68. Mil historias.

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Tenía yo diez años cuando a mi madre le nació la muerte.

Allí yacía inerte, inherente, siempre creí que me acompañaría para siempre.

Por ende, clavo mi dolor en su lápida impávida.

Así fue qué entendí que la vida del hombre es frágil, qué soñar es fácil,
o grácil depende
de la arista, así lo enseñan los artistas.

No como la educación, religión y ciencia qué tachan la imaginación como un error, o
como demencia.

Que el tiempo es un pecado, pero nunca
pasa en vano.

Que dios es un tirano,
un ser cruel y despiadado.

Aunque muchas veces me rendí al alcohol, y muchas más veces arrepentido pedí perdón.

La verdad, de nada funcionó.

¡Me convertí en un monstruo!

En un ogro tosco,
grotesco y roto.

Lleno de imaginación
y rencor me encerré
en mi habitación; un cuarto vacío y húmedo lo convertí en mi voluntaria prisión.

Acompañado por mi triste y eterna Soledad.

Sólo el artista, lo mira como un don, le da oficio y vocación.

La sociedad y televisión
no quieren que uses tu inteligencia, te quieren sumido en la inercia.

Hasta que recapacité,
me levanté y un laburo busqué.

Pensé que todo me iría bien, ya no tenía
nada que perder.

Grave error, cuando uno cree que no podría estar peor siempre termina castigado por su propia desilusión.

Y así fue, me armé de valor, dejé de pensar sólo en el yo.

Ya no me asustaba mostrar mi niño interior.

¿Y qué pasó?

Alguien de mí se enamoró, no lo entendí, nunca antes algo similar viví.

Y sí, como dicen “no hay peor ciego que el que no quiera ver”.

Y por mi torpeza, para mi sorpresa, terminé siendo presa de mi propia presa; me di cuenta que la inconciencia más que el martillo de Thor pesa.

Pues, fui ciego ante el amor que ella me demostró.

Yo, era un tonto de profesión y ella perfecta, linda, simpática, empática.

Me ilusionó, sorprendentemente
me cautivó y enloqueció,
en dos meses me enamoró.

Y sí, no lo niego me rendí al amor.

Volví a creer en el amor.

Ése amor que se había marchitado, que creía
por siempre apagado.

Ella me juró nunca apartarse de mi lado,
y luego de dos hermosos años me abandonó.

Otra vez dudé del señor.

¿Por qué un bello ángel alado me ha dado?

¿Para quitármelo y dejarme botado?

Y disculpa que te lo diga, pero ya no confiaba en el hombre, en las palabras, gestos, ni dones ni en las buenas acciones.

Sólo en los dolores.

Ellos sí existen, pues dicen ver para creer.

¿Y qué tal sentir para creer?

No quería saber nada
de nadie, me prometí
no volver a amar ¡nunca jamás!

Viví sin importarme
los demás. Sin pensar en nadie más.

Me fundí en una profunda depresión, y en el alcohol.

Tratando de borrar el amargo sabor que su partida me causó.

Pensarla sedienta de pasión por otro hombre me trajo una paranoia
sin nombre.

Busqué borrar su olor y
su recuerdo que me mantenía en celos insomnes en los labios de otras muchas muchachas.

Encontré el delirio,
el alivio que creía merecido.

No dudo que sea indebido,
nunca antes sentí algo parecido.

Me volví adicto a las mujeres, a sus besos, caricias y placeres.

Pronto me olvidé del dolor, del rencor y hasta de mis deberes.

¡El sexo debería ser el deporte de los reyes!

Hasta que en sueños vi a mi madre, ella me reprendió, me regañó y observé en sus ojos la decepción.

Me costó pero entendí que estaba en un error,
su visita me causó un gran dolor.

De nuevo en nada encontraba satisfacción,
mil veces le pedí perdón.

Ya no encuentro solución.

Y como un niño perdido, me convertí en mi mentor.
Me prometí no cometer
el mismo error.

Me había convertido en un ser despreciable, me sentí insignificante, incluso más que antes

Extraño el ayer.

Tuve el placer de conocer y poseer algo magnífico,
algo tan puro, y lindo.

De verdad divino, aunque yo fuera indigno; lo llaman amor.

Perdí a la única mujer
que de verdad me supo querer, por mi estupidez,
por mi insensatez.

Sólo aquella persona supo tratarme bien, quererme, respetarme y serme fiel.

Pero quizás ya no merezca su amor, ni su atención.

No sirve que le pida perdón.

Porque la hice sufrir,
llorar y querer morir.

Sí, no merezco su amor,
yo no nací para amar.

Por eso me hice escritor,
para que ella me pueda leer y entender.

No pido su perdón,
sé que fue mi error
y lo pago con mis lágrimas y sudor.

Para desahogarme, y describirle ésta triste historia de amor.

Es hora que me marche,
iré a tu encuentro madre querida.

No hay más solución, después de todo... sólo fui un triste cobarde.

La vida en Poesías.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora