Prólogo

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Caleb no se podía mover, después de todo era evidente que al haber caído desde tres metros de altura todo su peso lo hayan sostenido sus rodillas, lo que le dejó un dolor punzante. A pesar de que aún se sentía aturdido, miró a su alrededor para intentar darse cuenta de en dónde se encontraba.

-Perece un callejón - pensó, pero cuando tuvo que ponerse de pie un pequeño pero molesto dolor lo hizo gemir - No volveré lanzarme así de nuevo, aunque me persiga una docena de Maurans- se dijo mientras se ponía de pie. Volvió su miraba hacia el cielo, pudo notar que ya había oscurecido y que en el ambiente se podía sentir un poco de humedad - probablemente lloverá - pensó; no había tiempo para preocuparse por él mismo, no había tiempo de seguir peleando, sabía que debía continuar hacia delante con su plan, ya que no sólo estaba en riesgo su vida, si no también estaba en peligro la de su hermana y posiblemente la de todo el mundo.

A lo lejos podía escuchar los breves pero cortantes gritos agudos de sus perseguidores; Caleb no sabía a qué distancia se encontraban, y no quería saberlo, ya que tenía suficiente con saber que ya no tendría la luz del sol de su lado. Corrió lo más rápido que pudo hacia la avenida, ignorando el dolor de su rodilla.

Cuando estuvo a punto de llegar a la calzada de la avenida, pudo sentir un viento fuerte que provenía del fondo del callejón hasta que este se calmó, así como él que detuvo su marcha - ¡Me pueden dejar en paz, malditas!- volvió su cuerpo a sus perseguidores; él realmente ignoraba el sexo de esas criaturas, incluso no estaba seguro de que tuviesen algún sexo en realidad, pero pudo notar que las dos criaturas eran muy delgadas y encorvadas y tenían en sus espaldas dos grandes alas hechas con retazos de piel, cuando mostraban sus dientes, lo hacían con un suave siseo.

Las criaturas aladas inclinaban cada vez más sus cuerpos en señal de querer atacar, y sus gruñidos se hacían notar cada vez más; Caleb no tuvo más remedio que llevarse una mano a dentro de su chaqueta, y ocupar el obsequio que le había hecho Hugin.

Las criaturas empezaron a lanzar gruñidos cadavez más penetrantes y fuertes que a cualquier otra persona los hubiese enloquecido de inmediato.

Sonata PathetiqueWhere stories live. Discover now