Mal comienzo.
¿1? Ni que fuera un escritor profesional con bestsellers por doquier. No, 1 suena demasiado presuntuoso, incluso para él. Algo fresco, innovador, ¡algo que jamás se haya visto antes!
Puso su lápiz boca abajo y lo restregó contra su antigua libreta. Al ver los manchurrones que había dejado la mina sobre el folio alineado, lo arrancó sin piedad e hizo una bola con él. El anciano taxista se giró ligeramente para ver qué diantres estaba haciendo el chico.
-Joven, no maltrates al papel, que no te ha hecho nada,- carraspeó. El aludido levantó la cabeza, sorprendido por la reacción del otro. Es cierto, no estaba solo. Se quedó callado, realizando movimientos lentos y silenciosos para no impulsar al taxista a soltar otro comentario irrelevante.
Al contemplar la hoja en blanco su expresión se entristeció. Ni una sola idea le venía a la cabeza, ni una, ¡y eso que siempre rebosaba ocurrencias! Pero cada pensamiento le conducía directamente al lugar al que se dirigía, y la nueva vida que le aguardaba allí.
Hola.
Vale, esto ya era pésimo. ¿Hola? ¡Eso es lo que ponía cuando tenía cinco años! Su imaginación le estaba jugando una mala pasada. Tachó la palabra sin piedad, y se dispuso a realizar otra actividad distinta: dibujar. Dibujó un ojo. Un ojo grande, claro, perfecto. Se sentía orgulloso de su ojo. Cogió su bandolera color beis y se puso a buscar sus lápices de colores. Había una botella de agua, barritas energéticas algo apachurradas, su ejemplar de Matar a un Ruiseñor,una manzana mordisqueada, su móvil y sus auriculares, pero ni rastro de sus lápices. Mierda, seguramente se los dejó en casa. Esa casa en la que ya se habrá instalado la nueva familia.
Los McDougall. Un padre, una madre, y cinco hijos. Todos rubios de ojos azules. Llevaban viviendo en un piso quince años, así que ocupar su casa habrá sido la mejor compra de sus vidas. Ya se los puede imaginar a todos con sus cajas, asignándose los cuartos entre ellos, y al afortunado que le haya tocado el suyo, encontrándose los lápices de colores debajo de la cama. Mira, ¡un regalo de bienvenida! -habrá pensado. Será un regalo, pero definitivamente uno inmerecido. A decir verdad, los McDougall siempre le han parecido aborrecibles, sobre todo los hijos. Su egoísmo y el ser tan caprichosos, y muchos otros defectos más.
El joven contempló su ojo con melancolía. Necesitaba color. Necesitaba vida. Dejarlo en blanco y negro supondría permitir que su ojo perteneciera a una persona triste, infeliz, dolida..... no quería reflejar su estado de ánimo en sus dibujos. Entonces le vino a la cabeza una idea descabellada:
-Perdone, ¿tiene usted lápices de colores?- preguntó, desesperado, seguidamente cayendo en lo infantil que sonaba.
-¿Lápices de colores? ¿Estás de coña, chaval?- rio el anciano molesto. Estaba deseando llegar de una vez a Lakewood y soltar a aquel paquete llamado "adolescente."
-No, no es coña,- insistió, -Es para mi dibujo.
El viejo se rio para sus adentros. ¿Cuántos años podría tener el niño? ¿Dieciséis? ¿Diecisiete, incluso? Jamás había visto a ningún chaval de su edad malgastando su tiempo en el arte. Siempre estaban con el móvil, metidos en círculos de fumadores, o cazando Pokemons (aunque hay gente por ahí que declara que eso es un arte de por sí).
-Chaval, dime tu nombre,- le pidió el taxista, en tono de pocos amigos. El aludido alzó la cabeza. Ya se había acostumbrado a que le llamara "chaval," así que la pregunta le pilló por sorpresa.
-Miles Green, señor,- carraspeó.
-Conque Miles Green, eh.....
-Así es, señor.
-Green, no me llames señor, que solo tengo 69 años,- comentó el anciano, rascándose la cabeza. A Miles le vino a la mente la teoría conspiratoria del 69, pero decidió no compartirla, por el bien del otro......y por el suyo propio, -Llámame Smith.
-¿Smith?
-Gerardus Smith.
El joven se quedó callado, y siguió organizando su bandolera, hasta que se percató de que sus barritas energéticas habían dejado una mancha de chocolate bastante fea. Mierda, mierda, mierda. En un acto reflejo, trató de borrarla con la manga de su sudadera. Smith miró por el retrovisor, curioso, y, al ver la que estaba liando el chico, frunció el ceño.
-¿Me has ensuciado a Julieta, Green?- insinuó, arqueando una ceja.
-¿Perdón?- dijo, confundido.
-Julieta es el taxi, chaval,- le aclaró, como si fuera lo más obvio del mundo, -¿Es eso chocolate?
-Eh....- tartamudeó Miles, ruborizándose, y mordiéndose el labio, -Yo....no es lo que.....se quita......con un poco de agua y eso.....
Smith miró al techo, rezándole al Dios de los conductores para que llegaran a su destino de una vez.
El otro, al ver que no podía fastidiarla más, se colocó los auriculares, se metió en Spotify, y puso una de sus canciones favoritas, Capsize, de Frienship. El resto del trayecto lo dedicó a mirar el paisaje por la ventana. Había visto fotos y postales de Lakewood muchas veces, y la verdad es que le atraía bastante. Se trataba de un pueblo situado en medio de un bosque, con un lago en el medio. Muy rústico, muy relajante. Relax. Desconectar. Qué bien suena.
Terminó la canción y comenzó a sonar Heathens de Twenty One Pilots. Esa canción tenía un ritmo bastante deprimente, así que Miles no dudó en saltarla. Y entonces apareció The Ocean, de Mike Perry. Esa sí que era una buena canción. No tenía un ritmo exagerado, ni era tan tranquilo que daba sueño.
Siguió mirando por la ventana cómo las vacas pastaban en paz, sin ser molestadas. Entonces apareció un cartel azul oscuro de madera que indicaba: Lakewood - 50 metros. Miles se incorporó en su asiento, a la vez que metía sus pertenencias en su bandolera a lo loco. Su corazón empezó a latirle a mil por hora. Estaba llegando a su nueva vida. Y no sabía si reír....o llorar.
-Madre de Dios, ¡por fin hemos llegado!- soltó Gerardus Smith, exasperado. Miles le miró de reojo, pensando en la remota posibilidad de que no le cayera demasiado bien a aquel viejo...
Smith giró una rotonda con brusquedad hasta acabar enfrente de una casa blanca de techo color índigo. Ya habían llegado. Entonces a Miles se le paró el corazón (o esa era la impresión que daba), y tragó saliva. Allí estaba. Ya no podía retroceder. Ya no podía dar marcha atrás.
Se colgó su bandolera al hombro, pagó al taxista, y salió del vehículo color amarillo pollo. Smith le abrió el maletero para que pudiera sacar su equipaje. Seis cajas llenas de infancia, nada más y nada menos. En todas ponía: Miles en rotulador permanente grueso. Descargó las cajas y las dejó sobre el pavimento. Smith cerró el maletero, se sacudió las manos, y se dirigió a su asiento.
Pero, antes de marcharse de vuelta a Nueva York, le dio una palmadita en la espalda al joven con compasión.
-Green, yo también he pasado por algo similar,- empezó, con un suspiro, -Pero créeme cuando te digo.........que la cosa mejora. Tarda, por supuesto, al igual que todo, pero ya te digo yo que mejora.
Y con eso, se metió en el taxi, y se marchó, a la vez que Miles susurraba, en un hilo de voz:
-Gracias....Smith.
YOU ARE READING
Atlanta
Teen Fiction-Sinceramente, ¿qué has visto en ella? No duermes, no comes, y no hablas con nadie. Te pasas el día pensando en esa chica que ni siquiera te hace caso. ¿Qué te hace pensar que tienes posibilidades con ella? Esbocé una sonrisa tímida, con la mirada f...
