Las maletas parecen no pesar los veintitrés kilogramos permitidos. Pero en ese momento no quiere pensar en que está a punto de decir «adiós» a la persona más importante de su vida. Había estado involucrada en muchas relaciones, sí. Sin embargo, aquel joven logró adjudicarse cada minuto de su tiempo, cada pensamiento, cada palabra, cada razón por la cual seguir creyendo en el amor.
Ingresa su información en la pantalla táctil, pero no parece funcionar.
—Creo que tenemos que formarnos para obtener un tiquete especial —dice su acompañante.
Ambas tratan de cargar el equipaje, pero solo consiguen arrastrarlo. Se preguntan cómo llegarán a la sala de espera sin haberse fracturado algo.
La línea avanza lento. No tienen prisa, de cualquier forma. Entre más larga la despedida, mejor.
Ivy sabe que no es así.
Mira una vez más hacia la fila del fondo. Él ya respondía, despreocupado, al llamado de la señorita. Engulle la poca fuerza que le queda, la cual había estado obstruyendo su laringe. Su estómago cruje, aunque sabe que no es porque algo le ha caído mal; es el eco de la aflicción, el eco de una sensación que había experimentado hacía no mucho, pero que no le gustaba, en absoluto. No le gustaba verlo tan lejos de ella.
—Me temo que tendrá que pagar ciento cuarenta dólares más —anuncia la joven detrás del mostrador—. Su equipaje excede el peso establecido.
Ivy reacciona y paga con una tarjeta de débito.
—Que tenga un buen vuelo —dice la señorita, con una sonrisa.
«Eso me gustaría», piensa.
Un elemento de seguridad ya las espera del otro lado de la entrada. Revisa los pasaportes de algunos pasajeros, los sella —apenas los mira—, finge una sonrisa e indica que pueden pasar. Mientras tanto, el joven que le había causado dolor de estómago se para detrás de ella. Hablan entre susurros, y la gente los mira. Están enamorados, lo saben. Lucen como la pareja perfecta, salvo que, físicamente, son todo lo opuesto: ella apenas rebasa el metro sesenta, es de peso promedio, cabello negro, viste un poco formal y no usa maquillaje. Él, por el contrario, viste ropa holgada, es alto, delgado, rubio, y tiene una epidermis delicada y blancuzca.
Tanto Ivy como su acompañante y el joven pasan la revisión rápidamente. En consecuencia, aparecen de inmediato en la sala de espera. Las chicas aún tienen trece minutos para que su vuelo comience a ser abordado, mientras que a él le esperan otros largos treinta minutos después de que ellas hayan subido al avión. Ivy dedica una mirada sucinta —que proyectaba todo lo que sentía— al joven. Las palabras no eran necesarias.
Con toda certeza, serían los trece minutos más lastimosos de su vida.
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Promesas de un intercambio. (Harry Styles)
Fanfiction¡Hola a todas! Esta historia está basada en hechos reales, los cuales ocurrieron durante mi primer programa de intercambio -no con Harry Styles, obviamente-. Tuve que cambiar algunas cosas -como los países; en realidad ambos "protagonistas" éramos...
