Taehyung sabía que el marco de plata con el borde dorado siempre iba en el lado derecho de la cómoda, calentando la madera pulida del suelo e intensificando los rojos y amarillos de las flores primaverales que contenía un jarrón de cristal sobre el alféizar de la ventana. Como la pieza esquinera de un rompecabezas (la que orienta al resto y por la que empieza el proceso de reensamblaje de la imagen fragmentada), el marco de plata con el borde dorado anclaba el ensamblado de otras imágenes y permitía que cada una volviera a encajar en su ranura una vez que le había pasado el trapo.
No era solo el marco de plata con el borde dorado lo que dotaba de importancia a esa imagen en concreto: era la principal fotografía de su boda con Hoseok, tomada hacía solo dos años y medio. Taehyung sonreía alegre por haberse convertido en el señor Jung, mientras que un Hoseok todavía uniformado estaba radiante de orgullo por haber vuelto a casa del Ejército para encontrarse con el chico mas bonito de toda Corea del Sur esperándolo como debía, fielmente, y convertirlo en su esposo.
La parte derecha de la cómoda era donde siempre iba la fotografía del marco de plata con el borde dorado, su sitio: justo ahí. A Taehyung le gustaba que todo estuviese "justo ahí".
La mayoría de las fotos eran de ellos dos: la boda, la luna de miel, una de Hoseok en uniforme intentando sin mucho éxito despedir un aire de firmeza militar. Había otras familiares: tíos, tías, el hermano de Taehyung y su joven familia, un par de Hoseok. En una de aparecía un anciano elegantemente vestido pero con cara triste al que Taehyung no lograba ubicar. No le extrañaba su despiste porque la familia de Hoseok era de proporciones bíblicas: cuatro hermanas, dos hermanos, innumerables tíos, tías y primos... En la boda habían ocupado también parte de su lado en la iglesia, reforzando lo que ahora le parecía un linaje, el suyo, con poca representación. Desde luego, al haber crecido en el mismo pueblo de Corea, Taehyung y Hoseok conocían sus respectivas familias políticas, pero el tamaño desproporcionado del clan Jung suponía que había parientes desperdigados por todo Seúl, y más allá, a quienes Taehyung nunca llegaría a conocer. Como el anciano triste de la foto, que lo convenció de que debía preguntarle a Hoseok que parentesco lo unía con el.
Taehyung había terminado de pasar el trapo y se disponía a ir a la cocina para hacerce un café cuando notó una mota en el candelabro plateado de la mesa del comedor. Se lo había regalado para la boda la tía Young Mi de Hoseok, quien había sorprendido a todos con un despliegue de generosidad poco habitual en ella. Era una mujer conocida por su carácter difícil, alta y delgada con unos fríos ojos negros que relucían beligerantes bajo lo que parecía un ceño permanentemente fruncido. La tía Young Mi, con su lengua afilada y sus opiniones amargas, era la semilla de la discordia que toda familia parecía tener (o casi necesitar, por lo visto). Navegar por aguas familiares desconocidas era lo que más estaba costandole a Taehyung en su papel de recién casado: encontrarse a la deriva en un mar proceloso de relaciones para los que no tenían brújula. Bueno, no del todo: la brújula era Hoseok, su faro.
Su marido, con su espesa cabellera negra, sus grandes ojos negros, que tenía más de niño que de hombre, y esa voz suya profunda y relajante, y siempre una sonrisa afable. Cuando sonreia así, a Taehyung se le olvidaban todas sus preocupaciones de su vida de recién casado. En esos momentos, mientras frotaba el candelabro para quitarle la mancha con la cabeza en otra parte, se dio cuenta del resplandor de sus vidas, las miles de promesas que el futuro les reservaba.
La suya había sido una historia de amor de lo más tradicional, anticuada incluso. Hoseok y Taehyung, se conocían desde la primaria, se habían hecho novios a los quince y se habían casado a los veinte, en cuanto Hoseok volvió de ultramar. Era de esas cosas que todo el mundo esperaba que pasase, lo más natural del mundo. Por lo que a la gente del pueblo respectaba, no existía ni un Hoseok ni un Taehyung: siempre había sido Hoseok y Taehyung y siempre lo sería. Juntos eran un singular, no un plural.
Tras las formalidades de una luna de miel en el hotel, con vistas al lago, regresaron a lo que ambos deseaban de verdad: empezar su vida de casados en la casa que le habían comprado al tío de Hoseok. Después de licenciarse del ejército, empezó a trabajar de encargado de turnos en la cantera de mármol y Taehyung se consagró a hacer de la casa nueva su hogar para siempre.
Taehyung frunció el ceño mirando el candelabro: iba a tener que utilizar algún producto especial para la plata. Tal vez no fuese nuevo como había asegurado la tía Young Mi, si no de segunda mano. En cualquier caso, nuevo o viejo, tampoco le tenía un aprecio especial, pero era raro que la mancha pareciera tan incrustada e imposible de quitar.
Se encogió de hombros y dejó el candelabro en su sitio, aunque girándolo para que la luz de la ventana no iluminara la mancha. Antes de ir a la cocina, llamo a Hoseok (era una mañana de sábado y estaría en el estudio, enfrascado en el periódico) y le dijo que iba a hacer café. Mientras rellenaba la jarra en el grifo, miró por la ventana que había encima del fregadero. La casa estaba sobre una colina y desde su posición tenía vistas sobre los suaves montículos del bosque y campo, sin nada que le ensombreciera el sol primaveral. Era su sitio preferido para apostarse a contemplar su felicidad. Como le gustaba reconocer, era un joven de ambiciones modestas y tenía allí todo lo que siempre había querido. Sabía que Hoseok sentía lo mismo.
Vio el coche acercarse. Lo había nada más poner el café y volver a la ventana. Con tan solo un puñado de casas repartidas alrededor de aquel camino poco transitado, la mayoría de las veces un coche acercándose significaba una visita inminente. Taehyung lo vio remontar la carretera norte y luego doblar por el largo camino que llegaba a la casa.
-Hobi-insistió.-Tenemos compañía...
Se quitó el delantal, lo colgó en la percha de la cocina, se dirigió a la entrada y por el camino llamó una vez más a su esposo. Se detuvo en el espejo del pasillo para ver si tenía el pelo bien antes de salir al porche.
La pena le sobrevino al instante, con toda su fuerza devastadora, como siempre lo hacía.
El Taehyung recién casado de 23 años se miró al espejo y su reflejo de ochenta y cuatro años le devolvió la mirada. Por una minima fracción de segundo no se reconoció en el reflejo, igual que no lo había hecho con el abuelo triste y solitario de la fotografía de la cómoda. Se llevó la mano a la boca para ahogar el grito y el anciano del espejo hizo otro tanto. Lo recordó: en ese instante le vino todo, como siempre ocurría en esos dolorosos y punzantes momentos en los que recuperaba la memoria. Se volvió hacia el estudio para llamar una vez más a su esposo pero se detuvo en seco: Hoseok ya no estaba.
Se tomó su tiempo para estudiar el periódico que estaba perfectamente doblado con la portada hacia arriba en el mueble de la entrada, bajo el reloj. Acto seguido se alisó la camisa con las manos, en las que vio el paso del tiempo (los nudillos curtidos, las venillas azules bajo la piel apergaminada), abrió la puerta y salió a la luz del sol para encontrarse con sus dos hijos, quienes, lo recordó en ese momento, habían quedado en ir a verlo ese día. Se agarró a la barandilla del porche para apoyarse, y al mismo tiempo afianzar la postura y recobrar la serenidad mientras asimilaba en silencio el impacto del más de medio siglo que había recordado de repente.
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El marco de plata con el borde dorado Vhope (One shot)
RomanceUna historia que relata en pocas palabras un profundo amor inolvidable. Taehyung. Hoseok. Una historia un poco melancólica.
