I.- Encierro.

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Desperté, habrá sido la segunda o tercera vez entre la madrugada y la mañana, un poco de luz entraba desde la ventana sobre mí, anunciando el amanecer con una leve luz. La sensación del duro colchón que dejaba tiesa mí espalda se contrastaba con la suavidad de la almohada contra la que apoyaba mí cuello, la cama hacia juego con el resto de la habitación. Las paredes estaban revestidas con una madera que en sus mejores días habrá sido de un intenso rojizo que combinaría a la perfección con la alfombra carmesí que cubría todo el suelo, había tenido tiempo para observar todos los elementos del cuarto debido al interrumpido sueño que me venía atormentando desde las tres de la madrugada, había memorizado el patrón de líneas doradas de la alfombra y había puesto nombre al enorme bulto de Dios sabrá qué debajo de la mesita de luz; Goliath. No pude ver más allá debido a la falta de los lentes, los cuales descansaban dentro de su estuche en el mueble que daba cobijo a Goliath, tampoco me los pondría, después de todo mí objetivo era proseguir con mí sueño.

Di vueltas sobre el incómodo colchón, las sábanas ahora eran un desastre bajo mis pies, cerré los ojos con fuerza, la suficiente como para ver molestos destellos de luz al volverlos a abrir (Razón por las que finalmente me resigné a dejarlos cerrados) y dejé la mente en blanco cuanto pude, hasta volver a ser atacada por esos pensamientos intrusivos que no te dejan dormir. Una hartante danza conmigo mismo y esos obstáculos que perduró por un tiempo que no pude determinar.
Rendido ante la frustración, mí brazo cayó por un costado de la cama y colgó a pocos centímetros del suelo, un suspiro se soltó de mí boca al mismo tiempo que mis ojos se abrieron y visualizaron el negro más puro que pueda imaginarse, aquel que te sumerge en él, te enceguese y te hace parte de sí mismo.

Dentro de ésta oscuridad, mí rostro de confusión era algo que nadie podría ver ni aunque su vista se adaptara a la perfección, me arrodillé sobre la cama y las yemas de mis dedos sentían la textura del marco de la ventana, pero se detenían en un muro invisible que no me permitió sacar las manos al exterior. Era extraño, era horrible, y ambas sensaciones irían en creciente ascenso por el transcurso eterno al que debía someterme por razones que jamás comprendí.

El tacto, fue eso lo que causó la transición entre la confusión y el temor. Sentí en la nuca una suavidad pasajera, deslizándose por mí cuello y rodeándolo como si se tratase de una ráfaga de viento que luego ejercería presión sobre éste, en ese momento confirmé que estaba siendo ahorcado por unas manos que desconocía.

Paralizado por el miedo, cruel sentimiento que se divide en la acción y la inacción, no pude hacer más que someterme a la situación en la que me encontraba y aceptar el roce de mis labios contra los de una entidad totalmente ajena a mí. El lado bueno, es que caería desmayado una vez separado el beso, despertando una vez más después de un indeterminable tiempo, enfrentándome a la misma oscuridad. Pero ésta vez no sentía la presencia rondando por el cuarto ni me atrapaban aquellas emociones de antes, ésta vez solo era un cascarón vacío atrapado en un lugar que carecía de sentido.

En el medio de la negrura, un destello de luz comenzó a brillar, dándome una visión de mis piernas, extendidas a lo largo de la cama. Fue imposible moverlas, no importaba el esfuerzo que hiciera no conseguía nada, por eso me extrañó saber que poco después se movían por voluntad propia, por eso me desesperé al verme a mí mismo frente a un espejo con los ojos vacíos y la mirada perdida, dándome cuenta así de que ya no tenía ningún control sobre mis acciones.

El Persistente Ahogo Where stories live. Discover now