Golpeó la puerta con la puntera de su zapatilla y volvió a intentarlo con la manilla. Maina lo miraba divertida desde la esquina que todas las mañanas solía ocupar en el pasillo, encajonada entre el radiador y una ventana con el cristal en las últimas.
- No sé qué les puede costar arreglar la dichosa manilla, no me fastidies. Es imposible abrir la puerta sin echarla abajo.
Se giró para mirarla, pero ella se había movido y estaba precisamente a su lado, girando el pomo mutilado con tiento hasta que la puerta se abrió con un chirrido.
- Es una manilla antitorpes, campeón – Le palmeó la espalda con sorna y entró al aula.
Todavía no había nadie en la primera planta. En el pasillo tan solo se oía el silencio y ni siquiera los más pequeños alborotaban en el piso inferior. A las ocho menos cuarto de la mañana eran pocos los que se dejaban ver por el instituto.
Maina y Tore habían adquirido la costumbre de llegar temprano unos cursos atrás, cuando se conocieron. Era el segundo año de instituto y Tore acababa de mudarse al pueblo desde la capital. Era un niño menudo, con el pelo rubio lacio a la altura del mentón y camisetas de color azul marino. Maina fue su primera amiga y aquella cuya amistad duraría lo suficiente para merecer la pena, sin embargo, como ambos vivían en los extremos opuestos del pueblo y las tardes de actividades extraescolares les ataban las manos, decidieron pasar juntos los minutos antes del comienzo de las clases. Al principio fueron diez, quince, veinte minutos... Que acabaron convirtiéndose en casi una hora, intempestiva, desde las ocho menos cuarto de la mañana.
Cuatro años después, aunque esa costumbre se mantenía intacta, ellos habían cambiado. El pelo de Tore había dejado de ser rubio y largo, para convertirse en una maraña verdosa que caracoleaba sobre su frente; ya no usaba camisetas azul marino y había crecido lo suficiente para picar a Maina sobre su estatura estancada. Ella, por su parte, tampoco seguía siendo la misma. Se había recluido en sí misma y había perdido contacto con muchos de sus amigos, pero había sabido ganar otros y redescubrirse, como le gustaba decir cada vez que tenía ocasión de hablar de su vida.
- No tengo ganas de entrar a matemáticas. Qué tortura, madre mía – bufó y se estiró, colocando los pies sobre la mesa del profesor. – Y no hice nada de lo que mandó. Dime que lo tienes.
Maina no contestó. Tenía la mirada perdida en un punto fijo de la pared mientras bostezaba.
- ¡Eh! ¡Duele, capullo! – Tore sostenía otra tiza en la mano, preparada para ser lanzada al mismo lugar entre las cejas que había tocado la anterior. – No estaba escuchando, estaba... a lo mío.
- Ya, a lo tuyo. Entonces, ¿tienes mates hecho o no?
- Cógela, que tengo dentro el móvil. – Agarró la mochila con ambas manos y se la lanzó.
Tore la cogió al vuelo y comenzó a rebuscar en su interior hasta dar con el puñado de hojas que tenían anotaciones de matemáticas. Muchas de ellas tenían las esquinas dobladas y estaban sucias, muy lejos de la pulcritud que muchos solían esperar de Maina.
- Siempre me olvido de tu letra endemoniada. – se quejó, mientras se apuraba en copiar los ejercicios a su cuaderno.
Mascullaba de vez en cuando, sobre todo cuando alguna parte era ilegible, pero ella no le estaba siguiendo el juego. Continuaba mirando la pared con expresión adormilada, como si aún no se hubiese hecho a la idea de abandonar la cama.
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Proyecto Apocalipsis
Teen FictionEn un instituto no muy lejos de Madrid una serie de desapariciones esporádicas levantan las sospechas de Maina y Tore, alumnos del último curso. Sin quererlo, se verán inmersos en algo mucho más grande de lo que jamás podrían imaginarse, un proyect...
