No Tan Distintos

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Mi barba, ya de 2 o 3 centímetros de largo, está desprolija y opaca al igual que mi pelo, sólo que más largo. Tengo unas ojeras bien remarcadas que encuadran a mis ojos marrones, perdidos en la nada, o enfocados en el todo, que en este momento es simplemente una marca en la pared de apenas unos milímetros, redondeada, poco profunda, para nada especial pero lo suficientemente atractiva. El humo se eleva delante de mí tratando inútilmente de desenfocar mi mirada, seca mis ojos que arden de no parpadear hace ya no sé cuánto creando un color rojizo alrededor de las pupilas. Tengo las piernas entumecidas. Ya ni sé si tengo brazos. Muevo las manos y dejo caer accidentalmente el cigarrillo consumido que me condujo a este trance. No lo veo, simplemente soy consciente de ello. Mis brazos están flacos, débiles. Al igual que mi voluntad. Las uñas de mi mano derecha están largas y afiladas. En la izquierda recortadas pero disparejas. Me duele la espalda por mi puta costumbre de sentarme encorvado. Mi cabeza está recostada sobre la curvatura superior de la guitarra, a la que alguna vez amó más que a cualquier mujer sobre la que se haya apoyado cuando sus cuerdas vibraban intensamente hasta llegarme al alma.
Pero ya no hay sonido. Ya no hay vibraciones. Ya no hay alma. Sólo un punto en la pared que está a punto de hacerme enojar.
¿Por qué no se mueve? Así no va a llegar a ningún lado. ¿Se piensa que todo el mundo va a hacer las cosas por él? ¿No va a luchar por su futuro?
Es simplemente eso. Un punto en la pared que quiere convertirse en una gran grieta y derrumbar la casa. Para demostrarle a los demás puntos que decidieron seguir el camino fácil y rellenarse de masilla, pintarse de colores y formar entre todos un lindo muro, que él solito puede destruirlo todo.

Entro en leve acción somnolienta y levanto la cabeza de la guitarra. La piel de mi mejilla parecía haberse fusionado con la madera. Pero no. Somos dos cuerpos distintos destinados a estar separados.
Despego el borde de la guitarra de mi cuerpo y siento un dolor en el pecho. Una marca fina y colorada queda tatuada cerca del corazón. Mis uñas afiladas rasguean lentamente las cuerdas para volver a vibrar pero hay un problema. Una cuerda cortada. Es por eso que había dejado de tocar.

Mis brazos temblorosos dejan la guitarra a un lado y me dejo caer hacia atrás para recostarme en el piso. El frío de las baldosas me hace arrepentirme, muevo mi espalda repentinamente y suenan cada una de las vértebras. No me importa. Estiro las piernas apoyándolas sobre la infinidad de hojas con palabras, garabatos y más palabras, la mayoría sin sentido.
Me llevo las manos a los ojos y me froto con las palmas. Corro el pelo de mi cara y lo siento aceitoso. Me tengo que duchar.

Trato de descifrar qué hora es, o por lo menos si es de día o de noche, mientras me pongo de pie dificultosamente. Estoy en el sótano y no hay ventanas, ni siquiera un reloj, sólo mi guitarra, cosas para anotar y una lámpara tenue para ver lo que escribo. Me aseguré de estar aislado para pensar. O no pensar en lo absoluto. Lo único que me importa ahora es que me muero de hambre. Camino hasta el estante donde una vez hubo comida (Y con comida me refiero a la chatarra) y confirmo mis sospechas. Vacío.
Subo las escaleras para abandonar ese oscuro lugar que convertí en mi habitación agregándole simplemente un colchón que tiré sobre el piso.
Abro la puerta y la luz impacta mis ojos que se cierran todo lo que pueden. Es de día. Entreabro los párpados y me dirijo directamente a la cocina.

- ¡Volviste a la vida! - Bromea mi hermana.
La miro a sus hermosos y azules ojos. Salió a mamá.
- Sólo para comer.
Agarro de la heladera una porción de pizza que sobró de algún día. Observo que mi hermana me está mirando con lástima.
- Noe... - Le advierto. - No me gusta que me mires así.
- ¿Y cómo querés que te mire? Te la pasás encerrado todo el día, no hablás con nadie, estás hecho un desastre... y por lo que veo tampoco comés un carajo. Y todo por culpa de esa... de esa... ¡pelotudez!
- No fue una pelotudez para mí. - Respondo con aire desganado antes de dar media vuelta e ir hacia el baño.

Cierro la puerta y me miro al espejo. <Mierda> Sí estoy hecho un desastre.
Observo cada detalle de la persona en la que me convertí. Me doy vergüenza.
Cierro los ojos para esconderme de la persona que me ve de frente. La desconozco. Yo no quiero eso. No era así. Era distinto.
Abro la canilla y me inclino hacia delante. Me lavo la cara con las manos y el agua se lleva la pesadez que siento.
Vuelvo a mirarme al espejo, me examino de un lado y del otro.
Inhalo. Exhalo.
- Basta. - Nos digo.

Enciendo la ducha y me siento en la bañera justo debajo de la lluvia artificial. Cada gota de agua me golpea la cabeza y se desliza hábilmente creando su propio camino por mi cuerpo hasta perderse en la rejilla, liberándome de mi suciedad, tal vez de algunas lágrimas, y algo más, algo intangible, pero que no quiero seguir teniendo sobre mi ser.
Salgo de la ducha luego de un tiempo y vuelvo al espejo. Agarro una rasuradora, la espuma y la máquina de afeitar. Habiendo eliminado la barba, miro en el espejo mi antiguo nuevo yo. A un lado, al otro.
Los mismos rasgos. Los mismos pensamientos. La misma persona.
- Pensé que te ibas a ir con el agua, pero somos...
Inhalo. Exhalo.
- No tan distintos, al final.

(*Les debo el prefacio, igual. Lo tengo que terminar y decidirme si lo pongo o no.
Este es el primer capítulo, gente! Espero que les haya atrapado un poco... Cuánto misterio! Qué pasará con esto?*)

Silencio Del AlmaStories to obsess over. Discover now