Sus gritos eran un sonido que nunca dejaría de escuchar, el brillo que pronto abandonó sus ojos sería algo que siempre estaría en mi cabeza y su pálido rostro con una hermosa expresión de horror era el complemento justo para la escena que en mi cabeza era como mi mayor obra de arte, obra que todavía no había terminado.
Su cuerpo, que ahora no era más que un cadáver, yacía en el piso de mi estudio. Había manchas rojas en su vestido blanco y alrededor del espacio donde ella estaba. Sus cabellos estaban revueltos entre el pegajoso piso y su hermoso semblante, que ahora no era más que un rostro lleno de consternación. La luz de la luna proveniente de la única ventana que había en todo el lugar se reflejaba justo en ella. Se podría decir que todo encajaba perfectamente, pero yo sentía que algo faltaba.
Observé detenidamente la escena de nuevo, analizando en cual podría ser el toque final.
Tal vez... ¿Más apuñaladas en su cuerpo? No, la única en su corazón bastaba, además ya tenía suficientes cortadas, no necesitaba volver más sangrienta la escena. ¿Qué tal si le elimino las sogas que la atan de manos y pies? Mejor no, esas se quedaran con ella hasta el final. ¿Y si mejor le cierro los ojos? La idea era tentadora, ya que así ya no me miraría de forma acusadora, típica de ella, pero si lo hacía era como dejarla dormir en paz y es algo que no permitiría.
Seguí evaluando su mirada, recordando como sus ojos siempre tenían una mirada desaprobatoria y acusadora para mí, enseguida los recuerdos cambiaron a el momento en que esos ojos dejaron su brillo y una sonrisa recorrió mi rostro, puede que siguiera viéndome de esa manera, pero ya no era tan viva como antes.
Más recuerdos me asaltaron, pero estos eran sobre los escasos momentos felices que vivimos juntos, nuestra boda, la luna de miel... y listo, esos eran todos, después de ahí todo fue un caos. Buscar trabajo era algo difícil, sobre todo para alguien que lo único que sabía hacer era pintar. No me querían en ningún trabajo, el banco no me aceptaba los prestamos, los que se decían mis amigos tampoco me ayudaron y la persona más importante en mi vida, mi esposa solo me oprimía cada vez más y más recriminándome mis errores. Al final sucumbí en el odio y rencor e hice lo único que podía hacer con esos sentimientos, deshacerme de todas esas personas que me dejaron caer.
Cada día traía una nueva persona a mi estudio y descargaba todo mi desprecio sobre ella. Nunca nadie se entero de lo que hacía y a veces parecía que ni notaran que esa persona había desaparecido. Puede que tampoco me enterara si fuera así ya que en ese tiempo también pase mucho tiempo encerrado en casa, planeando como iba a ser mi siguiente creación, porque pensaba en eso como si lo que yo efectuaba fuera una obra nueva, para así no sentirme culpable. Aunque ni la culpabilidad, ni mi conciencia me hicieron dudar nunca de lo que hacía, así de grande era mi necesidad de pensar que lo que hacía estaba bien y debía hacerlo.
Ahora me encontraba con mi última víctima, y la que más me hizo sufrir. En los tiempos de mi encierro no hizo más que volverme la vida un infierno. Por fin me había dado cuenta que la persona que mas amaba, era la que más daño me hacía y que por ella había realizado todas esas cosas que aunque no me sentía culpable, sabía que estaban mal. Sólo por intentar de complacerla.
Ahora era yo el que necesitaba ser complacido, pero no sabía cómo. Con cada uno de las personas anteriores estaba satisfecho con el trabajo que había hecho, pero con ella sentía que necesitaba algo más.
Seguí observando el cuerpo, cogí el cuchillo de la mesita que tenía al lado donde se encontraban todos mis instrumentos, y me acerque un poco mientras pensaba en que hacer.
Justo cuando iba a comenzar, la puerta del estudio se abrió, y una persona entro por ella. Esta se quedo estupefacta mirando al cuerpo, hizo una mueca de miedo y me miro a la cara, y yo mire a la de ella.
Era... Amelia, mi esposa.
Pero, ¿¡Cómo era eso posible, si hace pocos minutos se encontraba muerta en el piso!?
Amelia miro mi rostro de confusión y comenzó a gritar.
-¡Así que era esto lo que hacías cuando te encerrabas aquí por horas! ¡Retratar a personas muertas! ¿Pero qué demonios te pasa, Will?
Siguió gritando como loca, pero yo no podía oír lo que decía. Me quede de piedra, al escuchar lo que había dicho... ¿Retratar muertes? ¿Eso es todo lo que había hecho? De repente, el cuchillo que tenía en mi mano se convirtió en un pincel común y corriente, el cadáver de Amelia se transformo en un lienzo con un retrato en él y lo que yo pensé que era sangre se vio claramente como pintura roja, fue como despertar de un sueño.
Pude sentir como Amelia fue hasta donde mi y comenzó a zarandearme y a gritarme cosas, pero era como si estuviera sordo, no podía escuchar más nada que mis pensamientos.
En ese momento unas figuras comenzaron a aparecer en la habitación. Los reconocí enseguida, eran cada una de las personas que yo pensaba que había asesinado, pero en verdad lo que había hecho era pintarlos.
Recordaba cada momento de la muerte de ellos, sus gritos, sus gestos, sus esfuerzos por huir; pero era porque yo había creado esos momentos y los había puesto en el lienzo, no eran más que mi productos de mi cabeza. Ya no podía distinguir entre la realidad y mi imaginación.
Los retratos comenzaron a hablar y a decir "Tienes que terminar la obra" y "Es la única forma de salir del problema"
Estaba hipnotizado, me sentía en el limbo, no sabía qué hacer. De pronto sentí que alguien me golpeaba en el rostro y me sacaba de mi ilusión. Amelia se veía llorando y con la mano roja, me toque la mejilla y pude sentir algo muy real, dolor.
-No sé ni por qué me casé contigo, solo traes problemas. Estás loco, Will.
En ese momento supe que era lo que tenía que hacer, fue como si la respuesta estuviese ahí todo el tiempo.
Me aparte de ella y caminé hacia la mesa donde tenía mis instrumentos. Tenía la cabeza hecha un desastre pero pude encontrar lo que buscaba, una navaja.
Amelia comenzó a gritar y a correr hacía donde me encontraba, pero yo fui mas ágil y la lance lejos, quedo llorando y sobándose el tobillo junto a muchos tarros de pintura. No podía dejar que también arruinara esto.
Me coloqué al lado del lienzo, al fin sabía que era lo que le faltaba a la pintura, sólo necesitaba compañía.
Escuche un último "No" antes de incrustarme la navaja en el corazón. Al fin me había librado del problema, porque el problema era yo.
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El Arte de La Demencia
Mystery / ThrillerCuento corto. Hay quienes dicen que nuestra mente es nuestro peor enemigo, aunque a veces ésta puede ser nuestro mejor aliado, quien nos protege del verdadero enemigo: nosotros mismos.
