La alas oscuras como la tinta se batían en el aire con un sonido de corte, casi igual a las de un murciélago, pero más acompasadas y estridentes. Si miraras al cielo nocturno no notarias su presencia, pero durante esa noche de luna llena era fácil ver esa figura: la de un demonio, con esos cuernos saliendo de su cabeza y la cola en flecha enredándose con gracia.
Como si fuera parte del aire, rodeado de un aura de pecados, el ser se coló por la ventana de una destruida iglesia, entrando directamente a la habitación del sacerdote a cargo. Este permanecía en cama, febril, con la respiración agitada y el rostro escarchado en sudor. Ese día había llegado, el demonio lo sabía, desde el primer momento en que los ojos jóvenes del actual enfermo le miraron por primera vez, a pesar de que debía ser imposible que le notara.
Él era especial. Y con el tiempo se volvió aún más único y preciado para él.
El demonio chasqueó los labios, sabiendo que sus votos al abismo le prohibían esos sentimientos, y eso incluía volverlos palabras para su eterno enamorado.
Ahora estaba ahí en su lecho de muerte, tratando de acaparar aire con desesperación, y él con sus orbes afiladas, carmesís, solo podía enterrar las uñas en las palmas por la ira de no poder decirle te amo. Era injusto, todo era cruel. Que su vida acabara tan joven, que no pudiera al menos seguir más tiempo a su lado, verle envejecer... era terrible que él supiera cuando moriría, que no pudiera salvarle, y que ese día fuera el mismo en el cual le había conocido hace años, el día en que ese humano nació.
Le había visto mirar el mundo, llorar apenas salió del refugio que era el vientre de su madre y supo que no podría hacerle caer en el pecado como tenia ordenado cuando ese bebé inocente le había mirado directamente sin dudar a los ojos, levantando las manitos regordetas hacia él.
¿Por qué sonríe? ¿Por qué no se hace su llanto más estridente al verme?
Se condenó así al papel del amigo imaginario, ese con quien charlaba en la soledad de su habitación. Y el demonio le seguía como un perro guardián, más fiel que cualquier ángel de la guarda, perdiendo su objetivo viéndole vivir, y no le importó, era feliz así. Tan feliz.
Cuando entregó su vida a Dios casi fue una broma, algo irónico ¿un sacerdote custodiado por un demonio? Parecía sacado de las novelas que cualquier adolescente leía, y parecía no molestarle, haciendo una pose aparentemente cool y sonriendo.
- Entonces ¿Ahora debo decirte padre Karamatsu? - se burló mientras le acariciaba una mejilla. Adoraba tener esas atribuciones, ese contacto que se mantenía en la línea de lo permitido y el pecado.
- Para ti siempre seré Karamatsu -le respondió con una voz grave mientras su mejilla buscaba más tacto. Podía recordar el ardor en su piel aun hoy, lo mucho que le perturbó.
Sus dedos se entrelazaron con los temblorosos del sacerdote, volviendo a su presente, tratando de que en su rostro siempre malicioso no se encontrara rastro del dolor que en verdad sentía. Los ojos de su adorado humano se abrieron poco a poco, sonriéndose de lado como acostumbraba, casi coqueteándole.
Esa sonrisa lo acorralaba siempre, desde que aun siendo un hombre de Dios, Karamatsu se había atrevido a confesarle su amor, deseo y eterna pasión. Ese momento fue la primera vez que no supo cómo actuar, que decir... ¿cómo huir de esa ganas de entregarse y recibir el amor que deseaba?
Con frialdad se burló de sus sentimientos pero sabía que el sacerdote no le creyó, esa sonrisa estúpida de enamorado en Karamatsu lo decía todo. Pero nunca le pidió nada, nunca le exigió la verdad, una respuesta, una caricia. Su vida juntos siguió en una sufrida y hermosa rutina.
Cada día más bello, enamorados sin demostrarlo, pasando el tiempo sin cambios, pero había uno diferente, el día en que Karamatsu podía ser caprichoso y pedir algo.
- Osomatsu, quiero un beso.
Casi se había enredado con sus propias alas al escuchar eso en el primer cumpleaños luego de declararse.
- ¿Qué mierda estas diciendo, Idiotamatsu? Ve a pedirle un beso a una de tus feligreses, a mi déjame en paz -escupió sin pensar, deseando que algo así no fuera posible.
- Pero yo quiero un beso tuyo... -casi con un gesto de virgen enamorada le rogaba, sonrojado.
En verdad quería, viéndole ahí con esos ojos que nunca cambiaban, un cuerpo de hombre, el cabello cayéndole ordenado en la frente y los labios llamando a los suyos. Era uno de sus sueños inocentes poder darle su primer y único beso, ese que nunca dio cuando podía, pero él era un demonio, uno malvado y bondadoso a la vez, porque no quería condenarle.
- Si te beso al morir irías directo al infierno, porque no hay nada más sucio que besar a un demonio -y era verdad. Sus labios eran campo minado, algo que nadie podría probar porque este sería su fin.
Pero Karamatsu no se mostró intimidado, ni esa vez ni todos los siguientes cumpleaños, siempre pidiendo el mismo deseo, uno que en ningún 24 de mayo fue cumplido.
Los dedos débiles apretaron su mano, jalándole con una fuerza indigna de un enfermo. Era un toque agonizante pero firme, contradictorio. O quizás fue su cuerpo que se dejó caer sobre el contrario, porque sabía que ya eran sus últimos minutos.
Su nariz se hundió en la almohada sobre el hombro de Karamatsu, oliendo la esencia del sacerdote en esta. Olía a enfermedad también, a muerte. La respiración cortada en su cuello hacia ese momento aún más real, y no la pesadilla que deseaba que fuera.
- Osomatsu, bésame... por favor, serias mi último regalo - ese susurro se clavó en un corazón que creía no tener.
Espantado se incorporó, nariz contra nariz. La propia estaba fría, la de él igual por la enfermedad, y sus ojos vidriosos le miraban con tanto amor que le robó el alma. No era justo. Nada en esa ridícula historia de amor era justo.
- Eres un cabeza hueca -le susurró- estás al borde de la muerte y no temes al infierno, porque ahí acabarás si te beso ¿lo sabes?
- Lo he sabido toda mi vida, pero sería peor irme sin haberte besado.
Eran tan doloroso. Tan tonto. Y eso mismo era lo que le encantaba de él.
- No tienes remedio.
- He, I know.
Fue un choque. No era electricidad, tampoco algo térmico, o químico, rompió toda física. Ahí entre ambos labios pasó algo que no tenía explicación y jamás la tendrá. Y aprovecharon cada segundo, moviéndose, abrazándose y acariciándose. Sus dientes mordían los labios contrarios hasta saciar tanto tiempo de añoro.
La sonrisa que Karamatsu le entregó al separarse le seguiría por siempre al igual que su primer encuentro. Y le beso el rostro hasta que poco a poco se durmió, y su alma cayó en sus manos, con la marca del infierno en ella.
La guardó contra su pecho, porque haría del abismo su cielo. Porque era un demonio bondadoso.
.
.
.
Esto fue un impulso de inspiración :c tenia ideado este pequeño oneshot pero no habia encontrado las fuerzas hasta ayer para escribirlo de una sola vez. El choukei me tiene mal, me apasiona casi tanto como el suuji y tengo muchas ideas PERO no quiero agregar fics aparte del que ya tengo de ososan;; -desahogandose- espero les guste! Esta tambien ideado para el concurso de la página choukeimatsu~ no espero ganar pero me ayudo a motivarme~
Saludosssss
KAMU SEDANG MEMBACA
Demonio Bondadoso -ChoukeiMatsu-
Fiksi PenggemarLos demonios son conocidos por su maldad, por existir para hundir en el pecado a las almas. Osomatsu era un demonio malvado, uno muy bondadoso.
