París
Amor infinito
Cenas en la más absoluta obscuridad, y es una sensación tan extraña la de no poder ver ni siquiera tu tenedor mientras se clava en la carne de un delicioso filete mignon marinado al whisky... Su olor te envuelve antes de llevártelo al paladar.
¡Ding, ding!, hacen los cubiertos al rozarse.
Risas burbujeantes desde la mesa contigua.
-¡Hummmmm! -escuchas frente a ti; es la voz de tu mujer.
-Adivino que te está gustando -dices sonriente, aunque tu sonrisa es invisible en la obscuridad.
Tu mujer se ríe divertida. Escuchar su risa al otro lado de lo obscuro es demasiado maravilloso para explicarlo con simples palabras.
-Muchísimo -te responde, y su voz te estremece como antes.
Esa es la idea, precisamente: en la obscuridad (siempre escribes obscuridad con b porque te parece que sin la b la oscuridad es menos obscura) se agudizan los sentidos, y la carne sabe mejor, y la ensalada, hasta la bebida; aunque a ti lo que más te está agudizando es la sensación de amor que te desborda cuando escuchas la voz de tu mujer, aún más sensual cuando no puedes espiarla con los ojos.
La crema de champiñones..., ¿para qué hablar de ella? ¿Quién se podía imaginar que tal amalgama de sabores podían desprenderse de unos simples hongos?
Tu mujer, sin embargo, se ha decantado por el pollo con pasta, más mediterráneo, más italiano; a ti, esta noche al menos, y después del día que has pasado, te fascina comer la comida más francesa posible.
Eso sí, tienes que tener un cuidado tremendo para no tirar la copa de vino cada vez que quieres darle un sorbo a tu Bourgogne Pinot Noir.
Ha sido un día maravilloso y la velada es sencillamente deliciosa. No es la primera vez que pasas un día en París con tu esposa, pero desde luego está siendo el mejor con mucha diferencia.
Llegasteis a media mañana a la soberbia, inmensa y concurridísima Estación del Este, donde, arrullado por los ecos de los pájaros, el sol se cuela y se curva como si quisiera acariciarla por dentro, tras un viaje en tren de un par de horas que se pasaron en una brisa de café con leche y camareros tan amables que en ocasiones tu esposa, que no es francesa, tuvo que contener la risa.
Un taxi os llevó al barrio bohemio del Montmartre, que escondía su magia detrás de cada esquina esperando a que la cruzaras para sorprenderte, y de una esquina a otra surcasteis sus calles, angostas y zigzagueantes, cuesta arriba hasta llegar a la zona en la que se apiñan los pintores callejeros. Entre pinturas y aroma de café, divisaste la torre Eiffel como desde lo alto de una montaña.
Cuentan que cuando inauguraron la basílica del Sagrado Corazón, coronando este mágico distrito de Montmartre, mucha gente estaba indignadísima y el dueño del Moulin Rouge vino corriendo a la iglesia, gritando «¡Viva el demonio! ¡El demonio!», a lo que le respondieron: «En realidad, caballero, ¡el demonio está en el Moulin Rouge!».
Por estas mismas calles, en las que presumes de tu amor, caminó Picasso -eso pensaste mientras alcanzabais la plaza Tertre-. Una vez ahí, quisieras haber arramblado con todos esos cuadros, pero comprendiste que, en realidad, te los estabas llevando iluminados por la sonrisa de tu mujer, que paseaba entre los pintores como la mejor obra de arte que jamás hubiera culminado aquel cerro milagroso.
Caminabas junto a ella y sus palabras sonaban a rumor de agua, y sentías que orbitabas alrededor de sus ojos. Pensaste en besarla, pero imaginaste un beso perfecto al final , cuando tu esposa se sintiera completamente abrumada por el recuerdo de un día en París.
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El Prisionero
ActionEl terrible atentado en la sala Bataclán rompe la feliz existencia de un matrimonio francés. Más tarde, Paul Hébert, un periodista secuestrado en Iraq por el ISIS está a punto de ser degollado. Cuando el cuchillo está a punto de rozar su cuello, Pa...
