PRÓLOGO

103 6 0
                                        



La doctora Anna abre la puerta de la habitación y me mira con lastima. ¡Maldita sea ésta mujer!- digo para mi mismo. Muriéndome de calor envuelto en una bata blanca de laboratorio, tan parecida a la que ella usa; podrían creer que soy un doctor salvo que mis brazos están atados hacia la parte de atrás, de hecho si, estoy con una camisa de fuerza. No hago más que rodar mis ojos en tono de desagrado.

­­-¡Es la hora de la comida!- dice Anna en su tono excesivamente amable.

-¿Me desatarás? muero de hambre- logro decir en mi tono relajado, necesito hacerla creer que estoy relajado; pero muy en el fondo quiero asesinarla de la peor manera.

Odio que me tengan atado como si fuese el peor animal sobre la tierra.

-¡Haz mejorado mucho Rendley!- me dice un tanto orgullosa.

Solo sonrío y ella se acerca a una enfermera, tendrá que... unos 10 centímetros menos que Anna. Tomando en cuenta que esta mide unos 1,75. Es de tez blanca y ojos café. A diferencia de la enfermera que es de tez obscura con ojos aceituna.

Me lleno de ira cuando la veo acercarse a mí con una bandeja y lo que parece ser mi almuerzo, porque son las 12:00 del mediodía y el sol está en su punto máximo. Mis ataques de ira es algo que estoy intentando controlar desde que me internaron en este maldito lugar, pero ahora es diferente.

Supongo que ella sólo viene a hacer su trabajo, alimentarme. Pero nadie puede entender que puedo hacerlo por mis propios medios. ¡Maldición!

Ataco su rostro con una de las mejores patadas jamás vistas en las películas de artes marciales haciendo que pierda unos dos dientes y que su nariz sangre de forma descontrolada. No puedo negar que me siento bien y podría seguir golpeándola, pero los mastodontes de seguridad inyectaron ese líquido del demonio de nuevo en mi cuello. ¡Lo odio! me hace sentir como idiota, débil.

*

Aquí estoy de nuevo, encerrado en las putas cuatro paredes del cuarto de castigo, ya se me había olvidado lo obscuro que era este lugar puesto a que lo visitaba una o dos veces por semana. Había mejorado, si.

Estoy sentado en el suelo. Lo considero un poco más cómodo que la silla en la que me obligan a dormir, como es posible que éste estúpido centro de rehabilitación no tenga un cuarto de castigo decente. Intento quedarme inmóvil por un rato pero me es imposible, ya está sonando de nuevo esa versión demoniaca de ''Toxic''.

A estas alturas ni la versión original de Britney Spears me agrada. Grito como si me estuviesen torturando pero de nada sirve más que para relajarme un poco.

Pero no siempre fui así.




JOSEPHWhere stories live. Discover now