❄️HISTORIA 1 - "NIEVE QUE NO SE DERRITE"

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La ciudad estaba cubierta por una neblina espesa, casi líquida, que parecía descender desde los tejados como un suspiro antiguo. Era la víspera de Navidad, y sin embargo, nada brillaba. Ni las luces colgadas torpemente en la calle, ni los escaparates que repetían melodías alegres con una insistencia enfermiza. Todo parecía teñido por un gris suave, un gris que Santiago —sí, Santiago, porque no pude sacarlo de tu estilo— siempre había asociado con los silencios que duelen más que cualquier golpe.

Se ajustó la bufanda alrededor del cuello, no por frío, sino por la sensación persistente de que el aire podía desgarrarlo en cualquier momento. Caminó entre la nieve recién caída, la que cruje como cristales pequeños bajo las botas, mientras la noche lo envolvía en esa soledad que solo llega cuando el mundo finge felicidad.

Su destino era un edificio viejo, una cafetería con un letrero medio roto que aún conseguía encenderse. "Nocturne". Había sido su refugio años atrás, en días que ya no sabía si extrañaba o temía recordar.

Abrió la puerta.

El sonido de la campanilla fue como un eco atrapado entre dos tiempos.

Y allí estaba él.

Elian.

No giró de inmediato. Estaba detrás de la barra, secando una taza, inclinado de tal manera que el cabello oscuro le caía sobre la frente. Pero Santiago habría reconocido esa espalda, esa forma de ocupar el espacio sin esfuerzo, incluso con los años colgando sobre los hombros. El aire de la cafetería pareció detenerse, como si incluso el vapor del café le rindiera homenaje.

Después de un segundo —o un siglo— Elian levantó la vista.

Y lo vio.

La reacción fue mínima. Apenas un temblor en la comisura del labio. Pero suficiente.

—Pensé que no volverías nunca —dijo, con una voz que conservaba ese matiz suave que siempre lo había desarmado.

Santiago tragó saliva. No esperaba que hablar fuera tan difícil.

—Pensé que no te importaría.

Elian dejó la taza y apoyó ambas manos en la barra. Sus ojos, de un verde extraño, casi nocturno, lo examinaron con la misma intensidad con la que uno examina un anhelo viejo, uno que creía enterrado.

—Importar... no es la palabra —respondió—. Algunas cosas simplemente se quedan aunque no las invites.

No era un reproche. Tampoco una bienvenida.
Era... la verdad.

Santiago avanzó con pasos lentos, sintiendo cómo el corazón le golpeaba el pecho como si quisiera escapar. Se sentó en el mismo lugar que solía ocupar años atrás, cerca de la ventana empañada.

—¿Sabes qué día es? —preguntó Elian.

—Nochebuena.

—No. —Elian sonrió apenas—. Hoy hace cinco años que te fuiste sin despedirte.

Cinco.
Santiago no lo había contado. Quizá porque contar implicaba aceptar.

Elian sirvió un chocolate caliente sin pedirlo, como antes. El aroma lo golpeó con una familiaridad dolorosa.

—Sigues haciéndolo igual —murmuró Santiago.

—No cambié la receta —respondió Elian—. Nunca pude.

Un silencio espeso los envolvió. Un silencio que no pedía explicación, pero sí algo más profundo: honestidad.

Santiago bajó la mirada a la taza humeante y la sostuvo entre sus manos. El calor se filtró lentamente en la piel, como un recuerdo que aún sabía cómo habitarlo.

Merry Christmas (YAOI/GAY)Mga kuwentong kahuhumalingan mo. Tumuklas ngayon