Heroes: una mente abolida

54 3 1
                                        

Con el ruido en el oído, la ventana semi-abierta y el aire golpeando mi rostro, la sentí bajar de su cama con un ruido sordo. Bajé a chequear su estado. Con desesperación, abrió el cajón lleno de cajitas, la mayoría de color azul, buscando alguna que le sirviera de calmante. Su respiración acelerada, sus manos nerviosas y el cabello tapándole su rostro. Cuando la encontró, sacó la droga de su empaque y se dirigió al lavaplatos. Llenó un vaso con agua y rápidamente se metió la pastilla en la boca para luego tomar un sorbo y descansar.
Yo observaba cada parte de la escena. Solo pude ver su espalda en ese momento. Su lacio pero alborotado cabello caía en su espalda, sus desnudas piernas, solo cubiertas por un pantalón corto de pijama, brillaban con la luz entrante. Una curva en su espalda que recaía en la parte baja de su tronco. Sus manos apoyadas en el lavaplatos la hacían descansar y su respiración cesó durante un rato.

Cuando se dio la vuelta, en un gesto de sorpresa se limpió la boca con la manga del chaleco blanco. Su rostro estaba muy pálido, sus uñas quebradizas. Los ojos tenían bolsas. Su menudo cuerpo, tan delgado y pequeño. Una curva en su cara le marcaba el hueso facial y el claro color de sus ojos la hacían indistinguible. Cuando se dio cuenta de que estaba mirándola su respiración volvió a acelerarse otra vez. Pude ver una gota de arrepentimiento en sus ojos, aunque no podía decírselo, porque explotaría.

—No sabía que estabas aquí.

Su voz era frágil y su semblante cansado. Estaba haciendo un gran esfuerzo para pararse, lo sabía, así que la tomé y cerró sus ojos. La puse sobre mi regazo y le empecé a acariciar el cabello. Mientras ella seguía respirando complicadamente. Aún seguía respirando fuerte y los latidos de su corazón eran irregulares. Le seguí mimando un rato para calmar su dolencia.

—yo... —canté—yo podría ser rey.

Ella apretó sus ojos con fuerza y se aferró a mi mano.

—Lo siento...—dijo.

Una punzada me atravesó como una flecha justo en mi pecho. Una visión permanente, era confusa pero completa. Si ella seguía tomando píldoras antidepresivas en exceso, moriría. Ya se lo había dicho muchas veces, aunque ella no entendía, y yo trataba de respetar su decisión lo más posible, solo para no verla llorar más. Y cuando ella, al ver que yo no oponía resistencia alguna, se calmaba, y se daba cuenta de que no valía la pena seguir llorando si yo solo la abrazaba y le decía "todo va a estar bien" siendo que no lo estaría.
Mis ojos se mojaron y respiré hondo.

—Y tú —continué con voz temblorosa—tú serás mi reina...

Tomó aire por la boca y lo botó te manera excesivamente entrecortada. Su rostro se volvió de un gris amarillento, su pulso aumentó de manera excesiva, sus manos se volvieron frías y sentí como se debilitada. La fría cerámica enfriaba mis más dolorosos recuerdos.
Ella, vestida en manchas rojas, solo ruido blanco a su alrededor, lágrimas sobre sus mejillas y la llave del lavabo abierta en esa oscura noche de dolor y soledad. Fue el segundo recuerdo de ella que me llevó a soltar mi primera lágrima.

—Sigue... —susurró.

La sostuve con más fuerza pero con debida delicadeza, ella lloraba en ese preciso momento, silenciosamente.

—Pero nada —suspiré— viajará tan tarde...

El frío suelo, el solo ambiente. Yo en el suelo, ella sobre mi regazo con los ojos cerrados, sus mejillas frías y tu tersa piel quebradiza.
No pude aguantar el deseo de romper a llorar. Nunca la había visto tan débil. Sabía que no se estaba nutriendo bien, pues durante este tiempo solo la había visto comer frituras y tomates. Solté otra lágrima silenciosa.
—podríamos ser nosotros...por siempre, y para siempre...
Las cosas se le hacían cada vez más dolorosas, incluso las cosas pequeñas. No se relacionaba con nadie más que conmigo, y había adoptado la costumbre de dormir sola, y ella decía que era porque yo me movía en demasía. Esas mentiras no eran suficientes, ya que cada noche escuchaba sus gemidos de pena.
Decidí respetar su decisión, porque sabía que era difícil para ella lo que pasaba.
Su cuerpo se tensó y no pude dejar de mirarla.
Ella era verdaderamente hermosa, cuando la había conocido era la chica más bella y elegante del curso que hacíamos juntos.

—Lo siento —la oí decir en un susurro nuevamente—. Perdón...

—y podríamos ser héroes...

No logré terminar la última frase. Con calma solté otro suspiro. Sentí una señal clara pero distante. Una voz estrafalaria que me recordaba cada triste momento de su enfermedad. Di una vuelta a mis pensamientos. ¿Por qué decidió ahogar sus penas en pastillas sin importancia?

—No —dijo. Rápidamente me voltee hacia ella y lentamente pasó su mano por mi rostro negando con la cabeza sin parar.

De a poco sus movidas empezaron a cesar y su respiración comenzó a descender.

—Te amo —dijo casi sin aire.

Cerré los ojos con muchas fuerza
intentando botar todas las lágrimas que tenía en ese momento, todo el dolor y la melancolía de su vida. Y luego de un rato intentando sentir algo, pude terminar mi canción con los ojos bien cerrados y ella bien pegada a mí.

—Solo por un día. —finalicé.

Cuando abrí los ojos ya no cargaba más que un peso muerto. No sentí su pulso y su respiración era nula. Estaba muy fría y tenía una herida en su labio inferior. Un alma sin vida, una vida sin su alma, aunque suene completamente contradictorio.
Una vez más, la aferré con fuerza hacia mí. Intenté gritar. Intenté seguir llorando. Intenté pensar que aún seguía viva, y que solo estaba haciéndose la muerta como cuando jugábamos anterior a su enfermedad.
Todo fue vano.
Miré su rostro por última vez y pude ver como su rostro esbozaba una sonrisa. No pude evitar sonreír a su mismo tiempo.

—Todo estará bien —susurré, esperando que pudiera escucharme.

La abracé y le di un beso en la sien.
Me levanté, dejando el cuerpo con mucho cuidado en el suelo. Las cajas con pastillas seguían ahí en el suelo, así que sorteándolas me dirigí a la puerta principal, la cual crucé con mucha tristeza, pero con mucha felicidad a su mismo tiempo. ¿Felicidad? No, era algo más que felicidad. Aún no sé cómo describirlo, pero eso sentimiento nubló la pena, sin duda.

Salí de la casa, con ese potente sentimiento, feliz de poder ser héroe, pero no por un día, sino para siempre.

Héroes Donde viven las historias. Descúbrelo ahora