Las sirenas de ambulancias y de coches policiales resonaban por todas las paredes, y yo me encontraba inmóvil ante el acto que acababa de cometer; ira, frustración y pena, era lo que recorría cada parte de mi cuerpo, un impulso de adrenalina que me convertiría y que me convirtió en un criminal. Y aún después de todo lo sucedido ni una pizca de arrepentimiento, entre todos los sentimientos que me embriagaban, no podía encontrar nada de eso.
Causadas por mis errores miro las cicatrices de mi piel, apenas puedo respirar como si me hubiera olvidado de como se hacía, los recuerdos de mi infancia, ya lejana, se agolpan en mi cabeza haciendo que el tiempo pase tortuosamente lento, un hogar lleno de mentiras, calumnias que hacen que mi ira aumente, un padre borracho con ataques de bipolaridad y unos pocos momentos de arrepentimiento, los cuales se pueden contar con los dedos de una única mano, en los que promesas dichas nunca fueron cumplidas. El recuerdo de mi madre, con tu gran sonrisa que inundaba cada parvidas la habitación, haciendo como si no pasase nada , como si las marcas moradas y costras que se extendían por tu cuerpo no existieran, como si cada lágrima a mis espaldas nunca se hubiese sido derramado más de mil veces, haciéndome cada día algo soportable, aún siendo tú la que tenía que aguantar, la que más necesitaba un gesto tan reconfortante como tu sonrisa, aunque mintieses diciendo que con ver la mía te era suficiente, como si no me diese cuenta, como si nada pasase. Cada abrazo tuyo era lo único reconfortante, tus brazos rodeándome como si nunca fuesen a soltarme, un abrazo en el que albergábamos tantos sentimientos, los cuales no hacía falta decir en voz alta, ese sentimiento que tan siquiera mi padre podía quitarme, o eso creí hasta que hace unas semanas fuiste arrancada de mis brazos, con tanta facilidad, como si nunca hubieses existido, solo queda un débil rastro de esos sentimientos, y un recuerdo permanente que me hace saber que exististe verdad, que siempre estuviste allí para mi aunque fueras tú la que más sufría. Pero de un momento a otro un recuerdo se hace más fuerte, y ya no escucho sirenas , ya no escucho nada, solo tus gritos desgarrando tu garganta , para que me fuera, para que huyese a un lugar en el que él no pudiese encontrarme, en el que él no pudiese dañarme. Tus lágrimas, tus llantos, los sonidos de fuertes golpes, de cristales rompiéndose son ahora los que ahora inundan la sala, mis ojos se nublan y pequeñas gotas recorren mi cara. ”Los niños fuertes no lloran” tus palabras resuenan en mi mente y agacho la cabeza mirando la imagen borrosa del suelo, para que no puedas ver como lloro, porque quiero que sigas pensando que soy fuerte, pero perdóname porque fui un cobarde, solo hui y no pude protegerte, pero ahora ya no hay vuelta atrás, y todos recibirán su debido castigo.
Vuelvo a la realidad gracias al sonido seco de la perta cayendo al suelo, y de las botas de unas cuantas personas, las cuales por el sonido parecieran miles, y como si fuera arrastrado por la marea, como si estuviera flotando en el mar, me encuentro agotado, y solo puedo subir mis manos ensangrentadas. Inconscientemente una sádica sonrisa se dibuja en mi cara, al ver el cuerpo de mi padre tendido en el suelo, con un charco de sangre rodeando aquella figura tan familiar, y aunque me he convertido en lo mismo que él, no me arrepiento porque yo sé que no hice nada malo, y antes de salir de la casa empujado por la policía, puedo divisar tu figura yéndose, alejándose de mí para por fin descansar tranquila, porque pase lo que pase nada será tan peligroso como convivir con un monstruo.
Tu muerte fue la primera fisura en las columnas que han sostenido mi infancia, las que cada persona debe destruir antes de convertirse en sí mismo, normalmente las grietas se sanan y son olvidadas, pero hay otras que continúan viviendo y sangrando hasta el fin de nuestras vidas.
