Teddy

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El suelo del sótano estaba cubierto por una capa amarillenta, que era una mezcla de orina y mugre, cortesía de un padre alcohólico. Era bastante extenso -tanto como un sótano podía serlo- y siempre le había atemorizado bajar. Pero ahora que estaba a tan solo un escalón de pisar ese suelo, no le quedaba más remedio.

Se le hacía extraño estar ahí después de cinco años. Luego de aquel incidente, habían intentado vender la casa sin éxito. Optaron por mudarse y dejarla cerrada, con muebles y todo, para de alguna forma olvidar lo mal vivido.

Su madre debió haber guardado a Teddy en alguna caja creyendo que, como ya era un chico de quince años, no lo necesitaría. Y era verdad, no lo necesitaba porque tuviera miedo de dormir solo en las noches, lo necesitaba porque dentro del osito de peluche, había guardado algo hacía un tiempo. Algo que ni su madre ni nadie, sabían. Solo él y Teddy.

Teddy era un osito color café, del tamaño de un antebrazo promedio, tenía dos botones negros como ojos. Y una sonrisa macabra estaba cocida sobre su quijada. Por lo demás, era un peluche normal. Excepto por lo que guardaba dentro de él.

Pisó finalmente el suelo, y cuando su pie revestido en cuero lo tocó, pudo sentir el ruido viscoso de la baba que parecía pus.

Rápidamente el olor a orina le invadió la nariz, haciendo que los ojos se le llenaran de lágrimas. Tratando de no darle mucha importancia a la pestilencia que se apoderaba del lugar, se puso en marcha y comenzó a rebuscar en varias cajas.

No encontró nada en las primeras, o simplemente basura. Recuerdos de antaño, fotos viejas dañadas por la humedad, adornos, ropa cubierta de moho y otras cosas irrecuperables en el estado actual en que se encontraban. Se sintió frustrado, pero no se rindió.

Luego de un rato buscando, dio con un baúl de color negro, había sido tapado por una pila de cajas. El baúl no estaba cerrado con llave, candado o cualquier otro mecanismo de seguridad, le bastó con levantar la tapa para ver su interior.

Habían cuadros, juguetes viejos que él había abandonado hace mucho ya, y otras porquerías. Pero en el fondo encontró lo que buscaba.

El oso, su oso, su querido Teddy. El muñeco lo miraba desde el fondo de aquél ataúd, y el chico le devolvió una mirada cálida, verlo luego de tanto tiempo lo había hecho ponerse nostálgico, recordando todos los momentos que vivió junto a su peluche favorito.

Pero se acordó por sobretodo de su hermana, la adoraba. También le llegó el doloroso recuerdo de su muerte, tan misterioso que ni los médicos habían constatado la causa oficial de la misma. Pero a todos les llamaba la atención una sola cosa,a pesar de que el cuerpo no presentaba signos de violencia,a su hermana le faltaba algo.

Recordó una vez más. El cuarto, pulcro y limpio, ordenado. Su hermana en el suelo, inmóvil. Sus gritos, llamándola, pidiéndole que abriera los ojos. Lloró cuando se dio cuenta de que ya no respiraba.

Trató de alejar aquél recuerdo nefasto y tomó al oso, sacándolo de su lugar de descanso. Estaba cubierto por una capa fina de polvo. Lo sacudió un par de veces hasta que estuvo medianamente limpio, y lo miro más de cerca.

El pequeño Teddy tenía una cicatriz en el pecho, que se mantenía unida por un hilo de color rojo. El chico sacó una pequeña navaja y procedió a cortar la sutura de una sola pasada.

Metió un par de dedos en la línea abierta, urgando en el cuerpo inerte de felpa. Se le dibujó una sonrisa cuando sus dedos tocaron algo húmedo y viscoso, y Teddy le devolvió la sonrisa cómplice mediante esa mueca cocida en su rostro.

Sacó lo que tan bien había ocultado su peluche y lo admiro triunfante. Y mientras, el ojo izquierdo de su difunta hermana lo miraba con un iris incoloro y una pupila inexistente.

TEDDYOpowiadania do pokochania. Odkryj je teraz