día en que no le extrañe.
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Warm Hearts [LS]
FanfictionAntártica, el desierto de hielo. El imperio helado de los que muchos temen. En el que me tocó nacer. A diferencia de los jóvenes de dieciocho, yo toreo las peligrosas aguas del mar, las cabalgo en busca de algo de pescado para el comercio, no uso i...
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