Epílogo

29 3 5
                                        

- Hola —. Se acercó un niño, agitando su mano como gesto de saludo.

- Hola —. Le sonreí.

- ¿Quieres jugar conmigo? —. Señalo la resbaladera.

- Sí —. Acepté —. Pero deja pedirle permiso a mi Mami.

- Ya.

Fui corriendo al asiento donde se encontraba mi mamá. Cuando llegue puede observar a mi mamá hablando con una señora.

Me acerque y saludé cortésmente.

- Mami —. Pregunte —. Puedo ir a jugar con ese niño — señale en dirección a la resbaladera donde se encontraba.

Mi mama busco con la mirada a donde señalaba, lo vio y sonrió —. Claro mi amor, anda divierte te.

- Gracias mami — exclame, le dio un abrazo y beso en la mejilla. Me despedí y corrí donde aquel niño.

«Esa señora, seguro que no entendió nada de lo que decíamos. Siempre es lo mismo, será... porque lo hago a propósito» Reí.

- Hey — grite, para llamar su atención —. Dijo que sí.

Él sonrió —. Entonces... Juguemos.

Subió a la resbaladera, primero nos deslizamos por separado, como era aburrido decidimos hacerlo juntos y cuando nos deslizamos alzábamos las manos y gritábamos. Así fueron varias veces. Después fuimos a los columpios y decidimos que el que más alto llega gana y el perdedor debe hacer todo lo que diga el ganador.

Primero iba ganando yo, después empate y... él fue el ganador.

- Gane – exclamo.

Pare de columpiarme y me puse deprimida, no me gustaba perder, era demasiado competitiva –. Ganaste – dije agachando la cabeza – ¿Qué quieres que haga?

- Que respondas a mis preguntas – me miro – con la verdad.

Asenté con un gesto.

- Eres muy distinta a las niñas que conozco ¿No eres de aquí verdad?

- ¿Cómo te diste cuenta? Ni siquiera mis compañeros se han dado cuenta.

Se río –. Se nota por tus rasgos. De qué país eres – pregunto –. A caso eres extranjera. Eres de New York – dijo emocionado y con una sonrisa de oreja a oreja, que hacía que no pudiera ver sus ojos.

- Pues... no. No soy de New York – hizo un puchero –. Vengo de Latinoamérica, mi madre es latina y mi padre coreano.

- Ah – dijo con asombro.

Iba a decir algo pero lo interrumpí.

- Es por eso que te entiendo a la perfección.

- ya veo – miro al frente.

Nos quedamos en silencio, yo me comencé a mecer nuevamente y mire el cielo.

- ¿Quieres jugar algo nuevo? – comente.

- ¿Cómo qué?

Pare de columpiarme y me pare enfrente de él –. Es un juego en mi país, se llama las escondidas.

- Ah, pues aquí también se juega eso –. Me avergoncé –. Tranquila – se levantó del columpio –. Por cierto – camino hasta una casa de plástico – ¿Qué edad tienes?

Lo seguí y nos adentramos a la casa –. Tengo seis años y tu – pregunte.

- Ocho años.

Nos quedamos en silencio un rato, de vez en cuando nuestras miradas se encontraban.

EncuentroWhere stories live. Discover now